Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 14 de diciembre de 2015

Escucha la canción del viento y Pinball 1973. Haruki Murakami

Irregulares e inconexas, las dos primeras novelas de Murakami anticipan el tono pausado, onírico, extraño y melancólico de su obra, los narradores lánguidos, el pasado al que volver para encontrar una clave o recuerdos borrosos que aclarar, las mujeres misteriosas, los gatos, la música y los pozos, las conversaciones donde algo tenue queda definido y la falta de acción de los personajes y una sensación de tristeza y pérdida. Murakami define Escucha la canción del viento y Pinball 1973 como novelas de la mesa de la cocina, escritas de noche en su bar y sin ideas preestablecidas sobre el proceso de escritura o cómo construir historias y personajes. Tal vez por eso sorprenda su sencillez, capítulos cortos donde no hay un exceso de imágenes o repeticiones. Novelas intuitivas que comparten narrador y algunos personajes secundarios, hay momentos donde parecen un rompecabezas con piezas que no acaban de encajar del todo o que avanzan a trompicones.

En Escucha la canción del viento el narrador escribe sobre un verano de los setenta, las vacaciones de un estudiante en su ciudad, los encuentros con su amigo el Rata en un bar, los recuerdos de sus tres novias, el sexo y la pérdida y el encuentro con una extraña muchacha de nueve dedos. El verano pasa entre cervezas, camaradería, recuerdos y música, el bar de Jay como lugar de encuentro, como sitio donde escribir, filosofar, ver partidos de béisbol, una especie de oasis, una interrupción de la realidad y la presión de la rutina.

Murakami asienta las bases de sus posteriores narradores, un hombre reflexivo, pausado, triste, que habla sobre la memoria y los recuerdos, sobre amores pasados, música, comida y soledad, un narrador que, poco a poco, deja al descubierto sus pensamientos y se deja llevar por una suave melancolía y una forma curiosa de entender el mundo. Está el joven estudiante que se plantea su porvenir y un amigo que ve cómo todos se marchan tras el verano y él es el único que se queda en una ciudad semivacía, están los recuerdos dolorosos de amores truncados y el cuerpo de la mujer con señales y marcas (manchas bajo un pecho o la ausencia de un dedo), están las conversaciones sobre música, gatos y libros, están los pozos y las referencias literarias, esta vez Ray Bradbury, está una melodía que dispara un deseo, California Girls, están las mujeres que desaparecen y los finales abruptos, están los diálogos donde, en una pequeña ráfaga, un personaje confiesa su percepción de la vida, y se sirve para ello de la suerte, los pozos, la muerte, el viento, y tienes la sensación de leer sobre algo apenas entrevisto.


 —Hace unos años fui con una chica a Nara. Era una tarde de verano terriblemente calurosa, ¿sabes?, y estuvimos tres horas andando por un camino de montaña. Sólo nos topamos con pájaros que alzaban el vuelo entre chillidos, cigarras caídas entre los arrozales batiendo desesperadamente las alas y cosas por el estilo. El caso es que hacía mucho calor.
»Anduvimos un rato y nos sentamos en una suave ladera cubierta por la hierba de verano. Soplaba un vientecillo agradable que nos secó el sudor. A los pies de la pendiente se extendía un foso muy profundo y, al otro lado, había un túmulo, algo así como una isla no muy alta repleta de árboles muy frondosos. El túmulo funerario de un emperador del pasado. ¿Has visto alguno?
Asentí.
—Entonces, ¿sabes?, pensé lo siguiente: ¿por qué habrán construido algo tan enorme?… Ya sé que todas las tumbas tienen un sentido, claro. Nos vienen a decir que todos moriremos un día u otro. Nos enseñan eso. Pero es que aquella tumba era demasiado grande, ¿sabes? Esas proporciones gigantescas, ¿no te parece?, a veces convierten la esencia de las cosas en algo completamente distinto. En aquel caso, aquello no parecía para nada una tumba. Era una montaña. La superficie del agua del foso estaba llena de ranas y hierbajos, y, en la cerca, había un montón de telarañas.
»Miré el túmulo en silencio, agucé el oído al viento que rozaba la superficie del agua. Lo que sentí en aquellos momentos no se puede explicar con palabras. No, es que ni siquiera era una sensación. Era el tacto de algo que me arropaba, que me envolvía por completo. Es decir, que las cigarras, las ranas, las arañas, el viento, todo se aunaba en un solo cuerpo y fluía por el espacio.



Los capítulos, cortos, se suceden de manera sencilla, son diapositivas de un verano y de un hombre que se deja llevar por la nostalgia y la tristeza, y, al final, al cerrar la historia, sientes su levedad y lo fácil que se camufla entre otras novelas de Murakami (lo fácil que es de olvidar).

Pinball 1973 (en la sinopsis dice que contiene las mejores escenas de pinball de la historia de la literatura, algo que me hizo sonreír por lo absurdo de la publicidad), Murakami retoma al narrador de Escucha la canción del viento. De nuevo, el narrador recuerda un momento especial del pasado, aquella época donde vivía con dos gemelas, tenía una empresa de traducción, su amigo el Rata orbitaba alrededor de una mujer misteriosa y el pinball ejercía una atracción extraña en los dos amigos. Mejor construida que Escucha la canción del viento, Pinball 1973 se inicia de manera atractiva, un hombre que escucha historias ajenas sobre tierras desconocidas, se detiene para hablar del nacimiento del pinball y se desarrolla en un mundo donde se cruza lo onírico con la realidad, y todo escrito con la pausa y languidez propias de Murakami. Por momentos, el narrador, que vive con dos gemelas y no sabe qué camino seguir, parece formar parte de una partida de pinball, él como la bola dentro de la máquina, las gemelas o los recuerdos o sus antiguas novias que lo golpean y direccionan. Lo mejor de Pinball 1973 es el Rata y su angustia, su estancamiento vital, el dolor por un amor incompleto y obsesivo, la espera y la decisión de marcharse y cambiar, aún anticipando el posible fracaso o la imposibilidad real de un cambio en otro lugar si no lo acompaña un cambio interior.

Escucha la canción del viento y Pinball 1973 iniciaron el universo Murakami, y lo hicieron de manera sencilla, sin los desvaríos posteriores, tampoco sin la delicadeza de sus historias más intimistas.






En cierta ocasión intenté escribir una novela corta sobre la razón de ser del hombre. Al final no llegué a terminarla, pero, durante un tiempo, todos mis pensamientos giraron alrededor de esa cuestión. Debido a ello, adquirí un hábito muy curioso. Una inclinación a traducirlo todo a valores numéricos. A lo largo de ocho meses obedecí a ese impulso irrefrenable. Al subir al metro, lo primero que hacía era contar el número de pasajeros, contaba los peldaños de las escaleras y, en cuanto podía, me contaba las pulsaciones. Según mis notas de aquella época, entre el 15 de agosto de 1969 y el 3 de abril del año siguiente, asistí 358 veces a clase, hice el amor 54 veces, fumé 6.921 cigarrillos.
En aquel periodo, yo creía seriamente que, si lo traducía todo a valores numéricos, quizá me sería posible comunicarles algo a los demás. Y mientras pudiera transmitirles algo a los demás, yo tendría la certeza de que existía. Pero, como es lógico, el número de cigarrillos que había fumado, el número de peldaños que había subido o la longitud de mi pene no le importaban nada a nadie. Y yo perdí mi propia razón de ser y me quedé completamente solo.

***

Una vez, puse una ratonera bajo el fregadero de mi apartamento. Como cebo, usé chicle de menta. Es que, tras buscar por toda la casa, fue lo único que encontré que pudiera llamarse comida. Estaba en un bolsillo de mi chaquetón de invierno junto con media entrada de cine.
Al tercer día por la mañana había una rata pequeña atrapada en el cepo. Era una rata joven del mismo color que los jerséis de cachemir que se apilan a cientos en las tiendas libres de impuestos de Inglaterra. Si hubiera sido una persona, habría tenido quince o dieciséis años. Una edad vulnerable. Tenía el pedazo de chicle bajo las patas.
La había atrapado, pero no sabía qué hacer con ella. Al cuarto día por la mañana, la rata, con las patas traseras atrapadas en el alambre, estaba muerta. Aquella imagen me enseñó algo.
Que las cosas tienen que tener, siempre, una entrada y una salida. Tal cual.
Haruki Murakami. Escucha la canción del viento y Pinball 1973. Traducción de Lourdes Porta. Tusquets editores.


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