Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 6 de diciembre de 2015

Los caballos de Tarkovski. Pia Tafdrup

La memoria y los recuerdos que se confunden y desaparecen, los árboles que marcan el paso del tiempo y el tiempo mismo convertido en un espacio sin dirección, las palabras y los gestos desorientados, palabras que pierden su significado, y esa pérdida que arrastra a los objetos y emociones que definen las hijas convertidas en esposas y la esposa en madre, la casa abandonada y una habitación de hospital, los pequeños instantes de lucidez y la vuelta a las tinieblas y la mirada que se apaga lentamente. 

Los caballos de Tarkovski es Pia Tafdrup escribiendo sobre su padre con alzhéimer, sobre la memoria quebradiza y el olvido, una habitación de hospital y algo que desaparece de manera queda. Los poemas de Pia Tafdrup hablan de pérdidas y recuerdos y tiempos mezclados, y, también, de cómo anclar una vida que desaparece, cómo dejar constancia de lo olvidado por un paciente de alzhéimer, el padre visto por la hija (la niña, la muchacha, la mujer madura), una forma de anclar otra vida y otros recuerdos al presente.

El poemario de Tafdrup se lee como un diario donde se busca al padre en el padre, los recuerdos y los tiempos contienen pequeños gestos y huellas y la ausencia se convierte en presencia.


Se leen árboles

Siempre hay árboles que le dicen a mi padre
en qué estación estamos, lucen
en su cerebro,
             los blancos troncos de los abedules,
heroicamente erguidos
o meciéndose serenamente.
Hay árboles sin hojas
-invierno pues, cuando los rayos del sol
cortan a través de la habitación.
Hay árboles con hojas de color verde intenso
-verano, pues, cuando va oscureciendo
y si las hojas amarillean
                         sólo puede ser otoño.
Si es hoy
o hace cincuenta años
                        ¿qué más da?
Si han pasado dos horas 
o dos minutos 
                        ¿es realmente decisivo 
cuando lo que se busca es refugiarse 
en un clarísimo recuerdo de infancia? 
Si soy yo o es mi madre 
quien está sentada en la silla, 
                                      ¿qué más da? 
Si es mi hermana o soy yo, 
¿cambia algo 
              si estamos a gusto? 
Las sombras trepadoras
están tan lejos que no las percibimos.
Las sombras no significan nada,
porque en este momento una ardilla
salta de rama en rama en el cerezo
                                       y eso lo vemos.
Las ramas del abedul se agitan en tierno verdor
es ahora cuando importa.
Ahora 
hay calma aquí, ahora 
entra el brillo del sol por la ventana, 
aquí está empezando a hacer calor, es ahora 
                                                  cuando estamos vivos… 
Pero qué pasará 
cuando los árboles sean arrancados 
                                               de raíz- 
cuando se alejen lentamente levitando 
                          por donde han sido asfaltadas las estrellas?

***

La tabla de lo perdido

Detrás de las fotos en blanco y negro de viejos álbumes 
mi padre rememora sonidos 
de lluvia de primavera, olores 
de heno recién cortado, mordiscos 
a los primeros granos maduros en los campos de cereales.
Un instante más tarde cada detalle 
se arremolina 
              en lejanas nebulosas. 
Mi padre desaparece, tal como se alejan 
volando los días. 
No hay cifras que cubran 
la añoranza, no hay cifras 
para el sabor del verano en la lengua, 
rojas cerezas reventonas recién cogidas. 
Y en plena ventisca 
una taza de chocolate humeante al amor de la chimenea, 
cuando el camino a la granja estaba bloqueado. 
El agua, el aire, la tierra, el fuego, 
la atenta mirada de mi padre 
me hizo salir precipitadamente 
                          saltando una verja interior, 
trepar hasta la copa de los árboles, 
                                        volar 
en sueños- - - 
He preparado unas cuentas 
que no quieren cuadrar- 
hay pasos que saltan 
             sobre la lógica, 
un sistema solar de cosas inexplicables. 
Aunque vive, 
estoy buscando 
                          a mi padre en mi padre… 
Una lengua áspera 
me lame la mano, 
no me ahogaré 
                         en una lágrima salada, 
el gato arquea el lomo, es ahora cuando quiere la comida.

***

La fuerza de la gravedad del cielo

El sol se pone, un dolor momentáneo 
                                      desgarra a mi padre. 
Me siento con él, le cojo la mano, 
conocido y desconocido 
–no se la he tenido así nunca antes. 
Vagan sus ojos 
por el cuarto, me pide 
libros de mi biblioteca: 
                              Ekelöf, Ekman, Eliot, 
mira por la ventana la luz de la tarde de mayo, 
comenta las nubes. 
Se agrietan en el cielo abierto, azul y blanco, 
se difunden y desaparecen. 
Mi padre se mantiene erguido, su voz 
empuja palabras entre nosotros, 
                                      un lenguaje enrejado
para que la realidad 
no se acerque demasiado, 
como en los cuentos para dormir 
que quizá también alguna vez nos protegieron 
del peligro amenazador: 
                    ¿enemistad, salvajismo, malicia? 
Le tengo firmemente la mano, 
                                      el tiempo no pasa en absoluto. 
El sudor 
brota de sus sienes. 
Su piel 
no tiene el color que debería tener.
De repente sus palabras no encuentran el camino, 
son simplemente un eco interior, 
pero aún 
        es mi padre. 
En un abismo 
mortal escucho 
su respiración, lluvia de cristal 
                                       que cae, 
unos pinchazos como de agujas en la oscuridad de los pulmones. 
Mi padre está celebrando mi cumpleaños, 
aunque no tiene la menor idea de ello, 
pero está de visita- 
y entonces uno           no se desmaya

***

Las manos, ¿de quién?

Ser es 
         que somos, 
no sabemos más.
Escuchamos la respiración de mi padre, 
leemos la más mínima contracción en su semblante, 
una arruga en la frente, el estremecimiento de un párpado, 
                                                   ¿dolor, no dolor?
Fuera el mundo está en flor.
Embriagado por la medicación 
mi padre levanta 
los brazos delante de él- pregunta 
                         ¿de quién son estas manos?
Le cojo las manos.
-Son tuyas, 
pero ahora las tengo entre las mías.
Calma- 
zambúllete otra vez bajo la superficie. 
Dormir, despertarse…
Mi padre no termina las frases, 
se va hundiendo cada vez más en sí mismo.
No oye los pájaros, 
                         pero, ¿tal vez oye algo 
que no se ha oído antes? 
No ve los árboles, no puede 
captar el río verde de luz 
que hay fuera de la ventana, no ve 
el ramo de flores 
que mi madre ha recogido para él.
Pero algo en el aire que nosotros no podemos ver, 
él lo ve- 
algo que no percibimos 
                          él lo capta- 
y el champiñón de bosque 
que mi madre también encontró en la cuneta, 
                                      eso sí que lo puede oler. 
Reconoce su aroma con una sonrisa 
cuando se lo damos: 
                                      el sol, las vacas, la hierba del prado. 
La noche se introduce en nosotros a hurtadillas, hablamos 
en voz baja, voces apagadas. 
Cuando le sonreímos
él sonríe, 
tuyo y mío quedan suspendidos.
Nos preocupa nuestra preocupación 
porque si parecemos preocupados, 
él lo está también 
                  –yo es idéntico a tú. 
Si mi madre come un bocado de una fruta 
soy yo o mi hermana 
las que comemos algo, 
sólo hay un cuerpo en la habitación 
–y es el nuestro
un cuerpo de familia, 
con una piel común, nervios comunes, venas comunes, 
cualquier otra gramática 
                         está de más. 
Mi padre nos mira, nosotros lo miramos largo rato, 
¿somos islas de esperanza 
que flotan en el mar a su alrededor? 
Las horas se llenan y se vacían. 
-¿Estáis todavía aquí? 
pregunta sorprendido 
cuando después de un largo dormitar 
abre los ojos- 
            como si todos nosotros pudiésemos estar muertos.

***

Los caballos de Tarkovski

En esa belleza que un caballo 
despliega 
cuando está al sol 
en un prado, 
por el que estoy cruzando ahora en tren, 
unos días después 
de la muerte de mi padre- 
             de repente lo vuelvo a ver. 
La travesía 
           del verdor… 
Con la misma exaltada paz 
                          que irradiaban 
los caballos de Tarkovski 
en las escenas finales 
de la película El juicio final
está presente mi padre, 
descansando de sí mismo. 
Ha sido amortajado 
en llamas, 
y yo he llevado 
su urna al sepulcro. 
La existencia no es 
ser 
sin dolor. 
A él lo llevo 
dentro de mí 
como una nueva autoridad. 
La fuerza de la lengua- 
                         Eurídice canta. 
Algo en la esencia del caballo 
le hace aparecer. 
Brilla una sombra, 
                  ahora él simplemente ESTÁ aquí.
Pia Tafdrup. Los caballos de Tarkovski. Traducción de Francisco J. Uriz. Ediciones Bassarai.

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