Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 29 de diciembre de 2016

La tristeza de los ángeles. Jón Kalman Stefánsson

Tres hombres apoyados en un ataúd a resguardo de la tormenta de nieve y el viento que todo lo borra, sueños, deseos y fuerzas, todo salvo la muerte, que los acecha en una blancura cegadora. Cuatro personas en camino, tres con vida, una muerta. El muchacho, el cartero, el jornalero, tres miradas distintas, el muchacho que se inicia a la vida y recuerda el hombro desnudo de una mujer que siente claro de luna, un cartero cuya vida es arremeter contra las tormentas, romper el hielo en su cuerpo, el silencio y una vida extraña a sus espaldas, el jornalero que vive en una granja en el fin del mundo y sufre tanto como disfruta del aislamiento y la libertad. Y la muerta, que habla al muchacho, lo guía cuando está perdido, ríe, grita o habla del frío de la muerte, que parece enemiga o aliada, que es otro de tantos muertos que deambulan por un territorio mítico, los vivos que preguntan quién va a las sombras, si son hombres o fantasmas. En esa escena, Jón Kalman Stefánsson consigue las mejores páginas de su novela, el infierno blanco exterior, tres supervivientes que no deben dormirse y el ataúd que los defiende del viento helado y los copos de nieve.

La tristeza de los ángeles continúa donde terminó Entre cielo y tierra. El muchacho sin nombre, el fin del invierno, las tormentas de nieve sobre Lugar, la pequeña población donde se refugió el muchacho tras ver morir a su amigo Bárður en un bote pesquero, el blanco que une cielo y tierra y borra horizontes, fronteras y líneas y el tiempo detenido. La llegada del cartero, único punto de unión entre las poblaciones y los vivos, lleva al muchacho fuera de su refugio, de las lecturas al capitán ciego, de la emoción del primer beso y el primer amor, de las mujeres que lo acogieron en una casa utópica, sin las reglas que imperan en el resto del pueblo, el cartero que devuelve al muchacho al territorio inhóspito de acantilados, pasos de montaña y valles nevados, a solas consigo mismo, con todo lo que lleva dentro, dudas, recuerdos, miedos y anhelos, de nuevo el frío y la tormenta, pero esta vez lejos del mar que le arrebató a su amigo.

Es ahí, en el viaje que inician Jens el cartero y el muchacho hacia el norte de Islandia, el fin del mundo, donde está lo mejor de La tristeza de los ángeles. Entre la aventura y la reflexión (entre Jack London y la poesía), Jens y el muchacho avanzan por una tierra blanca, la nieve y el viento, las granjas aisladas donde esperan la luz de la primavera mientras ven cómo se acaban sus víveres, los encuentros con bultos extraños entre la tormenta, la ascensión a cumbres de montaña y los muertos que siguen sus pasos al otro lado de la blancura. Jens y el muchacho encorvados dentro de las tormentas y sus fantasmas, Jens un hombre silencioso y corpulento, indeciso ante lo que le espera a su vuelto, su miedo al mar y su fuerza que crece en las tormentas, el muchacho, en apariencia frágil, que ya se ha enfrentado con la muerte en tierra y mar, dos hombres contra el invierno, un mundo blanco e irreal.

Stefánsson continúa con el estilo poético de Entre cielo y tierra, párrafos que pueden ser febriles o pausados, una respiración que estalla o la quietud tras una tormenta. Su escritura es, a la vez, lo mejor y lo peor de La tristeza de los ángeles, su estilo poético por momentos bordea lo ridículo, pero en general es inteligente y reflexivo, una escritura que une invierno, frío, muerte y aventura, que se pregunta por el sentido de la vida y la muerte, que describe un paraje extremo y extraño, la cadencia musical de Stefánsson como huella reconocible. Aún queda un libro más, la pregunta de si llegará finalmente la luz de la primavera y en qué acabará convertido el muchacho de esta historia.








Ahora estaría bien dormir hasta que los sueños se conviertan en cielo, un cielo calmo donde revoloteen suavemente unas cuantas plumas de ángel y no haya nada más que la felicidad del que vive en la ignorancia de sí mismo. Pero el sueño rehúye a los muertos. Cuando se cierran nuestros ojos fijos no es el sueño lo que nos invade, sino los recuerdos. Primero llegan unos pocos con el brillo de su belleza plateada; sin embargo, enseguida se transforman en una tormenta de nieve oscura y asfixiante; así ha sido desde hace más de sesenta años. El tiempo pasa, la gente muere, los cuerpos se hunden en la tierra y ya no volvemos a saber de ellos. Y es que hay muy poco cielo aquí abajo, las montañas nos lo arrebatan, y los temporales, magnificados por esas mismas cumbres, son tan negros como el abismo. Sin embargo, a veces, cuando el cielo se despeja después de una de esas tormentas, creemos vislumbrar la estela blanca que han dejado los ángeles allá en lo alto, por encima de las nubes y las cimas, más allá de los errores y los besos de los hombres; una estela blanca como promesa de una gran felicidad. Esa promesa nos llena de una alegría infantil, y nuestro optimismo, sepultado desde hace largo tiempo, parece despertar un poco, aunque el desaliento y la desesperación también se vuelven más profundos. Así es, una luz intensa perfila sombras profundas, una alegría desbordante encierra, en alguna parte, una gran tristeza, y la felicidad del hombre parece condenada a sostenerse en el filo de una navaja. La vida es bastante simple, pero el ser humano no; lo que llamamos enigmas de la existencia no son más que las marañas y los bosques impenetrables que nos habitan. En algún lugar está escrito que la muerte tiene las respuestas, que ella libera la sabiduría ancestral de las cadenas que la aprisionan; esto, evidentemente, es un auténtico disparate. Lo que sabemos, lo que hemos aprendido, no procede de la muerte sino de la poesía, de la desesperanza, en definitiva, de los recuerdos felices y las grandes traiciones. La sabiduría no se encuentra en nuestro interior; en su lugar albergamos algo que tiembla en lo más profundo de nuestro ser, y quizá sea más valioso. Hemos recorrido un largo camino, más largo que nadie, nuestros ojos son como gotas de lluvia: llenos de cielo, de aire puro y de la nada. Por eso no debes tener miedo de escucharnos. Aunque, si te olvidas de vivir, acabarás como nosotros: como un rebaño extraviado entre la vida y la muerte. Tan muerto, tan frío, tan muerto. Y, sin embargo, en algún lugar, lejos, en los confines del pensamiento, en lo más hondo de esa conciencia que da a los hombres su grandeza y su abyección, se vislumbra todavía una luz que titila y se niega a apagarse, se resiste a ceder bajo el peso de la oscuridad y la asfixia de la muerte. Esa luz nos alimenta y nos tortura, nos impele a seguir adelante en vez de tirarnos al suelo como animales desprovistos del don de la palabra y esperar lo que tal vez nunca llegará. La luz se mantiene trémula y seguimos adelante. Cierto, nuestros movimientos son inseguros, vacilantes, pero el objetivo es claro: salvar el mundo. Salvarte a ti y a nosotros con estas historias, con estos fragmentos de poemas y sueños que a lo largo de tanto tiempo han estado relegados al olvido. Vamos a bordo de una barca de remos carcomida y con nuestras redes enmohecidas nos disponemos a pescar estrellas.
Jón Kalman Stefánsson. La tristeza de los ángeles. Traducción de Elías Portela. Salamandra.

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