Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 6 de junio de 2016

Diario de una vagabunda. Hayashi Fumiko

Dentro de sus anotaciones, Fumiko Hayashi menciona en más de una ocasión a Knut Hamsun, en especial su obra Hambre, aquella donde un escritor deambulaba por Christiania acuciado por el hambre, el desamor, sólo con un puñado de papeles y un lápiz y las emociones al límite. Algo así hay en este Diario de una vagabunda, una escritora en el Japón de los años veinte, sus poemas y cuentos, sus años errantes, los amores pasajeros o crueles, las emociones también cerca del abismo, la sensación de deriva y derrota, de perder algo entre los dedos de la mano, de no pertenecer a ningún sitio más allá que al lugar donde se encuentre la madre, el viaje como opción de vida, a pesar de los empleos precarios, de las habitaciones herrumbrosas, de la falta de estabilidad, errar por ciudades y pueblos y, en ese errar, el atisbo de una verdad.

La editorial Satori ha editado el diario original de Hayashi, sin los retoques que años después hizo la escritora. Diario de una vagabunda gana con esta decisión, está una escritura concisa, reflexiva y precisa, están los hechos desnudos y sin adornos, está el cansancio del final de la jornada que hacía a Fumiko Hayashi escribir lo justo y necesario. Hayashi habla de su vagabundeo, de los encuentros y despedidas de su madre, las habitaciones y los amantes dejados atrás, los trabajos ambulantes o en cabarés, los deseos de una vida mejor, la pasión por la lectura. Y todo ello intercalado con poemas y cuentos que la escritora escribe a lo largo de los años.

Hayashi habla de su madre como tierra a la que volver. En el inicio, Hayashi recuerda su niñez, la madre que abandona al padre para emparejarse con otro hombre, Hayashi que los sigue, su trabajo en una carreta como vendedora ambulante la introducción de su vagabundeo. A partir de ahí, la vida en Tokio primero con la madre y luego sola, el deambular por Japón, las ausencias de un hogar, una pareja, amistades, la escritura como un grito y la literatura como refugio (Hamsun, Chéjov), los billetes arrugados bajo la ropa o las mantas, las preguntas sobre procedencia y destino. Hayashi expone sus ideas y pensamientos y gestos diarios y lo hace sin aspavientos, con una desnudez que más allá de ser austera es cercana y atinada.

En el errar de Hayashi hay momentos de regreso a la tierra, a la madre. Hayashi descansa en los viajes, se siente suspendida en el espacio y tiempo, se reencuentra con la madre, unos momentos de luz y tristeza, la madre que vive sola, sin su marido, tan errante como Hayashi. Son en esos instantes donde siente que no hay un regreso exacto, donde no hay un hogar que represente un pasado, que su anclaje y su punto de partida es la madre y no un espacio inerte.

Diario de una vagabunda muestra un Japón donde conviven las tradiciones y la pobreza y la política, de fondo, parece caótica y a punto de revolucionarse. Hayashi habla de los cabarés y los empleos en fábricas, de los amores que pasan pero cuyo recuerdo duele, de pequeños momentos de felicidad y de una madre que es tierra natal, de su desapego hacia los otros y, a la vez, su búsqueda de un hogar, tanto físico como espiritual. Lo mejor de este libro es su escritura a trazos, su desnudez y su falta de decoración.









Durante un rato me detuve en la estación Mishuku como si fuera a tomar el tren. Tenía hambre y me sentía mareada.
—¡Oye! Llevas ahí mucho tiempo. ¿Tienes alguna preocupación?
Dos ancianas tenían la mirada clavada en mí desde hacía un rato. Se acercaron con demasiada familiaridad y cuatro pupilas barrieron mi cuerpo de arriba abajo.
Yo reía y me sacudía las lágrimas mientras ellas me conducían. Cuando las amables señoras comenzaron a caminar, me hablaron de la escuela Tenrikyō y de la fuerza de la fe: que si alguien que tenía las piernas deformes pudo caminar, que si alguien agobiado por las penas empezó a sentir la alegría de la vida como hijo de Dios…

La sede de Tenrikyō estaba junto al arroyo. El jardín había sido regado y daba una impresión de frescura. El follaje verde de los arces se desparramaba fuera del muro.
Cuando las dos ancianas se postraron ante el altar, extendieron ambas manos e iniciaron una extraña danza.

—¿De dónde es usted?
Un hombre de edad madura vestido con quimono blanco observó mi imagen miserable mientras me ofrecía té y panecillo anpan.
—No hay ningún sitio en particular al que pueda llamar mi pueblo, pero mi registro dice Higashi Sakurajima, prefectura de Kagoshima.
—Umm, bastante lejos…
Como no aguantaba más, tomé el anpan, que parecía apetitoso; al darle un mordisco, noté que estaba bastante duro. Las migajas cayeron sobre mi regazo.
No hay nada.
No es necesario pensar en nada.

***

Boo, boo, silba la máquina de vapor como si meciera el fondo del estómago. Algunos pequeños remolinos se remansan en el color plomizo y uno a uno desaparecen allende el mar. El viento helado de diciembre sopla hacia mí gimiendo y hace que el cabello de mis sienes de mi peinado ichōgaeshi, alborotado, se quede pegado a mis mejillas.
Meto ambas manos dentro de la apertura de las axilas de mi quimono y, al oprimir tranquilamente mis senos, el tacto de mis pezones fríos incita algunas lágrimas dulces sin razón aparente.
¡Ah! ¡Todo me ha derrotado!
Estoy lejos de Tokio y, mientras voy navegando sobre el mar azul, los rostros de los hombres y las mujeres con quienes de alguna manera me he relacionado, asoman uno a uno entre las nubes blancas.

***

Debido a que mi pueblo viaja errante, no era particularmente necesario regresar triunfante, pero no sé por qué me colmó una sensación de melancolía.
Volví al camarote de tercera clase, oscuro como un sótano, y me senté sobre mi manta. Sobre la mesita de laca desconchada reposaban unas algas hijiki cocidas y una sopa de miso insípidas.
Bajo la media luz de las lámparas me metí entre la multitud de actores itinerantes, los peregrinos y las mujeres de los pescadores que llevaban a sus niños. Yo también sentí algo así como la nostalgia de los viajes.
Como iba peinada al estilo ichōgaeshi alguna anciana me preguntó:
―¿De dónde viene?
Y algún hombre joven indagó:
—¿Hacia dónde va?
Una madre joven que dormía junto a su niño pequeño de unos dos años cantaba en voz baja una canción de cuna que yo ya había oído antaño en mi pueblo errante.

Duerme, niño,
duérmete.
Mañana levántate temprano.
El viento de la costa es frío,
Duérmete temprano…

Sí, en efecto, viajar es maravilloso. En vez de perder el ánimo en un rincón de esa ciudad sucia, sentirme así tan renovada, poder respirar libremente y sin preocupaciones. A pesar de todo, vivir es algo bueno.

***

Me enamoré de Buda.
Si besos sus labios ligeramente helados,
¡oh!, mi corazón se entumece, no lo merezco.

Todo lo de usted
es inmerecido.
Mi sangre suave
fluye contracorriente.

Estaba endiabladamente tranquilo;
esa virilidad
sedujo por completo mi alma.

¡Buda!
¡usted es demasiado frío!
Mi corazón
lleno de agujeros como un panal de abejas…
Buda,
la capacidad de usted no es solo hacer que yo comprenda,
Namu Amidabutsu,
la transitoriedad del mundo,
sino que con su masculinidad
descienda y zambúllase
en mi corazón que es como una llama.

El cuello de esta mujer
impura por lo mundano,
descienda y abráceme con tal fuerza que muera asfixiada,
Buda,
¡el del Namu Amidabutsu!
Hayashi Fumiko. Diario de una vagabunda. Traducción de Virginia Meza. Satori.

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