Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 17 de mayo de 2016

El árbol. John Fowles

Una reflexión sobre la naturaleza, el mundo interior y exterior, lo humano y lo ultrahumano, la creación y el arte, la reivindicación de lo salvaje y el hombre verde frente a la mirada antropocéntrica del ser humano o los jardines simétricamente organizados, el recuerdo de la simbología medieval del bosque como un lugar peligroso y maléfico. Y, también, el repaso de la infancia y las primeras confrontaciones con el padre, los días en el campo durante la Segunda Guerra Mundial y asistir a otro mundo distinto al de las ciudades y pueblos urbanos, la naturaleza como modelo a imitar para la escritura.

John Fowles aúna ensayo y memoria en El Árbol, las primeras páginas dedicadas a su infancia cerca de Londres, los manzanos en el jardín de su padre, la pulcritud de una naturaleza artificial, el descubrimiento de Fowles de bosques y campos donde la naturaleza crece salvaje y libre y ahí, en ese salvajismo, un microcosmos de bosques y animales con sus propias reglas, una vida que crece de forma diferente, sin poda (y la dificultad de los frutos sin podar, los árboles ajenos a la causa humana), una naturaleza libre que lo separa de la mirada ordenada del padre.


En secreto, anhelaba cada vez más todo aquello de lo que carecía nuestro entorno: el espacio abierto, lo salvaje, las colinas, los bosques… Creo que principalmente echaba de menos los árboles «reales» del bosque. Con una o dos excepciones (las marismas de Essex, la tundra ártica) siempre he odiado la visión de un campo llano y sin árboles extendiéndose ante mí. Semejantes espacios parecen dominados por el paso del tiempo, que va marcando su pauta de forma implacable, como un reloj. Pero los árboles distorsionan el tiempo o, más bien, lo que hacen es crear una variedad de tiempos: aquí denso y abrupto, allí calmado y sinuoso. Nunca lento y pesado, nunca mecánico ni ineludiblemente monótono.


Fowles se lamenta de la mirada antropocéntrica del hombre, de la falta de comunión entre la mirada interior y la exterior, de los límites férreos y la querencia por ordenar el caos, de parcelar y cosificar aquello que nos rodea, nuestra necesidad de nombrarlo (y, por tanto, poseerlo) y cómo nos apartamos de una mirada abarcadora, una especie de miedo al vacío, incapaces de ver el conjunto.


En un bosque, la «frontera» visual real que simboliza un árbol cualquiera suele ser imposible de distinguir, al menos en verano. Nos sentimos (o creemos que nos sentimos) más próximos a la «esencia» de un árbol (o a la de su especie) cuando nos encontramos con un árbol aislado, como nosotros. Pero la evolución no ha querido que los árboles crezcan de manera individual. Resulta que son criaturas mucho más sociables que nosotros, y un ejemplar aislado no es más natural de lo que sería un marinero varado o un ermitaño. Su asociación crea o apoya a su vez la asociación de otros grupos de plantas, insectos, aves, mamíferos, microorganismos… Seres, todos ellos, que podemos volver a seleccionar para ejercer sobre ellos una nueva labor de aislamiento y parcelación, pero que seguirán manteniendo una misma entidad ideal, o la experiencia entera, de lo que significa el conjunto de un bosque. De hecho, es así como siguen concibiéndolos la totalidad de los grupos indígenas, y fue así como los contemplaron las sociedades primitivas.


Como Thoreau, Fowles busca en los bosques, en la naturaleza más alejada de las urbes, una forma de libertad y descubrimiento. En El árbol, Fowles recuerda los pasados adjetivos que se asociaban a los bosques, maléfico, aventurero, misterioso, el bosque como un lugar donde vive una fuerza oculta, un mal que combatir, un lugar hostil, el presente donde hay que categorizarlo todo, perdiendo una cierta observación solitaria y silenciosa. El árbol termina con una caminata de Fowles por el bosque de Wistman, la experiencia personal de Fowles ante un paraje extraño, el silencio y los sentidos propios.

 
Todo esto, esta ausencia de nombre, se produce independientemente de toda nuestra ciencia y de todas nuestras manifestaciones artísticas, ya que su secreto consiste en ser, no en decir. Para nosotros, esta realidad resulta inmensamente valiosa dado que no se puede reproducir, y su existencia solo puede ser aprehendida por otro ser que se encuentre presente ante ella, a través de sus propios sentidos y de su propia conciencia. Cualquier otra experiencia de la misma que se celebre por medio de un duplicado o una réplica, por medio de una imagen concreta, de una palabra «ajardinada». A través de otros ojos y de otra mente, la traiciona. La elimina. Y es aquí donde se encuentra el consuelo de la naturaleza, su mensaje, que se extiende más allá del estricto universo particular del bosque de Wistman. Únicamente de una manera personal, de una manera directa, podemos llegar a conocer la realidad natural, en su propio presente. Nadie puede comprenderla a través de otro. Ni siquiera parcelándola. Solo se puede llegar a través de uno mismo.


El árbol es un hermoso ensayo, una defensa de lo salvaje y del caos ante el orden, de la eliminación de límites y fronteras.
John Fowles. El árbol. Traducción de Pilar Adón. Impedimenta.

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