Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 4 de enero de 2016

Vuelo nocturno. Antoine de Saint-Exupéry



La noche cerrada, una tormenta, un avión sobre la Patagonia y las manos de un piloto dormidas sobre los mandos. La espera en las oficinas centrales y el creador del servicio nocturno reflexionando sobre la acción y la felicidad individual, hombres que forman parte de un engranaje y el engranaje mismo. Una noche donde se mezclan el deber, las dudas, el miedo, las estrellas en los huecos entre las nubes, las ventanas iluminadas como faros o luciérnagas en la llanura que marcan un camino, la frontera entre cielo y tierra, entre oscuridad y salvación. Con estos elementos, Saint-Exupéry crea una novela corta en la que se habla del deber y el hombre como parte de un todo, la acción y la aventura sobre el individuo.

Vuelo nocturno recuerda a películas de aventuras como Sólo los ángeles tienen alas, el hombre contra las tormentas y las decisiones ajenas, el peligro alrededor del avión, el viento que golpea la nieve contra el aparato, las cumbres un peligro cercano, la zozobra del avión, los relámpagos que rompen la oscuridad. Fabien, el piloto de Vuelo nocturno, sobrevuela la Patagonia en dirección a Buenos Aires, admira las luces como hogueras de la llanura que hablan de otras vidas, más pequeñas y lejanas, ve acercarse la tormenta hasta que se adentra en ella y se siente en alta mar, a merced de los elementos, envía mensajes a las diferentes estaciones y espera las instrucciones que lo conduzcan fuera de la tormenta. Esta lucha es lo mejor de la novela, el hombre contra la tormenta, la individualidad del piloto contra algo más grande, el servicio de correo nocturno creado por Rivière, una especie de semidios que decide el destino de sus hombres y su felicidad individual.

Parte de la novela es Riviére en su oficina, recordando cómo creo el servicio nocturno a pesar de los peligros que conllevaba, reflexionando sobre la acción que no debe detenerse y a la que hay que someterse (sacralizar) y la felicidad de cada hombre a su mando. Por momentos, parece jugar con la vida de los hombres por un ideal. La acción no debe pararse, los pilotos son una parte de un todo que debe permanecer indestructible, el hogar de cada uno de ellos algo lejano y ajeno. Riviére es justo y cruel con sus hombres, no quiere que se relajen, que vean bondad o amistad en él, sino alguien que toma decisiones duras y en apariencia sin alma, un creador que se inmiscuye en las vidas de sus hombres y conduce su destino.



«Esos hombres –pensaba- que tal vez van a desaparecer habrían podido vivir dichosos.» Veía rostros inclinados en el santuario de oro de las lámparas de noche. «¿En nombre de qué los he sacado de ahí?» ¿En nombre de qué los ha arrancado de la felicidad individual? ¿No es la primera ley precisamente la de defender esa felicidad? Pero él las destroza. Y no obstante un día, fatalmente, los santuarios de oro se desvanecen como espejismos, la vejez y la muerte, más despiadadas que él mismo, los destruyen. ¿Tal vez existe alguna otra cosa más duradera que salvar? ¿Tal vez hay que salvar esa parte del hombre que Rivière trabaja? Si no es así, la acción no se justifica.



La acción se condensa en una noche, el ciclón que sorprende al correo de la Patagonia y el piloto y radiotelegrafista entre la tormenta, Riviére que dirige el servicio y al que sólo le queda esperar los telegramas de las diferentes estaciones, la confrontación entre la acción y la vida individual, un inspector amargado a miles de kilómetros de casa y sintiéndose inútil bajo Riviére, la mujer del piloto rodeada de objetos cotidianos que hablan de un momento concreto y un recuerdo, los pilotos que aterrizan y miran hacia las estrellas.

Vuelo nocturno es una novela a trompicones, hay buenos momentos (la mirada del piloto sobre la tierra, la llegada de la tormenta, la espera en Buenos Aires, la tensión y la fatalidad, las preguntas sobre qué debería primar, el individuo o la idea colectiva), pero se atasca en más de una ocasión, el lenguaje a veces es recargado y excesivo y va a trompicones.







«Es curioso ver cómo toman la batuta los acontecimientos, cómo se muestra una enorme fuerza oscura, la misma que levanta las selvas vírgenes, que crece, que forcejea, que ruge por todas partes alrededor de la grandes obras.» Rivière pensaba en esos templos que pequeñas lianas derrumban.
«Una gran obra…»
Pensó aún para tranquilizarse: «Amo a todos estos hombres, y no los combato a ellos, sino a lo que pasa por ellos…»
Su corazón latía a golpes rápidos, que lo hacían sufrir.
«No sé si lo que hago está bien. No sé cuál es el exacto valor de la vida humana, de la justicia, o de la tristeza. No sé exactamente lo que vale la alegría de un hombre. O una mano que tiembla. O la piedad, o la dulzura…»
Meditó:
«La vida se contradice tanto, que uno se las arregla como puede con la vida… Pero perdurar, crear, cambiar el cuerpo, perecedero…»
Antoine de Saint-Exupéry. Vuelo nocturno. Traducción de J. Benavent. Anaya.

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