Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 14 de abril de 2016

El demonio. Hubert Selby Jr.

El demonio como el camino hacia la destrucción de un hombre de éxito, una gran promesa del mundo de los negocios que, dentro de sí, guarda una parte sórdida y cruel que necesita ser alimentada a través de un juego donde humilla a mujeres casadas primero, luego roba de noche en oficinas vacías y termina con la planificación y ejecución de un puñado de asesinatos, un juego que le excita, le hace sentir invulnerable, una especie de semidios capaz de destruir o salvar a aquellos que tiene delante, su única manera de sentir placer o un atisbo de emoción y su lucha contra el monstruo que lo domina.

Harry es un muchacho prometedor, inteligente y enérgico que vive con sus padres, trabaja en una gran empresa y tiene una sonrisa y una amabilidad que cautivan. Harry busca mujeres casadas a las que llevar a la cama, un juego que le hace sentir la excitación de ser descubierto por el marido, de inventarse otra personalidad, la posibilidad de ser cruel. El inicio de El demonio es una sucesión de conquistas fugaces de Harry, mujeres casadas que encuentra en bares o en terrenos de juego, que se sientan en los parques en la hora del almuerzo y a las que seduce y engaña, la satisfacción de una conquista y un polvo y la mujer como objeto.

Selby crea una novela cruel y obsesiva. Porque en Harry hay una obsesión que no lo deja vivir en calma, que le impide llevar una vida real. Se enamora, forma una familia, asciende en el trabajo, pero ahí, dentro de él, la obsesión que lo lleva a dejar a las mujeres casadas por borrachas y drogadictas en un cuchitril y la mentira propia de pensar que es la última vez, siempre la última vez. Selby habla del infierno personal, de una parte demoniaca dentro que asfixia y destruye, que disfruta con el engaño y la degradación, el camino al borde del abismo y la atracción del vértigo. Harry necesita ensuciarse y degradarse, dejarse llevar por su juego y su obsesión, para poder llevar una vida en apariencia normal. Sólo cuando siente colmada su obsesión es capaz de un tiempo de paz.

Hay un momento donde Selby da una vuelta de tuerca a la vida de Harry. El inicio de El demonio es la búsqueda de sexo fácil con mujeres casadas y la llegada del matrimonio, entonces, la escritura de Selby va de algo cercano a la novela rosa a la violencia cortante y directa en los momentos donde Harry pierde contra su obsesión, de las frases largas y plácidas a las cortas y con estallidos de violencia. Dos tercios de la novela es una sucesión de escenas de cama, ascensión en los negocios y el amor que vive Harry. El último tercio es Harry que se acerca poco a poco a la locura, destruido por su obsesión, por su forma de sentir placer, su búsqueda de una excitación última y violenta que le nutra. Selby, entonces, se centra en la caída de Harry, en su pérdida de cordura, en cómo su juego de acostarse con mujeres casadas, Harry como depredador, lo lleva a querer sentir algo más fuerte, del sexo a la muerte, de un polvo rápido a la necesidad de traspasar cualquier moral y degradarse hasta convertirse en un despojo. La lucha de Harry contra su obsesión, los momentos donde siente el demonio dentro de sus entrañas, algo que no ajusta dentro de sí, que lo aparta de la vida.

El demonio, mi primer acercamiento a Selby, es una montaña rusa. Momentos anodinos que se mezclan con otros intensos, capítulos febriles que dan paso a otros aburridos, un sube y baja constante, una novela descarnada y cruel, una lucha contra nuestra sombra.







Harrry regresó pronto a la oficina sabiendo que ya no tendría que volver a comprobar si ella estaba junto al lago esperándole. Allí seguiría, durante mucho tiempo. Y quién sabe, puede que algún día incluso volviera a acercarse a ella. Sí… la próxima vez que le apeteciera un bocado rápido, jua jua jua. Era una buena jaca, al menos cuando estaba hambrienta. Hambrienta de la hostia, muriéndose de hambre. Pero tiene un apetito insaciable. Y no de rabo precisamente. Amor. Sí, eso es lo que quiere. Un poco de amor y de cariño y de comprensión. Seguro que podría ser una excelente esposa… pero no la mía. Eso sería la perdición. Sí, quizá disfrutáramos de unas cuantas sesiones más de delicioso intercambio alimenticio, pero luego siempre pasa lo que pasa. Porque en cuanto ella aplacara su hambre, en cuanto hubiera comido en condiciones unas cuantas veces, seguramente cambiaría.
En cualquier caso, aquel era el final de la pequeña película. Había estado bien, sí, mientras duró. Menos mal que no se había puesto demasiado sensiblera. Un pedazo de buena jaca, sí señor. Apuesto a que es la primera vez que le pone los cuernos al marido. Me pregunto qué pensará él cuando esta noche su mujer llegue a casa radiante, supurando dicha por los ojos y por cada poro de la piel. Ni se dará cuenta, probablemente. Debe de ser medio gilipollas. Tal vez ella tenga razón y no sea más que un perfecto imbécil. Pero no te quepa la menor duda de que su irradiación de dicha se habrá desvanecido en un par de semanas. Pobre zorra. Casi me da pena. Seguramente me pondrá a parir… Pero algún día me lo agradecerá. En el peor de los casos, ahora sabe que no tiene por qué quedarse en casa esperando a su marido. Ahora ya sabe que también ella puede salir por ahí de picos pardos alguna noche, jua jua jua… Sí, probablemente le he ahorrado un montón de tiempo y de problemas. A saber cuánto habría tardado en dase cuenta de que también ella puede echar una canita al aire.

***

Pero el hombre interior sabía que cuando se prescinde de lo que hasta un determinado momento ha nutrido una vida, hay que reemplazarlo por alguna otra cosa de valor. Y esa otra cosa de valor se estaba gestando en su interior, como un feto en la oscura seguridad del útero. Y Harry lo alimentó despacio. Sin forzar las cosas, dejando que se le pusieran los dientes largos con las pequeñas pistas que le iban siendo dadas con el fin de que adivinase hacia dónde se encaminaba. Lo que le estaba cambiando la vida permaneció innominado durante muchísimas semanas, y a medida que Harry fue dejándose llevar por aquel sentimiento interno, cada vez se retraía más y cada vez aparentaba mayor serenidad. En su rostro había una permanente sonrisa y resultaba visible el aura de su brillo interior, como si estuviera en posesión de un secreto al que nadie más tenía acceso.
Y también estaba la excitación. Una excitación que crecía sin cesar a la par que el feto. Una increíble excitación debida a la aprensión y al hecho de imaginarse lo que iba a ocurrir, una excitación distinta a cualquier otra cosa que él hubiera experimentado o imaginado jamás, una excitación indefinible que había que probar. Aún era incapaz de definir con plena consciencia y exactitud qué iba a pasar, pero sus entrañas lo sabían bien. Y cada día que pasaba, también él estaba más cerca de saberlo. Y cuanto mayor era la cercanía, más intensa se hacía la excitación.
Cuando finalmente se dio cuenta de lo que haría, le sorprendió que le hubiese llevado tanto tiempo cobrar consciencia de ello. Parecía todo tan lógico y sencillo. Y tan obvio. Y la toma de conciencia trajo consigo una nueva oleada de excitación, una abrumadora emoción. Si se hubiese sentido tan relajado, tan libre y pleno, sabiendo solamente que algo iba a ocurrir, aunque ignoraba qué, cuál no sería su excitación ahora, ahora que no sólo sabía que iba a matar a alguien sino que iba a planear y sopesar todas y cada una de las acciones relacionadas con el antes, el durante y el después de ese suceso. El más ligero pensamiento sobre la situación lo dejaba prácticamente paralizado de excitación. Dios, qué placer. Qué exquisito placer. Y podía volver a aquel pensamiento siempre que quisiera. Siempre que la tirantez empezara a interferir en su trabajo, siempre que le atacara aquella maldita ansiedad, podía parar, así de sencillo, parar y pensar cómo iba a matar a alguien. No hacía falta ir a ningún sitio ni hacer nada, tan sólo permanecer donde estuviera en aquel preciso momento y recrearse con la contemplación de la ejecución, con eso bastaba para sentir no sólo la excitación inmediata, sino también un instantáneo alivio al reconcomio que lo había estado poseyendo. Así de sencillo. Donde estuviera. En vez de coger un taxi a Grand Central, cogía el metro y comprobaba la eficacia de esta nueva solución. En el vagón dejaba que le empujaran como a los demás y que le apretujaran contra la puerta, o se agarraba a una correa, constreñido por los cuerpos que le rodeaban, y en lo único que pensaba era en lo que un día iba a hacer. Entonces se olvidaba de lo que había a su alrededor. Lo único que sentía era paz interior y poder. Un descomunal poder. Un poder irrefrenable. Un poder que le hacía vulnerable a los latigazos que le habían estado vejando.
Y junto con esta nueva consciencia llegó el placer de tomárselo como un juego. Al menos de momento. Algún día el asesinato tendría que hacerse realidad, pero de momento la mera contemplación del suceso lo exaltaba. Esa era una de las grandes ventajas de semejante experiencia. Podía posponer casi indefinidamente la acción, y eso hacía que la excitación aumentara. Nutrir, mimar y acariciar la expectación. Eso es lo que había que hacer. Y eso es lo que iba a hacer: tentarse a sí mismo durante tanto tiempo como fuese posible. Algún día ese acto formaría parte de la historia, pero por ahora se limitaría a imaginarlo. Podía crear su propio suspense. ¡Y controlarlo!
Hubert Selby Jr. El demonio. Traducción de Juan Miguel López Merino. Huacanamo.

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