Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 4 de julio de 2017

Apegos feroces. Vivian Gornick

a) Es una confrontación. Entre hija y madre. Entre presente y pasado. Entre quienes fuimos, lo que aspiramos a ser y aquello que heredamos y nos da forma a pesar de nosotros, de nuestra renuncia a ello, de nuestra pelea y búsqueda de una identidad propia e independiente. Hay una lucha entre madre e hija, y como en toda lucha, quedan las heridas, algunas sin cicatrizar a pesar de los años pasados, el dolor, la renuncia y la separación, la pregunta sobre si las decisiones importantes se toman para alejarse de la imagen materna y no repetir patrones o desde una libertad propia y pura.

a1) Vivian Gornick escribe sobre su vida y la relación con su madre sin ambages ni paños calientes, hay inteligencia, rabia, diversión y erotismo en su mirada, se ve a sí misma y a su madre sin un velo dulcificado por el tiempo. La madre poderosa, cruel a veces, sin pelos en la lengua, una especie de reina en el edificio del Bronx donde Gornick pasó su infancia. La hija que recuerda su descubrimiento del mundo, el papel de su madre en él, la búsqueda de su propio camino, los descubrimientos del deseo, la pasión, el vacío y la creación, el pequeño y estrecho canal que la divide y por el que transitan sus palabras, un canal que libera y ahoga, que muestra lo oculto o permanece en silencio, Gornick que siente su forma, cómo se contrae o se estira.



b) Dos mujeres que pasean por las calles de Nueva York, que se acercan o discuten, que se atacan o se callan en un silencio ciego, que buscan algo de paz, vuelven una y otra vez a una misma conversación, la madre que consagró su vida a una idea romántica del amor, su viudedad que la convierte en una actriz solitaria sobre un escenario y su dolor en algo que mostrar al mundo, la hija que pasa por relaciones donde no hay conexión o transcurren en un equilibrio precario, a medio camino entre la felicidad y el abismo, madre e hija que no logran encontrarse en un punto intermedio, que sienten la amenaza de la otra, que hay una dureza soterrada, algo que no acaba de definirse y que las mantiene alejadas.  

c) Los museos y las cafeterías, el ajetreo de las calles y la soledad del fin de semana, los vagabundos locos y los encuentros casuales, un edificio en el Bronx donde vivir una infancia en un mundo que se desintegraba poco a poco, un microcosmos de familias judías donde irrumpe una gentil ucraniana con su sencillez y su sensualidad y descubre a Vivian Gornick el deseo y la voluptuosidad, alguien que se aparta de las normas maternas, que ve el amor como medio de supervivencia y no como un ideal romántico desfasado y falso.

c2) Están las descripciones cotidianas de un barrio en el Bronx, una mirada al pasado, a la vieja casa, a los personajes extraños que la poblaban, judíos que emigraron en busca de una nueva tierra y cuyos hijos se encuentran entre las raíces del viejo mundo y aquello que viven en su nuevo mundo. Están las mujeres que abandonan su trabajo por matrimonio, mujeres que son madres, esposas, amas de casa, su libertad y mirada constreñidas ante la idea patriarcal de la mujer, un mundo en el que los hombres eran sexo, pero y las mujeres. Y, en ese mundo doméstico, Nettie, una mujer que encarna la sensualidad y el deseo. Están las preguntas de Gornick sobre su infancia y su paso a la adolescencia, su cambio en la manera de mirar la vida y las relaciones, sentir que hay un mundo invisible alrededor. Está el presente donde la madre lleva más años viuda que casada y la hija siente la velocidad del tiempo. Están dos mujeres enérgicas.



d) La escritura de Gornick es pura inteligencia y sencillez, mezcla lo cotidiano con la reflexión sobre el papel de la mujer, las relaciones familiares, el deseo y el amor. Hay rabia y tristeza a partes iguales, hay una pregunta sobre aquello que somos, nuestras raíces, nuestras metas, el mundo en qué vivimos y cómo nos colocan en un lugar que muchas veces sentimos extraño, hay una madre y una hija que se enfrentan y se necesitan y se hieren y sobreviven y salen adelante.








La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención. Últimamente estamos a malas. La manera que tiene mi madre de «lidiar» con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: «Me odias. Sé que me odias». Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente –un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos– le dice: «Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia». Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: «Ésta es mi hija. Me odia». Y a continuación se dirige a mí e implora: «¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?». Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así́. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.
Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente. Ahora ambas vivimos en el Lower Manhattan, nuestros apartamentos están a kilómetro y medio de distancia y, cuando nos visitamos, lo hacemos a pie. Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural. Las dos tenemos aventuras a diario con conductores de autobús, mendigas que arrastran carritos, acomodadores y locos callejeros. Pasear saca lo mejor de nosotras. Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.
Vivian Gornick. Apegos feroces. Traducción de Daniel Ramos Sánchez. Editorial Sexto piso.

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