Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 23 de julio de 2016

Susan Sontag en En América

Dios también es actor.
Tras aparecer durante innumerables temporadas con un variado y anticuado vestuario, y animar muchas tragedias y unas pocas comedias; multiforme, aunque suele interpretar papeles masculinos, y siempre escultural, imperioso, últimamente (estamos en la segunda mitad del siglo XIX) ha sido objeto de algunas críticas adversas, aunque no en número suficiente todavía como para cerrar el espectáculo. Su nombre querido y familiar sigue espumeando en los labios de todos. Su participación aún concede a cualquier drama una importancia incuestionable.
El viento que se alza, las constelaciones pulsátiles, la tierra que gira, los seres humanos que engendran (¡pronto habrá más de ellos caminando sobre el suelo que yaciendo debajo!), la historia que se complica, gentes de piel oscura que gimen, gente pálida (los favoritos de Dios) que sueñan con conquistas y huidas. Deltas y estuarios de gente. El los orienta hacia el oeste, donde hay más espacio en espera de que lo llenen. Son las once de la mañana, hora de Europa. Dios no viste hoy las regias prendas ni el atuendo campesino que estila a menudo. Hoy Dios es el Jefe de Oficina, y lleva un traje de tres piezas, de estambre, camisa blanca almidonada, protectores de los puños, corbata de lazo y (también Dios quiere ser moderno) masca tabaco. Los tonos dominantes del decorado son el amarillo y el marrón: la rubia madera de Su sillón giratorio y la mesa inmensa; los lisos accesorios metálicos de la mesa, cuyos cajones están llenos a rebosar de papeles, el metal gastado y algo mellado de la lámpara con pie en forma de S, de la escupidera cercana. Con los codos sobre la mesa, en la que se amontonan rimeros de libros de contabilidad, Dios ha estado consultando informes sobre la población, boletines económicos, mediciones de fincas. Ahora hace una anotación en uno de los libros.
Historias que se fusionan. Obstáculos que se tambalean. Familias que se separan. Noticias que llegan. Dios, el Agente de Viajes ha despachado mensajeros a todas partes para proclamar la llamada de un Nuevo Mundo donde los pobres se hacen ricos y todo el mundo es igual ante la ley, donde las calles están pavimentadas con oro (esto dicho a los campesinos analfabetos) y la tierra se regala (lo mismo) o se vende barata (esto último dicho a los que saben leer). Los pueblos empiezan a quedarse vacíos, los más valientes o más desesperados parten primero. Hordas de hombres sin tierras se dirigen a la costa (Bremerhaven, Hamburgo, Amberes, Le Havre, Southampton, Liverpool), y se entregan para que carguen con ellos las bodegas de apestosos barcos. Desde las incrustaciones en la tierra que son las ciudades, yacentes bajo el dosel de la noche con sus luces encendidas, el aumento de las partidas es menos visible, aunque constante. Dios mira los horarios de embarque. Se agradece a Sí mismo que hayan quedado lejos los horrores de la travesía atlántica, cuando los barcos de esclavos cubrían su parte más larga, entre la costa africana y las Antillas: sólo van aquellos que realmente quieren ir. Además, y gracias también, cada vez es más seguro cruzar el Atlántico, aunque cinco de Sus fieles monjas franciscanas perecieron el año pasado, cuando el Deutschland, poco después de haber partido de Bremerhaven rumbo a Norteamérica, navegó frente a la traicionera costa de Kent. Y más rápido: con los nuevos vapores sólo se tarda ocho días. Por descontado, Dios aguarda con ilusión el día en que la gente pueda desplazarse a través de los océanos en mucho menos tiempo, y finalmente, e incluso con mayor rapidez, por el cielo. A Dios le gusta la velocidad tanto como a cualquier persona de piel pálida. Ahora todo se acelera, se mueve más rápido, lo cual tal vez sea bueno, dado que la población ha aumentado tanto.
Dios manifiesta que está impaciente, lo cual no significa que esté realmente impaciente. Está… actuando. (Pertenece a una clase de grandes actores, la de los que no sienten o intentan no sentir nada, mantenerse distantes, impasibles. En contraste con Maryna, que es sensible a todo y está muy nerviosa.) Pero la gente a la que Dios, el Primer Motor, está ahuyentando hacia nuevos destinos está impaciente de veras, impaciente por partir hacia lugares considerados como libres de estorbos heredados, lugares que no han de ser preservados sino que ellos mismos se ofrecen sin cesar para que los rehagan, para prescindir de las expectativas del pasado, para empezar de nuevo con una carga más liviana. Cuanto más rápido vayan, más ligera será su carga.
Y Dios instiga a todo esto, este anhelo de novedad, de vacío, de carencia de pasado, este sueño de transformar la vida en puro futuro. Tal vez no tenga alternativa, aunque, al actuar así, el Astro Dios firma su propia sentencia de muerte como actor, como el mayor de los astros. Ya no tendrá garantizado el papel principal en cualquier drama importante presenciado por el público más codiciado y educado. A partir de ahora, y en el mejor de los casos, tendrá papeles pequeños, excepto en rincones pintorescos cuyos habitantes no hayan visto jamás una obra teatral en la que Él no figure. Todo este desplazamiento del público de un lugar a otro significará el final de Su carrera.
¿Sabe esto Dios? Probablemente lo sepa, pero no por ello va a detenerse: forma parte de una compañía de actores.
Dios escupe.
Susan Sontag. En América. Traducción de Jordi Fibla. Debolsillo.

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