Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 1 de agosto de 2016

Manual para mujeres de la limpieza. Lucia Berlin

Decía Lydia Davis en el prólogo de Manual para mujeres de la limpieza que Lucia Berlin escribía sobre su vida, o mejor dicho, sobre una mujer que, como ella, tenía cuatro niños, pasó por media docena de empleos y ciudades, y con recuerdos y momentos significativos parecidos a los suyos. Los relatos de Lucia Berlin me recuerdan a fragmentos de un diario, una voz única que repasa los recuerdos de infancia, la madre alcohólica y el padre ausente, los días de borrachera y la frontera con México, los empleos temporales que van de telefonista, recepcionista, enfermera o mujer de la limpieza y el año en Santiago de Chile, los meses compartidos junto a su hermana terminal, los últimos años junto a una botella de oxígeno y el tiempo que ha pasado y sólo quedan las preguntas “¿y si…?” Esa voz que se repite, esa Lucia que aparece en algunos relatos y que se transforma Carlota o en otros nombres en diferentes relatos, dan unidad y continuidad a esta recopilación de relatos, enlazan unos con otros, relatos que parecen acabar en un silencio prematuro o quedar suspendidos son retomados tiempo después para llenar los espacios en blanco o para no dejarlos inconclusos.

Lucia Berlin se saca de la manga un puñado de relatos excepcionales, habla de “la noche oscura del alma”, de las adicciones y los derrotas vitales de manera diáfana y sencilla (nunca con morbo) y, también, profunda y abrupta y tensa. Hay momentos que se repiten en sus relatos, las manos temblorosas por el alcohol y la mirada de comprensión entre dos borrachos, la madre encerrada en una habitación, el abuelo dentista cuya sombra lo oscurecía todo, los días en México como otra luz, otra música, la espalda encorvada y la chepa de la narradora de estos relatos que recuerda una infancia en colegios de monjas, los amores frustrados, el reencuentro con la hermana y su forma de afrontar el pasado y la imagen materna (cruel para la narradora, incapaz de perdonarla), los trabajos en consultas y urgencias y ver a los niños del crack y a borrachos indigentes y a inmigrantes que tratan de salir adelante en un país y una lengua que desconocen.

Está el alcoholismo en cuentos como el que abre el volumen, dos alcohólicos que se reconocen en una lavandería por el temblor de manos y la mirada, o en Inmanejable, uno de los mejores relatos de esta colección, una mujer que deja solos a sus hijos mientras va a buscar una licorería abierta al otro lado de la ciudad, su derrota ante su adicción, la vuelta para preparar el desayuno a los niños, salir de nuevo a otra licorería, están los cuentos en psiquiátricos y la lucha por la desintoxicación que termina añadiendo vinagre de sidra a la lista de la compra, el alcoholismo contado en la distancia justa, sin caer en el prejuicio ni en la sensiblería, sin héroes ni villanos, sólo la verdad desnuda y real. Está la figura materna, la narradora (la voz única que puebla estos cuentos), que recuerda la crueldad de su madre, su nula atención, sus encierros en la habitación, su cercanía con la locura, la imposibilidad del perdón. Están los trabajos en hospitales, consultas donde la narradora puede verse reflejada, ve seres desarraigados que recorren un camino que ella previamente hizo, o los consejos a las mujeres de la limpieza en el relato que da nombre a esta recopilación, itinerarios de autobuses y consejos a mujeres de la limpieza como ella. Está el relato Dentelladas de tigre, una mujer que cruza la frontera para abortar, lo tenebroso de una habitación en penumbra y los lamentos de un puñado de mujeres.

Hay tensión y humor y ternura y tristeza en los relatos de Lucia Berlin, las grietas de una vida resquebrajada y cómo seguir adelante a pesar de todo.









El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ LA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LASCOSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos.
Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS.
En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos.
Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos.
La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?».
El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda.
Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca.
Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado.

***

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens.
El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres… Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.


***

—Mamá lo sabía todo —dijo mi hermana Sally—. Era bruja. Incluso ahora que está muerta me da miedo que pueda verme.
—A mí también. Me preocupo sobre todo cuando meto la pata hasta el fondo. Lo más triste es que cuando hago algo bien me gustaría que me viera. «Eh, mamá, fíjate en esto». ¿Y si los muertos andan a su antojo mirándonos a todos, partiéndose de risa? Dios, Sally, eso suena como una de las cosas que diría mamá. ¿Y si resulta que soy igual que ella?
Nuestra madre se preguntaba cómo serían las sillas si dobláramos las rodillas al revés. ¿Y si a Jesucristo lo hubieran electrocutado? En lugar de llevar crucifijos en las cadenas, la gente iría por ahí con sillas colgando del cuello.
—A mí me dijo: «Hagas lo que hagas, no procrees» —recordó Sally—. Y que si era tan idiota como para casarme alguna vez, me asegurara de elegir a un hombre rico que me adorara. «Nunca, jamás te cases por amor. Si amas a un hombre, querrás estar siempre a su lado, complacerlo, hacer cosas por él. Le preguntarás: “¿Dónde has estado?” o “¿En qué estás pensando?” o “¿Me quieres?”. Así que acabará pegándote. O saldrá a por cigarrillos y no volverá».
—Mamá odiaba la palabra «amor». La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra «furcia».
—Odiaba los niños. Una vez la fui a buscar a un aeropuerto cuando mis cuatro hijos eran pequeños, y chilló «¡Quítamelos de encima!», como si fueran una manada de dóberman.
—No sé si me repudió por casarme con un mexicano o porque era católico.
—Culpaba a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía que los papas habían hecho correr el rumor de que el amor hacía feliz a la gente.
«El amor te hace desgraciado», decía nuestra madre. «Mojas la almohada llorando hasta quedarte dormida, empañas las cabinas telefónicas con tus lágrimas, tus sollozos hacen aullar al perro, fumas dos cigarrillos a la vez».
—¿Papá te hizo desgraciada? —le pregunté.
—¿Tu padre? Él no podía hacer desgraciado a nadie.
Aun así, recurrí al consejo de mi madre para salvar el matrimonio de mi hijo. Coco, su mujer, me llamó, llorando a mares. Ken quería vivir por su cuenta unos meses. Necesitaba su propio espacio. Coco lo adoraba; estaba desesperada. De pronto me descubrí dándole consejos con la voz de mi madre. Literalmente, con su acento nasal de Texas, con su desdén.
—Pues dale a ese idiota un poco de su propia medicina.
Le dije que no se le ocurriera pedirle que volviera a casa.
—No lo llames. Mándate flores con tarjetas misteriosas. Enséñale a su loro gris africano a decir: «¡Hola, Joe!».
Le recomendé que se abasteciera de hombres, hombres guapos, bien plantados. Que les pagara si era necesario, solo para que se pasaran a verla. Que los invitara a Chez Panisse a almorzar. Que se asegurara de que hubiera hombres distintos en casa cuando Ken se presentara, a buscar ropa o a visitar al loro. Coco siguió llamándome. Sí, estaba haciendo lo que le había dicho, pero Ken aún no había ido a casa. Sin embargo, ya no sonaba tan apenada.
Finalmente un día Ken me telefoneó.
—Eh, mamá, agárrate… Coco es una pécora de cuidado. Voy a buscar unos CD a nuestro apartamento, ¿vale? Y me encuentro ahí a ese tipo. Un ciclista, con un maillot morado de licra, probablemente sudoroso, tumbado en mi cama, viendo a Oprah en mi televisor, dándole de comer a mi pájaro.
¿Qué puedo decir? Ken y Coco han vivido felices desde entonces. Hace poco estuve de visita en su casa y sonó el teléfono. Coco contestó, habló un rato, riéndose de vez en cuando. Cuando colgó, Ken le preguntó «¿Quién era?». Coco sonrió: «Bah, un chico que conocí en el gimnasio».
—Mamá echó por tierra mi película favorita —le conté a Sally—. La canción de Bernadette. Entonces yo iba al colegio St. Joseph y aspiraba a hacerme monja, o preferiblemente llegar a ser una santa. Tú no tendrías más de tres años. Vi aquella película tres veces. Al final accedió a venir conmigo al cine. No paró de reírse en todo el rato. Dijo que la bella dama no era la Virgen María. «Es Dorothy Lamour, por amor de Dios». Durante semanas se burló de la Inmaculada Concepción. «Tráeme una taza de café, ¿te importa? No me puedo levantar. Soy la Inmaculada Concepción». O, hablando por teléfono con su amiga Alice Pomeroy, decía: «Hola, soy yo, la virgen de los sudores». O bien: «Hola, aquí la concepción exprés».
—Era ingeniosa, no lo negarás. Como cuando le daba cinco centavos a un pordiosero y decía: «Disculpe, joven, pero ¿cuáles son sus sueños y aspiraciones?». O cuando encontraba un taxista hosco y le decía: «Hoy parece usted bastante reflexivo y taciturno».
—No, incluso su sentido del humor era escalofriante. Las notas de suicidio que escribió a lo largo de los años, siempre dirigidas a mí, solían ser bromas. Cuando se cortó las venas, firmó «Mary la Sangrienta». Cuando se tomó pastillas, escribió que prefería no intentarlo con una soga porque era demasiado lío. La última carta que me mandó no era divertida. Decía que sabía que yo nunca la perdonaría. Que ella tampoco me perdonaba por haber destrozado mi vida. 
Lucia Berlin. Manual para mujeres de limpieza. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Alfaguara.

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