Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 15 de marzo de 2016

notas sobre Todo se derrumba. Chinua Achebe

Una región de nueve aldeas. Un guerrero fuerte y decidido. Los dioses que acompañan a cada persona, las palabras de los oráculos y la Tierra una diosa a la que cuidar y santificar, las noches oscuras donde sólo está el sonido de los insectos y el mundo parece terminar y las noches de luna y su luz que anima la vida de la comunidad, la llegada de las langostas y niños embrujados que vuelven una y otra vez al vientre materno, el bosque del Mal donde abandonar bebés gemelos y malos hombres y los ritos que resucitan las voces de los viejos espíritus y las luces de las luciérnagas, la vida que transcurre entre la siembra y la recolección, entre la lluvia y la sequía, entre las ceremonias religiosas a docenas de dioses, esa vida, ese tiempo, cambiados por la llegada del hombre blanco con su religión y su justicia y su visión única y un mundo que muere poco a poco.

Todo se derrumba oscila entre el intimismo de una vieja leyenda con fantasmas y espíritus, el relato antropológico y un destino que se adivina fatal y del que es imposible escabullirse. Okonkwo es el mayor guerrero de las nueve aldeas, ansía el poder y deshacerse de la imagen de su padre, al que cree perezoso y fracasado, es enérgico y, en él, se guardan las tradiciones ancestrales, vive con sus tres esposas e hijos, espera que alguno le suceda y llegar a poseer los cuatro títulos, el mayor honor del poblado. Okonkwo no demuestra debilidad ni simpatía, es una presencia absoluta en su familia y en la aldea. Y es a través de él, de su búsqueda de poder, que somos testigos de la vida y las costumbres de su aldea.

Chinua Achebe cruza la vida de Okonkwo con los ritos y ceremonias del clan. Por momentos, Todo se derrumba es una fotografía de un instante en la vida de la aldea, cuando aún se conservan las tradiciones. Achebe nos habla de los nueve espíritus que imparten justicia, del bosque del Mal donde abandonar todo aquello que parezca maléfico y pueda dañar a la comunidad, del Oráculo que habla a través de una sacerdotisa y avisa sobre el futuro y qué hacer para sobrevivir, de la semana de la Paz y las diferentes caras de la muerte, de los niños que regresan al vientre materno, de las noches oscuras que esconden temores y horrores desconocidos y los rituales a la diosa Tierra. Achebe nos acerca una vida desconocida y fuera del tiempo.

Okonkwo es desterrado siete años por matar sin querer a un muchacho del clan (una muerte femenina según la creencia). La muerte no como venganza sino como compensación. En esos siete años, ve en la distancia cómo la vida de su aldea cambia poco a poco. Primero las noticias de un hombre blanco y su caballo de hierro. Luego, los misioneros que hablan de un dios único y que construyen iglesias y traen una nueva justicia. A su regreso, Okonkwo no volverá a su aldea tal como la dejó, sino a un momento donde todas las creencias, ceremonias y ritos del clan son puestos en duda. Achebe muestra la visión enfrentada entre las creencias del extranjero y las que son propias de la aldea, cómo el hombre europeo arraiga en la tierra de Okonkwo primero con palabras y luego con la fuerza, sin querer conocer la forma de vida de los clanes más que para escribir un libro pintoresco sobre África y sus tribus.







Okonkwo acababa de apagar la lámpara de aceite de palma y de estirarse en la cama de bambú cuando oyó el ogene del pregonero que penetraba el aire de la noche. Gome, gome, gome, gome, tronaba el metal hueco. Después el pregonero dijo su mensaje y, al final, volvió a golpear su instrumento. Y el mensaje era éste. Se pedía a todos los hombres de Umuofia que mañana por la mañana se reunieran en la plaza del mercado. Okonkwo se preguntó qué pasaría, pues desde luego estaba seguro de que algo andaba mal. Había percibido un claro tono de tragedia en la voz del pregonero, e incluso ahora lo seguía oyendo mientras se iba apagando lentamente en la distancia.
La noche era muy tranquila. Siempre eran tranquilas, salvo cuando había luna. La oscuridad significaba un vago terror para aquella gente, incluso para los más valientes. A los niños se les advertía que no silbaran de noche, por miedo a los malos espíritus. Los animales peligrosos se hacían todavía más siniestros e impredecibles en la oscuridad. De noche nunca se mencionaba a la serpiente por su nombre, porque lo oiría. Se hablaba de una cuerda. De manera que aquella noche concreta, a medida que la voz del pregonero se iba quedando gradualmente absorbida por la distancia, volvió a reinar en el mundo el silencio, un silencio vibrante intensificado por el chirrido universal de un millón de millones de insectos de la selva.
Las noches de luna todo era diferente. Entonces se oían las voces alegres de los niños que jugaban en los campos abiertos. Y quizá las de quienes no eran tan jóvenes, que jugaban en parejas en lugares menos abiertos, y los ancianos y las ancianas recordaban su juventud. Como dicen los ibos: «Cuando brilla la luna a los cojos les entran ganas de salir a dar un paseo».

***

—Si dejamos a nuestros dioses y seguimos a tu dios —preguntó otro hombre—, ¿quién nos va a proteger contra la ira de nuestros dioses y nuestros antepasados abandonados?
—Vuestros dioses no viven y no os pueden hacer ningún daño —replicó el hombre blanco—. Son pedazos de madera y de piedra.
Cuando se interpretaron esas palabras a los hombres de Mbanta, éstos rompieron a reír burlones. Aquellos hombres tenían que estar locos, se dijeron los unos a los otros. Si no, ¿cómo podían decir que Ani y Amadiora eran inofensivos? ¿Y también Idemili y Ogwugwu? Y algunos de ellos empezaron a marcharse.
Entonces los misioneros empezaron a cantar. Era uno de aquellos aires alegres y animados del evangelismo que tenían la facultad de recordar emociones silenciosas y polvorientas en el corazón de los ibos. El intérprete explicaba cada nueva estrofa a los asistentes, algunos de los cuales se sentían fascinados ahora. Era una historia de hermanos que vivían en las tinieblas y el temor, ignorantes del amor de Dios. Hablaba de una oveja que se había perdido en el monte, lejos de las puertas de Dios y de las tiernas atenciones del pastor.
Después de la canción el intérprete habló del Hijo de Dios, que se llamaba Jesu Kristi. Okonkwo, que se había quedado únicamente porque esperaba que se diera la ocasión de echar a aquellos hombres del pueblo o de darles una paliza, dijo entonces:
—Nos habéis dicho por vuestra propia boca que no había más que un dios. Ahora habláis de su hijo. Entonces debe tener una esposa —la multitud asintió.
—Yo no he dicho que tuviera una esposa —dijo el intérprete, con una cierta timidez.
—Tu culo dijo que tenía un hijo —dijo el bromista—. Entonces tiene que tener una mujer, y todos ellos deben tener culos.
El misionero no le hizo caso y siguió hablando de la Santísima Trinidad. Al final de todo aquello, Okonkwo quedó convencido de que aquel hombre estaba loco. Se encogió de hombros y se marchó a extraer su vino de palma para aquella tarde.
Chinua Achebe. Todo se derrumba. Traducción de Fernando Santos. Alfaguara

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