Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 9 de diciembre de 2015

inicio de El valle de los avasallados. Réjean Ducharme

Todo me devora. Cuando tengo los ojos cerrados, es por mi vientre por el que soy devorada, es en mi vientre donde me ahogo. Cuando tengo los ojos abiertos, es a través de lo que veo por lo que soy devorada, es en el vientre de lo que veo donde me asfixio. Soy devorada por el río demasiado grande, por el cielo demasiado alto, por las flores demasiado frágiles, por las mariposas demasiado tímidas, por el rostro demasiado bello de mi madre. El rostro de mi madre es bello sin más. Si fuese feo, sería feo sin más. Los rostros, bellos o feos, no sirven para nada más. Miramos un rostro, una mariposa, una flor, y eso nos transforma, después nos irrita. Si nos dejamos llevar, nos desespera. No debería haber ni rostros, ni mariposas, ni flores. Tenga los ojos abiertos o cerrados, estoy contenida en un todo: de repente, ya no hay suficiente aire, el corazón me aprieta, el miedo se adueña de mí.
En verano, los árboles están vestidos. En invierno, los árboles están desnudos como los gusanos. Dicen de los que están criando malvas que se comen los dientes de león por la raíz. El jardinero encontró dos toneles viejos en su desván. ¿Sabéis qué hizo con ellos? Los serró por la mitad para sacar cuatro barreños. Puso uno en la playa y tres en el campo. Cuando llueve, la lluvia queda recogida dentro. Cuando tienen sed, los pájaros detienen el vuelo y vienen a beber.
Estoy sola y tengo miedo. Cuando tengo hambre, como dientes de león por la raíz y se me pasa. Cuando tengo sed, sumerjo la cara en uno de los barreños y sorbo. Mis cabellos caen al agua. Sorbo y se me pasa: ya no tengo sed, es como si nunca hubiera tenido sed. Nos gustaría tener tanta sed como agua lleva el río. Pero bebemos un vaso de agua y ya no tenemos sed. En invierno, cuando tengo frío, vuelvo a casa y me pongo un grueso jersey azul. Vuelvo a salir, comienzo de nuevo a jugar en la nieve y se me quita el frío. En verano, cuando tengo calor, me quito el vestido. El vestido ya no se pega a mi piel, me encuentro a gusto y me pongo a correr. Corremos por la arena. Corremos y corremos. Después tenemos menos ganas de correr. Nos aburrimos de correr. Nos paramos, nos sentamos y enterramos nuestras piernas. Nos tendemos y nos enterramos de cuerpo entero. Después nos cansamos de jugar en la arena. Ya no sabemos qué hacer. Miramos, por todas partes, como si escudriñáramos. Miramos y miramos. No vemos nada de interés. Si prestamos atención cuando miramos de ese modo, nos daremos cuenta de que mirar así nos hace daño, de que estamos solos y de que tenemos miedo. Nada se puede hacer contra la soledad y el miedo. Nada nos puede ayudar. El hambre y la sed tienen sus dientes de león y su agua de lluvia. La soledad y el miedo no tienen nada. Cuanto más intentamos calmarlos, más se desviven, más gritan, más arden en deseos. El cielo se desploma, los continentes se hunden en un abismo: te quedas en el vacío, solo.
Estoy sola. Solo tengo que cerrar mis ojos para darme cuenta de ello. Cuando quieres saber dónde estás, cierras los ojos. Estás ahí, donde se está cuando tienes los ojos cerrados; estás en la oscuridad y en el vacío. Está mi madre, mi padre, mi hermano Christian, Constance Chlore. Pero ellos no están ahí donde yo estoy cuando tengo los ojos cerrados. Ahí donde yo estoy cuando cierro los ojos, no hay nadie, nunca hay nadie salvo yo. No hay que preocuparse de los demás; están en otra parte. Cuando hablo o juego con los demás, noto muy bien como ellos están fuera, que ellos no pueden entrar donde yo estoy y que yo no puedo entrar donde están ellos. Sé muy bien que tan pronto como sus voces ya no me impidan oír mi silencio, la soledad y el miedo me recobrarán. No hay que preocuparse de lo que sucede a ras de suelo ni a flor de agua. Eso no cambia nada de lo que sucede en la oscuridad y en el vacío, ahí donde estamos. En la oscuridad y en el vacío no sucede nada. Solo queda esperar, todo el tiempo. Esperar a que pase algo para que todo se pase, para salir de ahí. Los demás, están lejos. Los demás, se escapan, como las mariposas. Una mariposa, está lejos, tan lejos como el firmamento, incluso cuando la tenemos en nuestra mano. No hay que preocuparse de las mariposas. Sufrimos en vano. Aquí no hay nadie salvo yo.


Mi padre es judío y mi madre católica. La familia marcha mal, no va sobre ruedas, no es una familia cuyo rodamiento funciona a bolas. Cuando se casaron, acordaron el orden de partición de los hijos que fueran a tener. Incluso firmaron un contrato al respecto, ante notario y testigos. Yo lo sé: escucho a través del ojo de la cerradura cuando se pelean. Con arreglo a sus cláusulas, el primer retoño va para los católicos, el segundo para los judíos, el tercero para los católicos, el cuarto para los judíos y así seguido hasta el trigésimo primero. El primer retoño es Christian, de la Sra. Einberg, y la Sra. Einberg lo lleva a misa. El segundo y último retoño soy yo, del Sr. Einberg, y el Sr. Einberg me lleva a la sinagoga. Nos tienen. Tienen por seguro que nos tienen. Nos tienen y nos custodian. La Sra. Einberg tiene a Christian y le custodia. El Sr. Einberg me tiene a mí y me custodia. Me llevó tiempo entender todo esto. No parece difícil de entender, pero, cuando era más pequeña, consideraba que esto no tenía ni pies ni cabeza, era imposible que mis padres no pudieran amarse ni amarnos tanto como yo les amaba.
El Sr. Einberg mira con ojos de enfado a su bien jugar con el bien de la Sra. Einberg. Está a la que salta cuando Christian y yo jugamos juntos. Cree que la Sra. Einberg se vale de Christian para echarme el guante, para seducirme y robarme. La Sra. Einberg dice que soy tan hija suya como Christian, que una madre necesita de todos los hijos que haya tenido, que un niño necesita de su hermana pequeña y que una niña necesita de su hermano mayor. Finjo seguir el juego que el Sr. Einberg asegura que la Sra. Einberg juega. Eso hace rabiar al Sr. Einberg. Se echa encima de la Sra. Einberg. Se pelean sin parar. Les miro a hurtadillas. Les veo gritarse a la cara. Les veo odiarse, odiarse con lo más bajo que pueda haber en sus miradas y en sus corazones. Cuanto más se gritan a la cara, más se odian. Cuanto más se odian, más sufren. Al cabo de un cuarto de hora, se odian tanto que puedo verles retorcerse como gusanos en el fuego, puedo sentir sus dientes rechinar y como palpitan sus sienes. Eso me gusta. Aveces, eso me produce tal placer que no me puedo aguantar la risa. ¡Odiaos, hatajo de payasos! ¡Haceos daño, que os vea sufrir un poco! ¡Retorceos un poco para que me ría!
Enviaron a Christian lejos de mí. ¡Todo un honor! Lo metieron en un sobre y lo expidieron a un campamento de scouts. ¡Ve a emprender tus Buenas Acciones, Christian, lejos de tu venenosa hermanita! Cuando las vacaciones llegan, es infalible; hace falta que uno de los dos se vaya. Si no me envían de gira con la coral, envían a Christian a un campamento de escultismo. La Sra. Einberg no está de acuerdo. ¡Deja a los chicos tranquilos, cacho loco! El Sr. Einberg, el jefe de salidas, no quiere saber nada, va a su bola. ¡Si no mandas a tu crío a emprender Buenas Acciones, mando yo a mi cría a entonar escalas! ¡Los viajes deforman a la juventud! —grita ella. ¡Los viajes forman a la juventud! —grita él.


Solo soy una chica. Einberg me tiene, pero no está contento de tenerme. Está celoso del otro. Preferiría tener a Christian. Una hija, no conviene, no vale nada. No me importa. ¡Que se las apañen! Espero a que Christian regrese. Nunca hace nada malo. Nunca se le escapa una palabra. Todo lo que hace y todo lo que dice es suave, dulce y triste como una flor, como el agua, como todo aquello que está en paz y te deja en paz. Christian es grato como una cosa. Están las cosas, los animales y los hombres. ¡Caca de la vaca! ¿Qué?
Réjean Ducharme. El valle de los avasallados. Traducción de Miguel Rei. Ediciones Doctor Domaverso.

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