Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 1 de junio de 2016

El ángel Esmeralda. Don DeLillo

En uno de los relatos de El ángel Esmeralda, un personaje recuerda una frase dicha en clase de Filosofía: La existencia humana entera es un efecto óptico. DeLillo mete en sus relatos esos efectos ópticos que hacen replantearse la realidad a sus personajes, astronautas suspendidos sobre el planeta mientras captan viejos programas radiofónicos, monjas que atisban un pequeño milagro y un renacimiento en el cartel de una pared, mujeres que sienten que la percepción de sí misma termina donde empiezan los objetos que tiene en su mano, estudiantes de lógica que inventan vidas alternativas a los desconocidos con los que se cruza y sienten que es en esa indefinición donde está la idea del otro en sí misma (una especie de verdad), hombres y mujeres que atisban algo por el rabillo del ojo y arman una vida entera con lo apenas entrevisto, personajes que desaparecen mientras observan cuadros, miran la televisión o pasan los días de un cine al otro de la ciudad, la oscuridad ante una pantalla en blanco.

Los nueve relatos de El ángel Esmeralda están poblados por miedos y temores, distancias y espacios cerrados, conversaciones donde intentar subvertir la realidad. La primera parte empieza con una idea buñueliana, una pareja que no consigue tomar un avión para salir de una isla caribeña. Los personajes van y vuelven al aeropuerto, observan un paisaje del que no forman parte, dilatan el tiempo, hacen el amor, ven su vuelo cancelado o su nombre fuera de una lista de espera. Un día tras otro. Y la caída en la rutina en el edén. En Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial, un par de astronautas vigilan desde el espacio el planeta, observan el mundo con lejanía, reflexionan sobre la guerra y reciben emisiones radiofónicas del pasado, la distancia con la Tierra como una respuesta.


La vista es interminablemente satisfactoria. Es como la respuesta a toda una vida de preguntas y de anhelos vagos. Satisface todas y cada una de las curiosidades infantiles, todo deseo acallado, todo lo que tenga de científico, de poeta, de vidente primitivo, de observador del fuego y las estrellas fugaces, cualquier obsesión que le devore el lado nocturno de la mente, todo anhelo dulce y soñador que alguna vez haya experimentado por lugares remotos y sin nombre, todo sentido de la tierra que posea, el pulso neural de alguna percepción más silvestre, una identificación con los animales salvajes, toda creencia en una fuerza vital inmanente, el Señor de la Creación, toda idea de la unicidad humana que en secreto albergue, toda esperanza sin base real y candorosa, todo lo demasiado y lo no suficiente, todo a la vez y poco a poco, todo afán ardiente de eludir la responsabilidad y la rutina, escapar de su propia sobreespecialización, el yo circunscrito y en espiral hacia dentro, todos los restos de sus deseos juveniles de volar, sus sueños de espacios extraños e insólitas alturas, sus fantasías de muerte feliz, todas sus inclinaciones indolentes y sibaríticas —comedor de loto, fumador de hierbas diversas, ojos azules que admiran el espacio—, todo ello queda satisfecho, todo recopilado y acumulado en ese cuerpo vivo, la visión desde la ventana.


Los tres relatos de la segunda parte de El ángel Esmeralda hablan de algo externo apenas percibido, un coche irrumpiendo en un parque, los terremotos y temblores en Atenas, la cara de una niña muerte que aparece en un cartel publicitario. De los tres cuentos, el que da título a la colección es excepcional. Por la protagonista, una vieja monja con viejos hábitos, las calles abandonadas y ruinosas del Bronx, la búsqueda entre los coches herrumbrosos de una niña, su muerte y posterior aparición en un cartel. Sor Edgar como una mujer que siente el Bronx como su lugar a estar, a pesar de la vejez, las dudas y crisis que le asaltan, su rezo final.



Ella se sintió débil y perdida. Se preguntó: ahora que el Terror se ha hecho local, ¿cómo vivimos? Tras el desmantelamiento de la gran sombra arrojada: ya no un objeto lanzado al cielo con el nombre de una diosa griega en una crátera de campana del año 500 antes de Cristo. ¿Qué es el Terror ahora? Un ruido en la acera, muy cercano, un ladrón con un cuchillo de pelar o el tartamudeo de disparos al azar desde un coche en marcha. Alguien que se lleva a tu hijo. Antiguos miedos vueltos a invocar, me robarán al niño, se meterán en mi casa mientras duermo y me arrancarán el corazón porque se mantienen en diálogo con Satanás. Dejó que Gracie llevara a cuestas su dolor y su fatiga durante el resto de aquel día y del día siguiente y de las dos o tres semanas posteriores. Sor Edgar pensó que podía caer en crisis, empezar a ver el mundo como un despliegue de materia en blanco que por casualidad hacía un planeta esmeralda aquí y una estrella muerta allí, con residuos fortuitos entre uno y otra. La serenidad del designio inmenso estaba ausente de su sueño, forma y proporción, el poder que espanta y estremece. Cuando Gracie y la peña llevaban comida a los proyectos, sor Edgar esperaba en la camioneta, era la monja metida en una camioneta, incapaz de encontrarse con las personas que necesitaban una explicación por Esmeralda.


La tercera parte empieza con un flojo relato, una mujer en una galería de arte, ante cuadros de terroristas muertos (me recordó por momentos a Punto Omega), su encuentro con un desconocido. A partir de ahí, tres buenos relatos, Medianoche en Dostoievski, donde dos alumnos pasean en invierno fuera de su campus universitario, inventan vidas a los desconocidos y asisten a clase de lógica. Su enfrentamiento para signar la realidad, para defender la idea misma de aquello que vemos. La hoz y el martillo tiene un interesante punto de humor, un puñado de presos en una cárcel de mínima seguridad, sus delitos de blanqueo de dinero, sus tardes delante de un televisor donde dos niñas conducen un telediario económico en un programa infantil, las niñas que hablan de un mundo que se desmorona, la ruina del capitalismo. El último relato, La hambrienta, es un hombre que va de cine en cine de una parte de la ciudad a otra, que vive con su ex mujer, que es metódico y ve en la oscuridad de la sala una forma de desaparecer.



Repasó la cartelera y las horas de proyección y compró una entrada para la película que estaba a punto de empezar. Subió al segundo piso por la escalera mecánica y entró en la sala 3. Allí estaba ella, al final de una fila, cerca de la pantalla. Se sentó donde pudo, porque la sala estaba llena, y trató de pensar con ella, sentir lo que estaba sintiendo.
Siempre la sensación de anticiparse. Estar a la expectativa, invariablemente, fuera cual fuera el título, el argumento, el director, y ser capaz de eludir el espectro de la decepción. Nunca decepciones, nunca, ni para él ni para ella. Estaban aquí para verse envueltos, trascendidos. Algo pasaría volando junto a ellos, recogiéndolos al paso, llevándoselos.
Esa era la superficie inocente, el préstamo de la niñez. Había algo más, pero ¿qué era? Había algo en lo que no había tratado de penetrar hasta ahora, la clave de ser quien era y comprender por qué necesitaba esto. Lo percibió en ella, supo que estaba ahí, la misma media vida. No tenían otro yo. No tenían yo falso, no tenían matices. Solo podían ser la única cosa incrustada que eran, despojados de los rostros que a los demás les vienen automáticamente.
Iban a rostro desnudo, a alma desnuda, y quizá fuera por eso por lo que se hallaban aquí, para estar a salvo. El mundo estaba ahí arriba, enmarcado en la pantalla, montado y corregido y fuertemente atado, y ellos estaban aquí, en el lugar que les correspondía, en la oscuridad aislada, siendo lo que eran, estando a salvo.
Las películas ocurren en la oscuridad. Lo cual parecía una verdad oscura, recién descubierta ahora, por casualidad.


El ángel Esmeralda ha sido un buen reencuentro con DeLillo, una manera de seguir descubriendo su obra, la idea de los terrores absolutos que nos rodean y los efectos ópticos que nos engañan.







En Momentos humanos de la Tercera Guerra Mundial. Trato de no tener grandes pensamientos ni someterme a abstracciones estupendas. Pero a veces me viene el afán. La órbita terrestre suscita en el hombre un talante filosófico. ¿Cómo podemos evitarlo? Abarcamos el planeta entero, tenemos una panorámica privilegiada. En nuestros intentos por estar a la altura de la experiencia, tendemos a meditar importantemente en asuntos como la condición humana. Ello hace que el hombre se sienta universal, flotando por encima de los continentes, viendo el borde del mundo, una línea tan nítida como un arco de compás, sabiendo que es solo un giro de la curva hacia el crepúsculo atlántico, los penachos de sedimentos y los lechos de quelpo, una cadena de islas destellando en el mar negruzco.

***

En La acróbata de marfil. Edmund había dicho que la estatuilla era igual que ella. La consideró, tratando de extraer algún remoto parecido. Una chica en taparrabos y con muñequeras, colgada sobre los cuernos de un toro embistiendo. El acto, el propio salto, podía ser de vaudeville o de terror sacro. Había temas y secretos y saberes populares almacenados en aquella figura de un palmo escaso que Kyle no podía ni empezar a adivinar. Dio vuelta al objeto en la mano. Todos los paralelismos fáciles se desvanecieron. Ágil, joven, boyante, moderna; toros retumbantes y tierra temblando. No había nada que pudiera conectarla con la mente de dentro de la obra, un tallador de marfil de 1600 antes de Cristo, movido por fuerzas remotas a ella. Recordó el viejo Hermes terrenal, coronado de flores, mirándola desde un pasado cognoscible, algún teatro compartido del ser. Los minoicos estaban fuera de todo eso. Cintura estrecha, gallardía, otra mentalidad: todo ello perdido por valles del lenguaje y la magia, por Cosmologías oníricas. Este era el pequeño misterio de la estatuilla. Era una cosa en oposición, marcando los límites del yo. La apretó firmemente en el puño y creyó sentirla latir contra su piel con un pulso suave y periódico, un acto de la tierra.
Estaba inmóvil, con la cabeza ladeada, escuchando. Pasaban autobuses, haciendo que entraran humaredas de gasoil por las rendijas de la ventana. Miró a un rincón del despacho, concentrándose fuertemente. Escuchó y esperó.
Su percepción de sí misma terminaba donde empezaba la acróbata.

***

En El ángel Esmeralda. Las dos mujeres recorrieron con la mirada un paisaje de parcelas vacantes llenas de años de depósitos estratificados: la era de la basura doméstica, la era de los escombros de obras y de los chasis de coches saqueados; muchas edades distintas en capas de basura. En jerga policial, por broma, esta zona se denominaba el Pájaro, abreviatura de santuario del pájaro, término que en este caso se refería a un pliegue de tierra asentado al garete del orden social. Hierbajos y árboles crecían entre los objetos abandonados. Había jaurías de perros, se avistaban halcones y búhos. Trabajadores municipales acudían periódicamente a excavar el sitio, con las capuchas de sus monos de trabajo bien ajustadas bajo los cascos, y permanecían junto a las grandes máquinas de tierra, las excavadoras y topadoras de ruedas gigantes, como soldados de infantería apiñados en torno a tanques en marcha. Pero enseguida se iban, siempre se iban con los hoyos a medio hacer, dejando piezas del equipo por ahí tiradas, vasos de poliestireno, pizzas de salami. Las monjas miraban más allá de todo eso. Había redes de alimañas, cráteres atestados de accesorios de fontanería y tableros de yeso. Había cerros de neumáticos acuchillados entre los que crecían enredaderas exuberantes. Los disparos cantaban al ponerse el sol sobre las paredes bajas de los edificios demolidos. Las monjas, desde la camioneta, miraban. Allá lejos se alzaba una estructura solitaria, una casa de vecinos abandonada, uno de cuyos muros quedaba a la vista, por la parte en que antaño se adosara otro edificio. En ese muro era donde Ismael Muñoz y su equipo de grafiteros pintaban un ángel conmemorativo cada vez que en el vecindario moría una criatura. Ángeles azules y rosa cubrían aproximadamente la mitad del alto bloque. El nombre y la edad de cada niño iban inscritos en burbujas de cómic debajo de cada ángel, a veces con la causa de la muerte o algún comentario personal de la familia, y al acercarse la camioneta sor Edgar pudo ver anotaciones de TISIS, SIDA, palizas, disparos desde coches en marcha, trastornos sanguíneos, sarampión, desatención general o abandono al nacer: en un contenedor, en el coche por olvido, dentro de una bolsa de plástico en Nochebuena.

***

En Medianoche en Dostoievski. Tenía el pelo alborotado, la chaqueta polvorienta y sucia, a punto de estallarle las costuras del hombro. Se inclinó sobre la mesa, con la mandíbula apretada, con pinta de sueño.
—Si aislamos el pensamiento perdido, el pensamiento pasajero —dijo—, el pensamiento de origen indiscernible, entonces empezamos a comprender que estamos desquiciados por sistema, que la locura es cotidiana.
Nos encantó la idea de estar locos todos los días. Sonaba tan cierta, tan real.
—En lo más recóndito de nuestras cabezas —dijo él—, hay solamente caos y confusión. Si inventamos la lógica, fue para contrarrestar el yo de nuestra criatura. Afirmamos o negamos. Ponemos la N detrás de la M.
Lo más recóndito de nuestras cabezas, pensamos. ¿Ha dicho eso de verdad?
—Las únicas leyes que cuentan son las del pensamiento.
Se apoyaba con los puños en la mesa, blancos los nudillos.
—Todo lo demás es rendir culto al diablo —dijo.
Don DeLillo. El ángel esmeralda. Traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral.

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