Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 28 de marzo de 2016

Izet Sarajlić en Sarajevo

El cementerio judío

A Abdulah Sidran

Los golpes más mortales
en dirección de Marindvor
llegan del cementerio judío.

El mercenario de Milošević no sabe
ni siquiera quién es Isak Samokovlija
y sobre su tumba ha colocado una ametralladora.
Tampoco sabe quién es aquel que acaba de caer
golpeado por sus proyectiles.

Él, simplemente, por cada habitante de la ciudad asesinado,
ya sea un médico de un puesto de socorro
o un conductor de autobús,
recibe cien marcos alemanes.



Adiós a Željko Marjanović

Morimos.

Morimos terriblemente rápido
y terriblemente mal
en esta ciudad
al final del siglo,
al final del amor.

Los jóvenes al menos
son asesinados,
que es un altísimo privilegio
en toda guerra,
pero cuando repasamos la forma en la que mueren los viejos
―en las novelas de John Galsworthy―
la muerte de los viejos
en la Sarajevo en guerra es terrible.

Morimos
en hospitales gélidos
en pasillos por los cuales
corre la sangre de nuestros conciudadanos masacrados,
en las cocinas ajenas y en habitaciones sin ventanas,
humillados y exhaustos,
muchos en soledad,
lejos de aquellos a quienes aman.

Los Don Juanes de otro tiempo
que no habrían salido a la calle sin corbata
ni siquiera para abrir el buzón
(cómo se habrían sentido si en el ascensor se hubieran encontrado
con la hermosa señora del noveno izquierda),
mueren con las manos sucias,
las uñas sin curarse,
las camisas rotas,
los abrigos llenos de quemaduras de cigarros,
recordando el último vaso de champagne
bebido en la vigilia del nuevo año de 1992.

Juraj Marek se ha ahorcado.

Después de enterrar a Vera,
Željko había pensado hacer lo mismo
pero ha renunciado
para no inquietar a los vecinos.

Entre otras cosas,
dos suicidios en la misma casa,
en el mismo edificio,
también habría sido demasiado para una Sarajevo como esta.

Paseaba como un vagabundo Suljo
después de la muerte de Nina,
cada amanecer buscando su granada,
pero las granadas preferían
las escuelas y los jardines de infancia.
Llorando vendía de vez en cuando algún anillo de Vera
o un abrigo de piel
para comprar una botella de grappa pobre.
Y después, aplazada la muerte,
regresaba
a su casa desierta
llena de recuerdos
con su angina de pecho de antes de la guerra
y pensaba tan solo en dos cosas:
el momento en el que habría abrazado de nuevo a sus hijos y a sus nietos,
y el reencuentro con Vera.

Uno de los dos deseos se ha realizado finalmente.
El segundo.

Es cierto que no ha sido como aquella vez,
en la época de Omladinska Rijeć
cuando se encontraban en casa de Kopelman,
hoy puede visitarse a Kopelman en el cementerio
de San Giuseppe.

Pero lo que importa es que están de nuevo juntos.

Importa que él no deba ya salir
a buscar su granada.

Y a vender los anillos de Vera.



Hermanas

Las de Esenin
se llamaban Shura y Katia.

Las de Majakowskij,
Ludmilla y Olia.

Las mías,
Nina y Raza.

Todas han muerto.

Raza y Nina
con sólo cincuenta días de distancia.

Han muerto
o a decir verdad
han sido asesinadas por la necesidad.

Ahora debo buscar en cualquier parte
una nueva hermana,
porque yo no puedo
vivir sin ser hermano.



A los amigos de la ex Yugoslavia

¿Qué nos ha sucedido a todos, amigos?
No sé qué hacéis ahora.
Qué escribís.
Con quién bebéis.
Qué libros leéis.
No sé siquiera
si somos todavía amigos.



Teoría de la distancia

La teoría de la distancia la han inventado los estrictos,
aquellos que no quieren arriesgar en nada.

Yo pertenezco a aquellos
que creen que del lunes
se debe hablar el lunes;
es probable que el martes sea demasiado tarde.

Obviamente es difícil estando en la cantina,
mientras caen los proyectiles,
escribir poesía.

La única cosa más difícil es no escribir.



V.P.

Quisiera ser de nuevo soldado en Bileća
y esperarte en la estación,
beber contigo un café en la pastelería “da Bela”,
cogerte de la mano junto a la fuente de la Trebinsjica
y recibir tus cartas.

Para que este poema fuera feliz
bastaría sólo con poder mirarte
bajo el cuadro de nuestra Popovaca
mientras que la enfermera del puesto de socorro
te toma la tensión y te clava una aguja.

Pero quizás,
quizás te has muerto
para evitarle la vejez a los poemas
dedicados a ti.

Como si yo o mis poemas
hubiéramos podido amarte menos dentro de diez años.



Una calle para mi nombre

Paseo por la ciudad de nuestra juventud
y busco una calle para mi nombre.
Las calles grandes, ruidosas, se las dejo a los grandes de la historia.
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?
Simplemente te amaba.
Busco una calle pequeña, simple, cotidiana,
a través de la cual, sin llamar la atención de nadie,
podamos pasear incluso después de la muerte.

No es importante que tenga un paisaje hermoso,
tampoco que haya pájaros.
Lo importante es que en ella puedan tener refugio
cualquier hombre o perro en peligro.
Sería hermoso que estuviera empedrada,
pero tampoco esto es imprescindible.
Lo más importante es que
en la calle que lleve mi nombre
no le suceda nunca a nadie una desgracia.
Izet Sarajlić. Sarajevo. Traducción de Fernando Valverde. Valparaíso ediciones.

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