Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 29 de diciembre de 2017

un año en lecturas

a) Philip Roth ha sido una constante este año. Las relaciones paterno filiales, el papel del escritor judío dentro de la comunidad, la creación artística, la fama y el silencio del creador, el mundo de los emigrantes que llegaron a Estados Unidos en busca de otra tierra donde vivir y que se apaga ante el relevo de los hijos y sus nuevas vidas, la ciudad de Newark, la infancia tras la segunda guerra mundial, los héroes caídos en desgracia, el sexo y el amor, la ironía, la verborrea y la comicidad no exenta de tragedia. He pasado de las novelas recopiladas en Zuckerman encadenado, donde Roth muestra los inicios de su alter ego, la visita a un viejo escritor judío, sus primeros relatos, sus fantasías con una Anna Frank viva, el peso de la fama por su novela Carnovsky, su bloqueo y enfermedad en La lección de anatomía o la búsqueda surrealista de un manuscrito en La orgía de Praga, al Zuckerman adulto que da un paso atrás y relata la vida de un hombre sencillo elevado a héroe y luego a villano en Me casé con un comunista, segundo libro de la llamada Trilogía americana, en la que Roth repasa la historia reciente de Estados Unidos y describe la quiebra de un ideal, qué se escondía tras el sueño americano. Entre medias, El mal de Portnoy, ese monólogo genial y delirante de un hombre judío ante su psicólogo y el libro de memorias Patrimonio. Dos lecturas entre las aventuras de Zuckerman para unir hilos y novelas, el Portnoy de Roth con el Carnovsky de Zuckerman, el padre de Zuckerman con el de Roth, la difusa barrera entre realidad y recreación. Roth es inteligente y bufón, es profundo y caótico, es un escritor que se enfrenta a sus raíces y las cuestiona a la vez que las extraña. Termino el año con La contravida.

b) Las mejores lecturas de este año, además de El mal de Portnoy y Zuckerman desencadenado de Roth, han sido los relatos de William H. Gass en En el corazón del corazón del país, sobrios y violentos, y los de Ana Blandiana en Proyectos de pasado, los textos de Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes, el grupo indescriptible que forma John Fante en La hermandad de la uva, la doble realidad de La vida breve de Onetti, el testimonio de Wiesel en La noche y la Vida con estrella de Weil, la escritura de Salter en Años luz, la aventura en Bajo cielos inmensos de Guthrie Jr. y la degradación en Indigno de ser humano en Dazai, la poesía de Billy Collins, Isabel Bono y Blaga Dimitrova, el ensayo Dispara a todo lo que se mueva de Nick Turse, que muestra la guerra de Vietnam en toda su crudeza, y La voz del Amo de Lem.

c) Las decepciones las encabeza Auster con su 4321, una novela sin tensión que desaprovecha una buena idea, las vidas posibles de un muchacho, y se queda algo vacuo y aburrido, los textos de Murakami en De qué hablo cuando hablo de escribir, que no aportan nada nuevo, la tontería que es La dulce envenenadora de Paasilinna, Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, de la que esperaba mucho y se quedó en casi nada, y la recopilación Gatos, de Bukowski.

d) Los objetivos lectores para el nuevo año. Disminuir la altura de las tres pilas de lecturas inmediatas que tengo y en los que están Mircea Cărtărescu, Hermann Ungar, Sergio Pitol, Thomas Wolfe, Saul Bellow, Nikolái Gógol, Hermann Broch, Ernesto Sabato o Ted Chiang, seguir con Philip Roth y releer Matadero cinco de Kurt Vonnegut y Rock Springs de Richard Ford.
















e) Una lista completa de lectura

04) Pregúntale al polvo - John  Fante
06) Una casa en Bleturge - Isabel Bono
10) El mal de Portnoy - Philip Roth
11) El hielo en el fin del mundo - Mark Richard
18) La mujer de la arena - Kobo Abe
19) La lección de anatomía - Philip Roth
22) Patrimonio. Una historia verdadera - Philip Roth
23) Elogio de la nada - Christian Bobin
25) Réquiem/Poema sin héroe - Anna Ajmátova
26) La dulce envenenadora - Arto Paasilinna
31) De qué hablo cuando hablo de escribir - Haruki Murakami
33) Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo - Chimamanda Ngozi Adichie
35) Haciendo planes - Karmelo C. Iribarren
38) La literatura nazi en América - Roberto Bolaño
40) Pequeños incidentes (antología poética) - Karmelo C. Iribarren
45) Que viene el lobo - Itziar Mínguez Arnáiz
47) Mientras me alejo - Karmelo C. Iribarren
48) De otra vida - Federico del Barrio/Isabel Bono
50) Wikipoemia - Itziar Mínguez Arnáiz
54) QWERTY - Itziar Mínguez Arnáiz
58) Picnic en Hanging Rock - Joan Lindsay
59) Hielo seco - Isabel Bono
60) Me casé con un comunista - Philip Roth
61) 4 3 2 1 - Paul Auster
63) La canción de Mercurio - Isabel Bono
65) Gatos - Charles Bukowski
66) Lo seco - Isabel Bono
67) Cutter y Bone - Newton Thornburg
69) Plata quemada - Ricardo Piglia
71) La hermandad de la uva - John Fante
72) La presencia pura - Christian Bobin
74) Bajo las estrellas de otoño - Knut Hamsun
77) El declive - Osamu Dazai
78) La tumba del tejedor - Seamus O´Kelly

domingo, 17 de diciembre de 2017

El olor humano. Ernő Szép

El olor humano comienza con un grupo de hombres en fila, una estrella de David sobre el portalón de un edificio, unos soldados jóvenes que buscan entre los pisos a hombres y riquezas escondidos, una espera y un destino incierto. De esa espera y de ese grupo de judíos detenidos bajo las ventanas de sus vecinos y que no saben qué pensar o a dónde los enviarán, Ernő Szép da un paso atrás y describe los últimos meses en Hungría, la caída del regente, el gobierno filo nazi de Szálasi, el temor por la llegada de los alemanes, los bombardeos sobre la ciudad o la rutina de la comunidad judía: el desalojo de sus hogares, la dificultad de las compras diarias, la conversión al cristianismo de algunos judíos para evitar la deportación, la invisibilidad o el señalamiento de quienes ven a los judíos como culpables de un crimen oculto.

Una foto. Un paso atrás que explica esa imagen. Y el movimiento.

Los hombres se ponen en marcha. El destino final cambia a cada hora. Una caminata los aleja de sus vidas para adentrarlos en campos desconocidos y la ignorancia. Hombres mayores y jóvenes, judíos conversos, ateos y creyentes, fuertes y débiles, ricos y obreros, desfilan por caminos de tierra y bajo las órdenes y los golpes y los disparos a bocajarro de un grupo de soldados que se han creído la propaganda oficial. El camino parece no tener fin. Szép muestra el extrañamiento de los judíos, su no pertenencia a la sociedad, su destino en manos ajenas, la espera continua. Y, también, los gestos cotidianos, las hojas de tabaco y los cigarrillos liados, las mochilas con pan y mermelada, las camisas de repuesto, las miradas de reconocimiento, las palabras de ánimo o temor, los recuerdos de una vida anterior

Entonces, el campo de trabajos forzados. La columna llega a una fábrica, cientos de hombres buscarán un sitio donde dormir en un desván, cavarán una zanja día tras días, bajo el sol o la lluvia, una zanja que podría servir para detener el avance de los tanques rusos o como fosa, el trabajo extenuante, las raciones cortas, el no saber qué ocurrirá a la mañana siguiente, la impunidad y crueldad de los soldados y la supervivencia y el miedo de los hombres.

Szép escribe a modo de diario las semanas que vivió en un campo de trabajo, breves entradas que muestran un momento y un espacio concretos, los últimos meses de 1944 en Hungría y la vida de la comunidad judía a la espera de algo que no acaba por concretarse: su destino. Szép va de la crudeza a la ternura, de la reflexión a la rabia y la incredulidad en su descripción de unos meses temibles, muestra la vida cotidiana y el horror adentrándose en ella, la supervivencia y la sinrazón. El libro atrae poco a poco, hay algo conocido en lo que cuenta Szép, las descripciones remiten a otros libros testimoniales sobre el Holocausto, y aún así, encuentra su hueco como relato costumbrista de un grupo de hombres judíos y sus conversaciones y gestos en unos días extraños y temibles, su forma de afrontar la llegada del fascismo, las diferentes ideas sobre su destino o qué desearían para Adolf Hitler.
 ―Permítanme, señores, que les cuente qué castigo me he imaginado para esa persona cuyo nombre no suelo mencionar. Si es que está con vida y no consigue quitársela antes de que lo capturen. Me parece, caballeros, que sería el único castigo que tal vez sea capaz de vengar las atrocidades que ha cometido este tipo.
―¿Y qué es? ¡A ver! ¿Qué ha imaginado? Chsss, por favor, silencio.
―Que viva eternamente, que nunca muera, nunca, jamás.
Alguien dijo entre risas:
―¡Vaya!
―Sí, querido señor, que viva para siempre. Que no lo maten las balas, ni lo ahogue el agua, ni le haga ningún daño el veneno cuando quiera suicidarse. Que nadie lo toque ni con un dedo. Pasará mil años, cien mil, otros cien mil, la Tierra se enfriará un día, no quedará ni una brizna de hierba, ningún ser vivo, solo él, el único. Que quede él solo en el mundo, en tinieblas y en el más absoluto silencio. Dios también puede morir un día, pero que él siga viviendo, y que no se vuelva loco, que recuerde para siempre.
 
Y, hacia el final, Szép habla del peso del mundo y la culpa en la mirada del testigo y víctima.

Ahora, como en la vieja guerra, a veces me pregunto asombrado: ¿cómo se atreven a hacer lo que están haciendo?, ¿cómo se atreven, sabiendo que yo estoy aquí, en este mundo? ¡Si yo lo veo y lo oigo todo! ¿Cómo es que no se han horrorizado ante lo que han hecho? ¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza? ¿Cómo no paran de inmediato?
Estos pensamientos me atormentan con tal fervor como a un enloquecido.
Y me persigue, está vez también, me persigue la idea de que yo tengo la culpa de todo esto. El Creador ha puesto en mi pecho un corazón y me ha enviado con él entre los hombres. Y no sé cómo ha podido ocurrir que yo no les haya mostrado mi corazón, su corazón. ¿Acaso estaba dormido? La palabra salvadora, la palabra redentora esperaba en mi garganta: la palabra que tenía que imponer la paz a la Tierra. Y yo callaba.
No sé dónde tenía la cabeza. El mundo se me cayó de las manos. Y se hizo pedazos.
 

El olor humano está en lo cotidiano y en la amenaza de un destino incierto.









Yo, por lo que a mí respecta, parece que ni siquiera creo en la muerte. A mí también me soplará, desde luego, como una cerilla, pero no tendré conciencia de ello; yo lo único que sé es vivir, yo solo creo en la vida y no me puedo imaginar otra cosa. La vida no acabará nunca, tras mi último suspiro no contraeré los pulmones ni pondré un punto después de mi pensamiento final; idea y aliento huirán al infinito, a lo intemporal. Soy inmortal, es decir, incapaz de morir. Todos lo somos. Y tengo tanta curiosidad, tanta curiosidad por todo lo que pasa en esta Tierra; enloquezco por ver, oír y conocer este mundo, esta vida; incluso sentiría interés por mi propio ahorcamiento; no me tomaría un veneno ni siquiera si con ello pudiera evitar ser empujado a una cámara de gas.
Ernő Szép. El olor humano. Traducción de Eszter Orbán y José Miguel González. Gallo Nero Ediciones.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Batallas de amor. Grace Paley



Grace Paley centra su primer libro de relatos en un puñado de mujeres y hombres de la década de los cincuenta e intenta mostrar sus vidas, sus pequeños deseos y soledades, su forma de enfrentarse al amor y entre ellos. Y lo hace con humor, ironía y tristeza. Hombres que abandonan a sus mujeres tras regalarles un plumero, muchachas que coquetean con el mundo adulto y entran en él a ciegas y con estruendo, mujeres que se convierten en amantes de sus ex maridos. Paley retrata una época, los años posteriores a la segunda guerra mundial, y muestra su parte oculta y subterránea, la otra cara del amor, el papel de las mujeres en una sociedad cerrada, la presencia constante del sexo (excitante o prohibido), el mundo de los adolescentes, la vida en un barrio de Nueva York y su voz que va del ruso al yiddish, .

Los relatos de Batallas de amor tienen algo enigmático. Funcionan como acercamiento a una vida invisible, a aquello que nos impulsa y nos define, a la fuerza, amargura y sabiduría de las mujeres de sus relatos, la sensación de pérdida y juego de los hombres y el punto de unión entre ellos que se convierte en lucha, malentendidos, un juego de ruleta rusa y un intento último de comprensión. El humor que destilan algunos de estos relatos es descarnado y, por momentos, hilarante. Paley perfila personajes vulnerables que buscan al otro o persiguen un sueño que sólo les llevará a una soledad y amargura futura.

En un par de relatos, Paley habla del mundo adolescente, ese momento donde una muchacha abandona la infancia y se inicia en territorio desconocido. En La voz más fuerte, una muchacha judía es la narradora de una obra navideña por su gran voz, un acercamiento a otra cultura que escandaliza a su entorno y pone en entredicho la educación que recibe. En Mujeres y niñas, una chica intenta robar el novio a su tía, se acerca a él, descubre las primeras caricias y los primeros besos, un pie en la infancia y otro en la edad adulta. En Un diámetro inalterable, el narrador, un hombre mayor, tranquilo y vago, acabará unido a una muchacha de buena familia y sabrá que en pocos años se convertirán en extraños el uno para el otro.

Hay un relato que me entusiasma dentro de Batallas de amor. Un motivo para vivir. Una mujer describe el abandono de su marido, su vida en un gran edificio donde se mezclan razas y culturas, su intento por salir adelante y buscar ayuda en los servicios sociales, su relación con el hijo de una vecina, un viejo amigo de la infancia. En esas páginas Paley pasa de la tristeza a la ternura y la lujuria, muestra las incoherencias de su narradora, su fortaleza y debilidad, su placer y sus miedos, su felicidad doméstica con su marido, dispuesto a romper su familia y, sobre todo, su sueño de que vuelva a su vida aun sabiendo el daño que le producirá.

Batallas de amor es un primer acercamiento a la escritura sencilla, enigmática y enérgica de Paley.









Pero una noche, después de un largo jueves que los críos se pasaron tratando de romperme los tímpanos, después de una interminable tarde lluviosa en la que mientras los chicos se pegaban continuamente las niñas parecían dispuestas a recurrir a los tribunales para que dictaminaran a cuál de las dos pertenecía Melinda Lee, la muñeca de sesenta centímetros que sabía caminar, el timbre sonó en tres ocasiones. Ninguna de las tres me encontré con el saludo de John.
Me daba vergüenza ir a preguntar a la señora Raftery qué ocurría, y ella no tuvo la bondad de subir a explicármelo.
El jueves siguiente tampoco vino. Girard dijo muy entristecido:
—John debe de habernos abandonado.
Después de una ausencia de dos semanas, durante las cuales no recibí el menor aviso, tuve que empezar a pensar que debía prescindir de él. No sabía qué era lo que tenía que decirles a los niños: algo sobre el bien y el mal, la bondad y la maldad, los hombres y las mujeres. Por fin supe qué era lo que había que decir, y decidí que no tenía por qué ocultarles los errores ni la verdad. ¿Quién sabe? Ellos estaban todavía a tiempo de llegar a tener en esta vida algún amigo mucho mejor que todos cuantos haya podido tener yo. De modo que los metí en cama, me senté en la cocina y me puse a llorar.
Cuando ya estaba a mitad de mi tercera cerveza, y trataba de pensar qué era lo que debía hacer, se me ocurrió la gran idea: presentarme al programa «Hágase rico». Saqué de la caja de los juguetes un papel y un lápiz e hice una lista de todos mis problemas. Para poder presentarse hay que tener problemas. Cuando terminé la lista, hasta Dios se hubiera puesto a llorar si hubiera tenido un minuto para leerla. Al contemplarla empecé a sentirme mejor. Al parecer, para la supervivencia de los mejor dotados lo único que hace falta es tener un motivo para vivir, tanto si es bueno como si es malo o raro.
Grace Paley. Batallas de amor. Traducción de Enrique Hegewicz. Anagrama.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Bajo cielos inmensos. A.B. Guthrie, Jr.

a) Afrontar una lectura como Bajo cielos inmensos te traslada a las novelas de Twain, las películas clásicas de aventuras y del oeste, los sueños de la niñez de dormir al raso junto a una hoguera y los peligros en la oscuridad. Es vérselas cara a cara con el recuerdo de quienes fuimos y la mirada sencilla que teníamos hacia el mundo y compararnos con quienes somos ahora (entendiendo la dificultad del análisis). El inicio es el acceso al mundo adulto de un muchacho de diecisiete años. Tras pelearse con su padre y huir de su casa en Kentucky, Boone Caudill se dirige a San Luis para seguir los pasos de su tío y convertirse en un hombre de las montañas. Hay una candidez innata en Boone, fascinado por las historias de su tío que hablaban de grandes paisajes y enfrentamientos contra osos e indios, la imagen de un mundo donde se mezclaban la realidad, la bravuconería y la fantasía. Boone sueña con las grandes montañas y la libertad y la soledad bajo el cielo, y mantendrá esas ensoñaciones que le impedirán ver el final de una época y los cambios que traerán los pasos abiertos y los colonos. Se unirá con Jim Deakins, otro muchacho que cree en la vida libre, y Dick Summers, un experimentado hombre de montaña que siente la llegada de la vejez y el fin de su mundo.

b) Los tiempos han cambiado. Es una idea que se repetía en los westerns crepusculares de Sam Peckinpah. Boone llega a los grandes paisajes del oeste cuando el mundo de los tramperos y los hombres de frontera se desvanece poco a poco. Las pieles de castor escasean, los encuentros entre hombres de montaña son más pequeños, los viejos tramperos se retiran, los indios caen ante la viruela, se habla de la llegada de colonos en carromatos para plantar sus cosechar. Boone reniega ante estos cambios, no cree posible las cosechas o que se acaben los búfalos mientras haya indios. Pero Boone vive en un mundo en extinción, los últimos años antes de las grandes caravanas hacia el oeste, de la multitud que busca una oportunidad en tierras extrañas.

c) Hay una tristeza y un calor que recorren Bajo cielos inmensos. La tristeza por el final de una época, por la testarudez humana, por la pérdida de la libertad y la aniquilación de una forma de vida apegada a la tierra. El calor de la aventura, los enfrentamientos contra los indios, los encuentros con osos, el hambre y los pasos cortador por la nieve, las peleas entre los hombres de la montaña por una idea personal de la justicia. Por un lado Guthrie muestra las huellas del futuro de forma casi invisible, una conversación sobre los carromatos al otro lado del territorio y los sueños de asentarse de un puñado de hombres y mujeres en otra tierra, por otro lado, se centra en el aprendizaje de Boone, su destreza en la vida de las montañas, y en ese aprendizaje, las escaramuzas y el hambre, las peleas y los grandes espacios, el Carro en las noches despejadas y el humo de una hoguera, los poblados indios abandonados, las cabelleras arrancadas, las fanfarronerías de los hombres de la montaña, la libertad y la soledad puras, los ríos que cortan llanuras y las cumbres azules de las montañas, los signos del invierno.

d) Están la pequeñez ante los espacios abiertos y bajo el cielo y la impresión de ser el primer ser humano que ve un pedazo de tierra, está el encuentro con el otro, ya sean indios, tratantes de pieles o soñadores que planean crear rutas entre las montañas para alcanzar nuevos territorios, está la incapacidad del ser humano por conservar aquello que ama, ya sea un modo de vida, un paisaje, una mujer, y destrozarlo por emociones mezquinas, están la figura que desaparece en las sombras y esas sombras que son el pasado, está el retiro de los viejos tramperos y cazadores y su regreso a la civilización como granjeros y su mirada llena de recuerdos. Guthrie consigue algo difícil, aunar grandeza e intimismo, aventura y reflexión, la nostalgia por tiempos que no volverán y la búsqueda de horizontes desconocidos. La violencia es seca y dura, los personajes se dividen entre soñadores y desencantados, los paisajes son magnéticos, y la vida al aire libre, y las dificultades que son desafíos y muestran el reflejo de quién eres y qué eres capaz de aguantar.

e) Guthrie construye una historia circular. Coge a un muchacho como Boone y lo saca de su granja de Kentucky en busca de grandes espacios y lo hace regresar trece años después a esa misma granja, el padre muerto, la madre anciana, su hermano con una nueva familia, Boone que ya no es capaz de dormir entre cuatro paredes o comer con sal, que bebe agua del arrollo, que ve cómo no pertenece a ningún lugar, su hogar de infancia un lugar inalcanzable y las vida en las montañas en extinción.

f) Bajo cielos inmensos es tan grande como los paisajes que describe y los hombres y mujeres que lo habitan, habla de esa parte de la condición humana que aniquila la vida y el sustento y los sueños, es aventura y tristeza y el tiempo que convierte a todo y todos en sombras.









—Caudill y Deakins quieren ser hombres de montaña.
—¡Uh! Será mejor que vuelvan a nacer.
—¿A qué te refieres?
—Han llegado diez años tarde —la mandíbula de tío Zeb machacó el tabaco—. ¡Ha desaparecido, maldita sea! ¡Ha desaparecido!
—¿Qué ha desaparecido? —preguntó Summers.
Boone podía ver el whisky en el rostro de tío Zeb. Era un rostro que seguramente había visto mucho whisky, rojo e hinchado.
—Todo lo que nos rodea. Ha desaparecido, por Dios, y nadie se preocupa a excepción de algunos de nosotros que la conocimos cuando era tierra virgen.
Desenfundó el cuchillo y comenzó a lanzarlo y clavarlo en tierra, como si eso calmara sus sentimientos. Se quedó en silencio durante un rato.
—Esta fue en otro tiempo una tierra para el hombre. En cada manantial había cientos de castores y multitud de búfalos allá donde uno miraba, y nada de estrecheces ni aglomeraciones de gente. ¡Jesús bendito!
Al este, donde el cerro y el cielo se juntaban, Boone divisó movimiento y supuso que eran búfalos hasta que la nube se desplazó por la ladera, dirigiéndose hacia ellos; resultó ser una manada de caballos.
Los ojos grises de Summers saltaron de Boone a tío Zeb.
—No se ha echado a perder, Zeb —dijo en voz baja—. Depende de los ojos que la contemplen.
—¡Que no se ha echado a perder! Han construido fuertes río arriba y río abajo, y hay gente en todos los lugares donde antes uno podía poner trampas. Y los novatos suben río arriba, un montón de ellos… vienen novatos en cada barco, se quedan merodeando por aquí y echan a perder toda la diversión. ¡Jesús! ¿Por qué no se quedan en sus casas? ¿Por qué no nos dejan esta tierra a nosotros tal como la encontramos? Por Dios, esta tierra es nuestra por derecho propio —apartó la boca de la botella—. Dios, era una belleza hace un tiempo. Bella y virgen, y no estaba horadada por las rutas de los hombres, a excepción de las de los indios, en toda su amplitud.
Los caballos se aproximaban rápido, corrían y daban coces como potros por el frío que se había apoderado de la tierra. La taltuza había salido de nuevo de su agujero, corría breves tramos y miraba hacia arriba silbando. Estaba comenzando a oscurecer. El fuego al oeste estaba a punto de apagarse; una estrella ardía baja por el este. Boone deseó que alguien hiciera callar a aquel ternero.
—Parece que te hayas tragado un higo chumbo, amigo —dijo Summers.
—¡Uh! —tío Zeb se metió los dedos en la boca, atrapó el bolo de tabaco y puso otro fresco dentro.
—Se paga buen precio por el castor, muy buen precio. Ahora —mencionó Summers.
—El precio da lo mismo cuando no se tienen los castores —afirmó tío Zeb mientras movía la boca para masticar bien la bola.
Los caballos pasaron trotando, levantando polvo, esquivándolos y bufando mientras pasaban junto a los hombres sentados. Tras ellos cabalgaban cuatro jinetes vestidos con los ponchos blancos que llevaban los trabajadores del fuerte.
—Echo de menos los tiempos en los que había castores por todos lados —dijo tío Zeb. Su voz se había vuelto más suave y se notaba un tono remoto en ella, como si el whisky hubiera empezado a hacerle efecto de una forma profunda y tranquila. ¿O, tal vez, sólo se debía a que estaba viejo y no era capaz de controlar sus emociones?—. Los echo de menos ahora. Por todos lados. En aquellos tiempos era un fracaso no atrapar un buen fardo de ellos. ¿Y ahora? —se calló a media frase, como si no existiera la palabra adecuada que un hombre pudiera pronunciar—. Mira —dijo, irguiéndose ligeramente—, dentro de cinco años no habrá más que piel de baja calidad, y ya está ocurriendo rápidamente. Tú, Boone, y tú, Deakins, si os quedáis aquí tendréis que patear la pradera, cazando pieles, persiguiendo búfalos y desollándolos, y viendo cómo también eso termina por perderse.
—No, en cinco años no —dijo Summers—. Más bien cincuenta.
—¡Ah! El castor ahora ya casi ha desaparecido. El búfalo es el siguiente. No habrá ni un maldito toro dentro de cincuenta años. Veréis cómo aparecen surcos arados en las praderas y estableciéndose en ellas —se apoyó hacia delante, poniendo las manos arriba—. La gente se ríe de este desgraciado que os habla, pero sigue diciendo la verdad. No puede ser de otra manera. Sólo la Compañía envía veinticinco mil pieles de castor al año, y cuarenta mil pieles de búfalo, o más. Además, un montón de búfalos son sacrificados por cazadores y no son desollados, y un montón de pieles son usadas por los indios, y muchos se ahogan todas las primaveras. ¡Ah!
—Todavía hay mucho castor —respondió Summers—. Se tiene que buscar. No se les caza dentro de un fuerte, o mientras se está cazando carne.
—¡Amén y vete al infierno, Dick! Pero es difícil conseguir whisky siendo cazador. Dame un trago de tu botella. Tengo el gaznate torriblemente seco.
Boone escuchó su propia voz, que sonaba tensa y neutra.
—Esta tierra a mí todavía me parece virgen, virgen y bella.
En la creciente oscuridad, pudo sentir los ojos de tío Zeb clavados en él, mirándolo por debajo de sus frondosidades… unos ojos viejos y cansados que el whisky había surcado con ríos rojos.
A.B. Guthrie, Jr.  Bajo cielos inmensos. Traducción de Marta Lila Murillo. Editorial Valdemar.