Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 10 de marzo de 2017

Irene


Recuerdo la respiración de Irene el día de su muerte, primero un rumor apagado, luego la lucha por una bocanada más, Irene convertida en un mar en guerra. Tenía los ojos desencajados, perdidos en un lugar invisible del techo, buscaba alguna señal de su madre, un lugar donde franquear la muerte y reunirse con ella. Al final, con su último respiro, me di cuenta de todas las presencias que había en ella.
Decía Irene que, de haber muerto en su tierra, tendría a un puñado de plañideras rezando el rosario, el choque de las cuentas y las palabras susurradas, los recuerdos de culpas pasadas y el vestido negro para reunirse con Dios, ella, que no creía en este Dios desfigurado e impuesto por una religión extraña sino en una constelación de diosas creadoras, sonreiría delante de aquellas mujeres pequeñas y hombres silenciosos y pensaría que estaban equivocados, que hace siglos el cielo estaba habitado por mujeres, las únicas capaces de crear y parir, de modelar el barro y convertirlo en mundos poblados, diosas de cuerpos redondos y miradas selváticas, tiernas y terribles, porque había algo de terrible en la ternura de quien da la vida y la empuja fuera del lecho materno, de la penumbra a la luz cegadora, del calor a la intemperie. Transformaron las diosas en Dios, me decía, y nos callaron, a las mujeres, a nosotras que somos nativas de la lluvia.
Irene creyó en mí. Fue mi primer caso de ayuda domiciliaria. Las demás casas no se fiaban de un hombre en un trabajo considerado de mujeres. No saben ver, decía Irene, porque siguen pensando en la idea de los hombres como constructores y las mujeres cuidadoras, nos otorgan un lugar desde el sexo y ya no podemos salirnos de él, olvidamos la igualdad que hay en el momento de nuestro nacimiento y nuestra muerte. Me sorprendía la energía y la lucidez de una nonagenaria de piernas paralizadas. Recuerdo cuando la limpiaba, su cuerpo desnudo que mostraba la pronta muerte, su mirada acuosa y blanca, su necesidad de volver al pasado. Ella me hablaba de sus primeros años en una tierra dura y mísera, de su madre vestida de negro, como todas las mujeres de la aldea, un luto por un marido o hijo o hermano que arrancaba el color en sus vidas y las doblegaba, su madre que murió practicándose un aborto tras una docena de embarazos. Imagina, me decía, la mayor parte de su edad adulta la pasó embarazada. Dejaron a su madre sobre la cama para velarla. Irene, que la vio tumbada, pensó que dormía. Y se acostó con ella. Me lo contaba con dulzura, ella tenía ocho años y quería dormir abrazada a su madre. Luego, la realidad. Aún hoy sueño con ella, me decía, yo estoy en un lado de un puente blanco, mi madre en la otra orilla, y yo corro hacia ella, y nunca acabo de llegar a su lado, de alcanzarla. Tenía ocho años y sabía que llevaba un dolor que no era suyo, un dolor ancestral que la unía a sus raíces, al árbol, como decía Irene.
Me salvó la sombra de un zepelín. Irene se reía cuando recordaba el grito y el susto al ver una sombra fantasmagórica sobre los campos. Al levantar la vista, vio el extraño globo, su forma de moverse en el cielo y desaparecer tras el horizonte y convertirse en una promesa. De no preguntarme por el destino de aquella nave, decía, ahora estaría vestida de negro, sentada bajo la parra, mirando hacia el camino y esperando en silencio, una vieja solitaria e ida.
Irene fue costurera, como todas las niñas de la aldea. Veía marchar a sus hermanos a cavar al monte, asombrada por sus fuertes espaldas y la mirada ya adulta en los niños. Y monja. Sí, monja, recordaba con su sonrisa desnuda, porque era la manera de salir de aquella aldea y aún creía en la idea de Dios de su madre, donde había sacrificio, culpa, bondad y tristeza y cada acto de la vida reflejaba una respuesta divina. Salió del convento escarmentada, no había belleza en el encierro, no encontró al Dios de su madre, sólo un gran vacío y el dolor ancestral.
Hay un pequeño recordatorio de su consagración dentro de La república de los sueños. La hermana Irene López del Corazón de Jesús. El libro de Nélida Piñón funcionaba como diario de su vida, el retrato de su madre, avejentada a sus cuarenta años y una sombra negra y apagada sobre la mirada, las fotografías en blanco y negro de las aprendices de costureras sentadas en un prado, Irene sonriendo a cámara con el pelo corto y las manos en el regazo, los edificios de Madrid que tocaban el cielo, su primera ciudad, y el paisaje desierto que rodeaba el convento, un mapa de Río de Janeiro y las fotografías en color donde se veían mujeres semidesnudas en la amazónica o vestidas de blanco alrededor de una hoguera en la playa o sentadas en un sulky en la llanura pampeana, mujeres como pequeñas llamas de una vela. Entre las últimas páginas, las esquelas de los hijos y los hermanos muertos y el dibujo de un árbol en el vientre de la diosa creadora.

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