Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 17 de octubre de 2017

Proyectos de pasado. Ana Blandiana



En La iglesia fantasma, el último cuento de Proyectos de pasado, Ana Blandiana habla la coexistencia de lo real y lo irreal en mundos paralelos y cómo, en algunas ocasiones, se funden y mezclan para, al final, volver a sus respectivos mundos fortalecidos. Cada relato de Blandiana sigue esa máxima, lo real y lo irreal que se encuentran en un punto y cómo se alimentan el uno del otro para dar pasa a una fuerza nueva y clara donde lo real se incrementa por los elementos mágicos y lo irreal parece parte de lo cotidiano gracias a los detalles cercanos a la vida y la existencia corrientes. Un ejemplo sería el cuento El reportaje, donde una periodista llega a una isla artificial en el Danubio para informar de unas inundaciones y ve cómo los soldados agarran la tierra con sus manos y los esqueletos de las fosas comunes para evitar que acabe arrastrada por la marea, la sensación de pesadilla y milagro en lo real. O en el mismo La iglesia fantasma donde se unen leyenda y realidad en la vieja historia de una iglesia arrastrada por el río con una docena de hombres dentro, las visiones de esa iglesia años más tarde y con los hombres entonando una extraña canción, como símbolo de victoria o muerte según el punto del Danubio en la que se vea.


Existen tantas modalidades de lo fantástico que no es de extrañar que algunas de ellas puedan dar en ocasiones el salto a la realidad. A veces, la realidad misma sobrepasa arrogantemente sus fronteras y, entonces, las zonas superpuestas permanecen ambiguas durante años, decenios y aun siglos, y resulta incierto a qué dominio pertenecen. Después, por no se sabe qué casualidad, o simplemente por la erosión del tiempo, su doble naturaleza difumina uno de sus aspectos y la franja que antes era equívoca acaba cayendo a uno de los dos lados de la frontera, acompañada únicamente por el asombro de que antes las cosas hubieran podido parecer de otra manera. Claro está que, para un ojo avezado y capaz de ver más allá de las apariencias, ni el fluir de la realidad en los moldes de lo fantástico, ni la penetración de lo fantástico en el terreno de la realidad pueden conducir a conclusiones de mucha importancia, y el mero acontecer de un hecho no es capaz de sacarlo fuera del perímetro de lo imaginario, de la misma manera que las sombras fantásticas de un acontecimiento tampoco bastan para sustraerlo del imperio de la eficacia. Entre la realidad y la irrealidad hay una línea divisoria trazada desde la creación del mundo, y la transgresión de esta línea no supone su anulación, sino el poner a prueba su fuerza, de la misma manera que tomar una droga no significa menospreciarla, sino experimentarla. Lo real y lo irreal coexisten en mundos paralelos, independientes, y la mayor parte del tiempo son incluso indiferentes entre sí. Pero es verdad que, en los escasos momentos en que se funden, su unión resulta doblemente reveladora: un elemento fantástico, a través del tamiz de la realidad, regresa a lo imaginario, fortalecido por la autoridad de esta comprobación, mientras que un elemento objetivo que se vuelve irreal va adquiriendo significados capaces de transfigurar su existencia, de la que se ha evadido sólo por un instante.

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Lo que hace bueno a Proyectos de pasado es la escritura de Blandiana, profunda, densa, a veces críptica, donde habla de la realidad rumana a través de historias que parecen mitos o cuentos cuando no pura invención. Ahí están las figuras angelicales que se repiten en varios cuentos, una manera de subvertir la realidad, de adentrar los simbólico en una tierra y una época dominadas por la dictadura comunista de Ceauşescu. En los cuentos de Blandiana, poblados por imágenes oníricas, se habla de un régimen que destruyó los campos y los símbolos del pasado, que se basó en la censura, las cartillas de racionamiento, el miedo y los campos de trabajo. Y ese hablar de la dictadura a través de lo simbólico da paso a momentos excepcionales, como la profesora que busca una gallina clueca para evitar las largas colas y esperas y acaba con una docena de pequeños ángeles en su balcón, una iglesia tapada por infinidad de nidos de golondrina en una aldea donde sólo hay ancianos y los campos se han convertido en tierra yerma y errática, una representación para un conocido actor que le habla de la realidad que se vive fuera de los escenarios, los recuerdos que una mujer tiene de la última cena de su padre antes de ser detenido, el ambiente claustrofóbico y mudo de esas horas en la noche y la sensación de tiempo suspendido o los deportados a un bosque y sobreviven en una cárcel sin muros y levantan un nuevo hogar.

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Esa unión fugaz de lo real y lo irreal, el ambiente opresivo y extraño, los trazos oníricos, las historias que hablan de falta de libertad y un mundo que se desmorona ante los nuevos tiempos dan a los cuentos de Blandiana un mismo tono. No hay una fractura entre los relatos, fluyen como parte de un todo.

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El cuento que da título al libro habla de un bosque como cárcel. Los invitados a una boda son deportados (con cargos desconocidos) a un bosque. Sin guardianes ni muros, los hombres y mujeres del mundo se sentirán, al principio, vigilados, incapaces de buscar una salida, de idear una fuga. Con los años, construyen una pequeña comunidad utópica. Son deportados, culpables de no se sabe qué, no hay muros ni vigilantes, y sienten una libertad única al no vivir en las ciudades ni tener relación con otros conciudadanos ni con el régimen dictatorial. Durante años viven de la tierra, construyen una casa común, nacen nuevos miembros en la comunidad mientras otros mueren, hay un regreso a la naturaleza, a la esencia del ser humano, olvidan la cárcel que es el bosque porque fuera existe una cárcel mayor. Cuando los liberan años más tarde no sabrán cómo reintegrarse a una sociedad sometida y añorarán sus días de robinsones.

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Hay milagros y figuras mitológicas, hay inundaciones bíblicas e iglesias arrancadas de su base y arrastradas tierra adentro a un nuevo pueblo, hay ángeles y pueblos destrozados, hay una  mujer que se descubre dentro de un sueño e incapaz de llegar a sus orígenes o a la identidad del soñador se tumba a dormir para ser la soñadora y no lo soñado, hay una corriente subterránea que habla del terror y de una época y una tierra que no es libre, hay, sobre todo, una escritora que se adentra en la fantasía y la irrealidad de una manera realista.










Mi memoria no abarcaba más de lo que acabo de contar: el mar, que se había apoderado de la playa, la ventisca, mi paseo a lo largo del acantilado, la zona prohibida. Y ahora descubría las huellas materiales de esta historia infinitesimal, borradas aún antes de que desaparecieran también de mi conciencia. ¿No es posible que hubiera habido algo antes, otra cosa, otros recuerdos tal vez, igual de insignificantes, cuyo rastro hubiera sido eliminado con cuidado, hasta desaparecer por completo, no sólo de la nieve, sino también de mí misma? Claro que antes tuvo que haber existido algo, una finalidad, un sentido, un acontecimiento que me trajera hasta aquí, que me hiciera venir. Pero no recordaba nada, todo empezaba en mi mente con la imagen de ese mar de color marrón, envuelto en brumas, con flecos sucios por la espuma helada en la costa, con ese mar ajeno, reconocido únicamente gracias a aquella prohibición inamovible que me obligaba a desandar mi propio camino, dirigiéndome contra la ventisca hostil y contra la pregunta cada vez más apremiante: ¿cómo he venido a parar aquí?

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Lo que voy a contar no me pasó a mí. Por aquel entonces yo era todavía una niña y solamente oía, de vez en cuando y sin comprender muy bien de qué se trataba, que aquello les había pasado a otros. Y si algo permaneció en mi memoria fue la palabra «Bărgană», envuelta por todas aquellas cosas que despertaban terror en la mente de una niña, que dejaba de asustarse de dragones y ogros, fantasmas y brujas para empezar a asustarse, de manera mucho más misteriosa y, por tanto, infinitamente más terrible, de las palabras corrientes, palabras que los demás pronunciaban con un espanto que, incomprensible y amplificado, se le transmitía también a ella. «Bărgană» era una de esas palabras. Otra era «llevar». «Creo que esta noche me van a llevar a mí también», oí decir a mi padre, y sin necesidad de que me lo explicaran, comprendí que era el anuncio de la mayor desgracia que podía pasarle. Después, mi padre desapareció, y el verbo «llevar» representó para mí el vocablo, pero no el significado, de aquella desaparición, el signo mágico, grabado como un estigma identificador en la cara ensombrecida de mi madre, en la voz alterada de la maestra cuando me hablaba en la escuela o en la mirada esquiva de los vecinos cuando llamaban a sus hijos para que dejaran de jugar conmigo. Por el contrario, «Bărgană» no era un signo, sino una representación. Decían «los llevaron al Bărgană», o «este ya no volverá del Bărgană»; yo me lo imaginaba como un círculo del infierno, un foso muy grande a donde, sin orden ni concierto, eran arrojados, por fuerzas oscuras pero infinitamente poderosas, toda clase de hombres y mujeres cuya culpa no acababa de comprender y a quienes todos lloraban como a difuntos. Cuando, más tarde, en las clases de geografía, descubrí con sorpresa que el Bărgană era un territorio fértil y extenso, no me quedó más remedio que admitir que se trataba de dos palabras inconexas entre sí, y cuyo parecido era completamente accidental, lo cual no me libraba de sentir escalofríos, ante cualquier encuentro con el inocente homónimo de mis representaciones.
Experimenté la misma admiración, dudosa y desconfiada, cuando leí por primera vez en un diccionario el significado de una palabra que parecía expresar protección, defensa o custodia. Sin embargo, aunque eran transparentes y tenían apariencia de objetividad, las definiciones del diccionario me parecían sospechosas, como si, quién sabe con qué motivo, hubieran pretendido una tergiversación del significado auténtico y conocido desde hacía tiempo.
Para mí, aquella palabra era un edificio de un solo piso, largo, extraordinariamente largo para lo que era habitual en nuestra ciudad, formada por sólidas casas unifamiliares, con no más de tres o cuatro habitaciones grandes y altas dispuestas a un lado y a otro de la puerta maciza, por la que se accedía a una especie de corredor con techo de madera desde el que unos escalones de cemento llevaban al interior, y que conducía al patio con fuente, flores y avenidas de piedras de río. El edificio bautizado con aquel nombre, que los diccionarios habrían de presentarme después como tranquilizador, era distinto de estas casas habituales, y aunque tenía al menos cien años de antigüedad (había sido construido para quién sabe qué institución habsbúrgica, probablemente), estaba tan bien adaptado al terror actual que parecía hecho a su medida. Veinte o incluso veinticinco ventanas alargadas, con los cristales pintados con óleo blanco, se alineaban a lo largo de la acera, aproximadamente a dos metros de altura. Debajo de cada ventana se abría un ventanuco enrejado, colocado a un palmo del suelo y de unas dimensiones no mayores que las de un cuaderno normal apaisado. Los cristales de estas ventanas no estaban pintados, pero estaban tan sucios que por la noche, cuando se daba el caso de que se encendieran las luces, no se podía ver nada a través de ellos. Pero, por otro lado, incluso aunque absurdamente se hubiera podido ver algo, ¿quién se habría atrevido a mirar? Los habitantes de la ciudad tenían cuidado de cruzar a la otra acera algunas decenas de metros antes y de caminar más rápido y con los ojos fijos en el suelo cuando pasaban por delante del edificio; aunque —o quizás precisamente porque— todo el edificio parecía deshabitado, y no se veía a nadie entrando o saliendo, ni se oían ruidos, e incluso la luz que conseguía atravesar la pintura opaca era tan carente de intensidad que podías dudar de su existencia. Y así como sentíamos todos, sin que nos lo hubiera dicho nadie, que era mejor no mirar, también sabíamos que era mejor no pronunciar su nombre. Así pues, lo mismo que con «Bărgană», nos acostumbramos a que aquella palabra tuviera dos significados, uno de los cuales reinaba en el diccionario y era indiferente a todos, mientras que el otro, pronunciado sólo en el pensamiento, pero omnipresente, soplaba como un viento —más débil unas veces, otras más agitado, pero capaz siempre de derribarlo todo— por encima de mi infancia.
Ana Blandiana. Proyectos de pasado. Traducción de Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. Editorial Periférica.

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