Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 21 de septiembre de 2016

En el lago de los bosques. Tim O´Brien

John Wade se cree un mago, capaz de los mayores trucos, convertir monedas en ratones, desaparecer, olvidar el mayor de sus secretos dentro de un juego de espejos y apariencias. De niño, la magia le ayudó a superar el alcoholismo y suicidio del padre (también sus silencios y sus críticas), en Vietnam sentía estar en su elemento con aquellos túneles bajo sus pies y la sensación de ilusión en la realidad circundante, y tras Vietnam, el amor y la política, el intento último por olvidar una masacre en un poblado vietnamita, los cadáveres en una acequia, destrozados y mancillados, el zumbido de las moscas, el silencio extraño y cruel después de la barbarie. Wade, un muchacho que busca el amor (puro, sencillo, abarcador), acaba por convertirse en un hombre taciturno, fantasioso e inestable, la magia incapaz de tapar la locura de la guerra y una vida simulada.

En el lago de los Bosques se inicia con la derrota electoral de Wade, una derrota causada por la revelación de su secreto más temido, Vietnam y lo que ocurrió en un pequeño poblado. Wade y su esposa intentan aislarse del ruido en una cabaña en el lago, curar sus heridas y rehacer su matrimonio tras unos años frenéticos de magia, silencio y la obsesión de Wade por su mujer. Wade es alguien que busca el amor, pero no sabe cómo amar, y cómo recibir ese amor, su cara externa que habla de un hombre seguro y con principios, la cara interior, que esconde los secretos del pasado, la ausencia del padre, la baja autoestima, buscar al otro para tener una confirmación del propio ser. El lago, monumental, lleno de recovecos e islas, entre Estados Unidos y Canadá, que sirve para esconderse pero no para olvidar.

La mujer de Wade desaparece. La vida política, el descubrimiento del secreto de Wade, la pregunta sobre quién es su marido y cómo es su relación. Una mañana, Wade se despierta y Kathy no está. Surge la duda, si desaparición, huida, asesinato o truco de magia. Kathy que conocía la obsesión de Wade y se sabía espiada por él, que odiaba la política, que desconocía qué escondía su marido, la afrenta ante el secreto. Se inicia una búsqueda y una investigación, Wade en el centro de la sospechas, su carácter inestable, los delitos del que le acusaron en la batalla electoral, su mutismo y su alejamiento de todo. Ahí fuera, en las aguas del lago, entre sus cientos de canales e islas, en el fondo del agua, podría estar Kathy.

Tim O´Brien se acerca a Vietnam de una manera curiosa y sorprendente. La crisis de un matrimonio tras una derrota electoral y la desaparición de la mujer en los lagos. O´Brien mezcla testimonios, hipótesis, preguntas, deja el final abierto, sin respuestas, la desaparición de Kathy, la huida de Wade, no sabremos qué fue de ellos, qué ocurrió, un truco para desaparecer ambos, un accidente o un asesinato. En ese lugar paradisíaco, O´Brien hace que Wade, el Mago, recuerde Vietnam, la matanza de My Lai, aquellas horas donde una compañía entró en un poblado, mató a sus habitantes, la mayoría niños y mujeres, llevaron a cabo las mayoras depravaciones, un acto de depredación cruel y más allá de la locura donde los cuerpos humanos quedaban mutilados. Es ahí, en lo que Wade ha olvidado durante tantos años, donde radica la fuerza de En el lago de los Bosques. El narrador, anónimo, intenta reconstruir lo ocurrido con Wade y Kathy, se obsesiona con sus historias, quiere entender el horror de una guerra que también vivió, qué hace que aflore el mal dentro del hombre y la naturaleza.

En el lago de los bosques es una novela excepcional, una forma de acercarse a uno de los episodios más cruentos de Vietnam. Por momentos, el narrador anónimo parece querer reconstruir la vida de Wade como hizo Capote en A sangre fría con el asesinato de la familia Clutter, en otros momentos, En el lago de los Bosques es pura especulación sobre la vida de Wade y la desaparición de Kathy. O´Brien habla sobre el silencio y el olvido, un muchacho que se cree mago, que acaba mirando a una acequia llena de cadáveres y busca una redención última, cómo ese intento de olvidar destroza su vida y lo convierte en un espejo. Tan buena como Las cosas que llevaban.







John Wade fue a la guerra por amor. No fue para herir ni ser herido, ni porque era hombre de principios. Fue sólo por amor. Sólo para ser amado. Se imaginaba a su padre, que estaba muerto, diciéndole: «Bien, lo has hecho, has sido valiente y yo estoy orgulloso de ti, increíblemente orgulloso.» Se imaginaba que su madre le planchaba el uniforme, lo protegía con una bolsa de plástico y lo colgaba en un armario, tal vez para mirarlo de vez en cuando, tal vez para tocarlo. A veces, también, John se imaginaba que sentía amor por sí mismo. Y que nunca corría el peligro de dejar de ser amado. Y que se ganaba para siempre el amor de un público secreto, invisible: personas a las que conocería algún día, personas a las que ya conocía. A veces hacía cosas malas sólo para que lo amaran, y a veces se odiaba a sí mismo por necesitar tanto ser amado.

***

A sus pies yacía muerto un niño de pecho. Cerca había una mujer de mediana edad. Estaba tirada sobre un montón de paja, no del todo muerta, herida en las piernas y el estómago. Miraba el mundo con indiferencia. De repente, hizo un vago movimiento con la cabeza, una especie de reverencia poco elegante y, con un estremecimiento, se murió. Había aves acuáticas muertas y animales domésticos muertos. se oía cómo se iban muriendo los habitantes de la choza en forma de ele.
El Mago profirió algunos sonidos incoherentes:
-¡No! –dijo por fin, y luego, un segundo más tarde, agregó-: ¡Por favor!
Y luego fue absorbido por la luz del sol, que lo condujo al centro del poblado, donde encontró chozas incendiadas y brillantes figuras móviles dedicadas al asesinato. Weatherby mataba todo lo que se podía matar. A lo largo del camino, bajo la luz rosada que se volvía púrpura, había una hilera de cadáveres: adolescentes, ancianas, dos bebés, un niño. Unos estaban muertos y otros casi muertos. Los muertos estaban muy tiesos. Los casi muertos se contrajeron espasmódicamente de vez en cuando hasta que el soldado de primera Weatherby recargó su arma y los remató. El griterío era horripilante. La gente no moría en silencio. Había chillidos y gemidos por doquier.
-¡Por favor! –volvió a decir el Mago.
Se sintió ridículo. Treinta metros más adelante se encontró con Conti, Meadlo y Calley. Meadlo y el teniente disparaban contra un grupo de habitantes del pueblo. Estaban de pie el uno al lado del otro, y tiraban por turnos. Meadlo gritaba. Conti miraba. El teniente gritó algo y disparó contra una docena de mujeres y niños; volvió a cargar el arma y disparó, volvió a cargarla y disparó, volvió a cargarla y disparó… El aire estaba caliente y húmedo.

***

Tras un periodo en que su mente se quedó en blanco, que duró una hora o tal vez más, el Mago volvió a la realidad a gatas, detrás de una cerca de bambú. Unos pocos metros más allá, cerca de una torre de madera, había unos quince o veinte habitantes del poblado en cuclillas bajo el sol de la mañana. Hablaron entre sí con un rostro tenso hasta que alguien se les acercó, disparó una serie de ráfagas de metralleta y los mató.
Empezaba a notarse la presencia de las moscas: producían un zumbido bajo, monótono, que parecía provenir de las profundidades del poblado.
Entonces, por un momento, el Mago se dejó ir. Lo único que podía hacer era cerrar los ojos, quedarse de rodillas donde estaba y esperar que los males del mundo se curaran por sí solos. De repente, se le ocurrió que el peso de aquel día acabaría resultando excesivo para él y que más pronto o más tarde tendría que aligerar su carga.
Levantó los ojos al cielo.
Asintió con la cabeza.
Y luego, atrapado por la luz del sol, buscó el olvido.
-¡Desaparece! –murmuró. Esperó un momento, luego lo repitió con firmeza, mucho más fuerte, y el pequeño poblado comenzó a desvanecerse dentro de su propio brillo rosado. Aquél era, pensó, el truco más majestuoso de todos. Durante los meses y los años que siguieron John Wade recordaría a Thuan Yen del mismo modo que se recuerdan las pesadillas causadas por sustancias químicas: combinaciones imposibles, hechos imposibles, y, con el tiempo, sería esta la idea de imposibilidad lo que su memoria recordaría con más intensidad.
Aquello no podía haber sucedido. Por lo tanto, no había sucedido.
En el lago de los Bosques. Tim O´Brien. Traducción de María Sonia Cristoff. Anagrama.

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