Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 11 de diciembre de 2015

El valle de los avasallados. Réjean Ducharme

Cómo hablar de El valle de los avasallados, qué decir de su protagonista, Bérénice Einberg, una muchacha intensa, imaginativa, lunática y excesiva que se replantea el mundo en el que vive e intenta comprender la vida y las emociones, cómo explicar el lenguaje que usa Bérénice para darle la vuelta a la realidad que le rodea, que prefiere la indefinición a las imágenes completas porque ahí, en las grietas, en la ilusión de la realidad, se esconde una verdad única, una niña prodigio que busca el odio y la ternura, que se cuestiona cada palabra y cada hecho que le enseñan, que ama a su hermano y quiere usarlo como una marioneta y cree que ella hace y deshace el mundo y que la vida ocurre mientras sus ojos están abiertos y todo se hunde en las tinieblas cuando los cierra, cómo expresar la sorpresa ante una muchacha que vive primero en una abadía en medio de una isla, una muchacha asilvestrada que camina sobre el filo de un abismo y busca el límite de cada emoción, el amor, la tristeza, el odio, luego crece en Nueva York y se salta las normas de una rígida casa judía y ama hasta el extremo a su amiga Constance y echa de menos al hermano al que han alejado de ella y su influencia y al que escribe cartas de amor encendidas e infantiles y se inventa un idioma propio con el que definir mejor la realidad, Bérénice que acaba en Israel tomando parte en la guerra contra los árabes y empuña armas y sus palabras.

Réjean Ducharme crea un personaje inolvidable y una historia inclasificable en El valle de los avasallados. Es el libro que Léolo, el personaje de la película de Jean-Claude Lauzon, lee por la noche. Y ambos, Léolo y Bérénice, niños prodigio que reinventan la realidad y la llenan de imágenes oníricas y llevadas al límite. Bérénice devora y se siente devorada, vive en una antigua abadía, explora la isla y sueña con evadirse junto a su hermano. Y, en esos días de su primera infancia, se pregunta por sus padres, él judío, ella católica, sus peleas y el reparto de sus hijos, cada uno que se encarga de la educación de uno de ellos, ama con desmedida a su hermano y a su amiga Constance, siente que el mundo es una representación que nace de su interior y que hay tantos mundos como miradas. Bérénice es triste, alocada, histérica, aventurera, decidida, inteligente, habla de odiar, de la nada, de destruirlo todo y elevarse sobre la tierra, busca un ápice de ternura y siente la vida como una experiencia intensa y pura.

«Yaveh ha dotado a esta niña de una gran energía. Le reserva sin duda un gran destino. Me pregunto qué es lo que le inquieta tanto, qué busca con tanto ahínco.» Paso veinticuatro horas de cada veinticuatro en la brecha. Cualquier cosa que vea es ahondada en profundidad. Cualquier idea que me venga es perseguida de extremo a extremo, hasta sus consecuencias. Todo lo que se me aparece en sueños es cuidadosamente descrito, registrado, comparado. Por muy desbordante de actividad que haya sido el día que acaba de pasar, nunca deja, justo al instante en que por fin el sueño empieza a vencerme, de resultarme dudoso, carente de valor, de hacerme temblar de miedo. Siempre preveo con angustia el regreso de la noche, el momento del gran reencuentro conmigo misma, el momento de añadir otro cero a la suma total del pasado, el momento de aproximarme justo a un paso de la frontera más allá de la cual ya no existe nada, ni siquiera el futuro. No hay que perder la esperanza, querida Bérénice, mi conejita, mi pichoncito, mi mónita, mi ratoncita. Quedan tantas cosas por considerar antes de que llegue la hora en que deba decidirme. El helicón y el acordeón aún me han de revelar todos sus secretos. Jamás he fumado. Jamás me he emborrachado. Jamás me he masturbado. Tal vez los textos sánscritos escondan un mensaje de naturaleza cósmica que los millares de especialistas en el tema que los han leído no han entendido. No sé pilotar un avión. Jamás he montado en motocicleta. Jamás he visto las Barren Lands. Jamás he cumplido diecinueve años. Ya veremos después. De golpe y porrazo, tengo la impresión de que no era tan tonta cuando tenía a Constance Exsangüe. ¡Arrea! ¡Arre-a! ¡A-rre-a!

Bérénice inventa su propio lenguaje, no atiende a las normas (de los adultos, de la vida misma), subvierte el orden establecido y parece que, a su alrededor, orbita otro mundo. Ducharme hace de Bérénice un personaje extravagante y alucinado, una muchacha febril que juega con las palabras, que las retuerce y convierte en laberintos y poesía, que tiene un afán destructor y se cuestiona sobre aquello que ve y siente. El valle de los avasallados es un largo monólogo de Bérénice dejando patas arriba las creencias y el lenguaje, mezcla pequeñas fábulas y recuerdos con sueños, invenciones y mentiras, asume la tristeza y la muerte, prefiere escaparse (de su educación, de la isla donde vive con sus padres, de la vida en sí misma), correr por las calles nocturnas, ansía tener a su hermano (tenerlo en toda su intensidad, como si fuese una marioneta, poseerlo y hechizarlo) y, en un momento, asegura: soy de los que arden en deseos por propagarse por toda la extensión del firmamento. Bérénice vive en una isla, en un apartamento cuyas habitaciones parecen nichos, en un campamento en Israel, lugares que aíslan, que constriñen a la muchacha y hacen que su imaginación se amplifique. Bérénice es la fiebre.

Es difícil definir El valle de los avasallados, la escritura de Ducharme es pasional y se desborda una y otra vez, no hay límites en cuanto al lenguaje o la historia, a veces avanza a trompicones, a veces es confusa, pero hay algo que te impulsa a entrar en Bérénice y su particular forma de entender el mundo, Ducharme nos contagia la fiebre de Bérénice, estamos a su lado, atónitos, preguntándonos por su intensidad y su locura, su rebeldía y sus ideas, una historia, un lenguaje y un personaje que permanecen.

Hay tantos fragmentos por compartir…






El hermano que yo tenía ayer era defensor de las ratas. El hermano que tengo hoy es lanzador de jabalina. Me pregunto qué pintan aquí todos estos hermanos. Estoy sola y dejo que se derrumben encima de mi alma las atalayas que he levantado para fortificarla. ¡Cómo puedo afirmar honestamente que Christian me gusta! Para que me siga gustando me tiene que gustar otro distinto. Debo cambiar de Christian al paso que Christian cambie, y Christian nunca es el mismo. A veces es bueno. A veces cobarde. A veces está enamorado de Mingrélie. A ve ces coloca una rata bajo su jersey para hacerla entrar en calor. Otras veces es lanzador de jabalina. Todo esto es estúpido. Me gusta creer que Christian me gusta, pero no es que me guste él. Me gusta la idea que me hago de él, eso que llevo adentro y que llamo Christian, el Christian que yo concibo y encarno tal como me conviene concebirlo y encarnar. Sé que Christian sería otro si lo mirara con el prisma de una conciencia diferente. Me doy cuenta de que basta con que cambien mis disposiciones respecto al Christian que llevo, para que el Christian al que solo conozco de vista se modifique, se adapte. Luego, Christian no existe. Por tanto, yo lo he creado. ¡Pues sigamos creándolo, con alegría! ¡Recuerdo haber nombrado a Christian caballero y haber partido tras él, como tras Gautier Sans-Avoir, en cruzada contra los Niams-Niams, de haberlo visto caer gloriosamente bajo los muros de Nicea, de haberlo amortajado con mis vestimentas, de haberlo enterrado en un desierto de nieve, de haberme muerto de frío estrechando su tumba! También recuerdo haber deseado a menudo, a fin de poderlo amar con más fuerza, que Christian fuese feo, cobarde, sin gracia alguna, tal que una piedra. Christian vive solo en el país llamado Christian y me ve de distinta forma a como yo me veo. Me ahogo en el centro de mis huesos, me escondo ahí dentro y me desprecio por ello. Veo a Christian a través de todo lo repugnante y nauseabundo que en mí sucede. Imagino a Christian como quien imagina estrellas en el fondo de una alcantarilla. Lo que en mí sucede de asqueroso es lo que sucede en cualquier ataúd con la sangre aún caliente. ¡Abre un ataúd después de diez años, mi edad! ¡Caca de la vaca! No existe ningún Christian. Del mismo modo que, para satisfacción de nuestras respectivas necesidades, Christian encuentra una mamá en la misma persona donde yo encuentro a Gato Muerto, existe una multitud de Christian, tantos Christian como seres que se lo inventen. Y eso me deja sola. Si no existe ni Gato Muerto ni Christian, no existe nadie salvo yo bajo el sol. Si no hay nadie salvo yo bajo este sol, el sol es mío, soy yo el creador y el poseedor del sol.


***

La luz ha tomado forma, está fuera del océano de aire que le daba el aspecto inmaterial de la sombra. El sol tiene rayos de hierro. La luna tiene rayos de madera, como una rueda de carreta. Estoy tranquila. Nunca más gritaré. Lo he entendido todo. Lo sé. Cuando sabes donde estás y quien eres, puedes, como el gato, abalanzarte sobre la canica que rueda por el suelo e imaginar que eres un dragón. Cuando te has comprendido, puedes correr por la inmensa esfera armilar e imaginarte que, al igual que la ardilla en su jaula, uno juega, se divierte. El único medio de pertenecerse es comprender. Las únicas manos capaces de agarrar la vida están en el interior de tu cabeza, en el cerebro.
 No soy responsable de mí ni puedo llegar a serlo. Como todo lo que ha sido fabricado, como la silla y el radiador, no tengo que responder de nada. La bala que hiere al animal en el corazón no es delictiva. Fue lanzada y no podía escapar a su dirección. Un impulso me ha sido otorgado y no puedo escapar de él. Más avispada que una granizada de perdigones, puedo contrariar el impulso, aspirar a otros blancos, pero mi sangre y mis carnes están encaminados en una dirección y yo ya no puedo cambiarla al igual que una botella no puede cambiar de contenido. En otras palabras, he sido configurada como Bérénice tal como el radiador ha sido configurado como radiador. Puedo resistirme a Bérénice e intentar ser otra, pero, al igual que un radiador no puede convertirse en boa, yo no podría convertirme en Constance Chlore. Cuando has sido configurado como indiferente, mezquino y áspero, no puedes ser sensible, caritativo y dulce. ¡Cómo pueden haceros daño las cosas si no contáis para ellas! Puedes oponerte a tu mezquindad pero sigues siendo mezquino. Puede tender a lo suave pero la piedra permanece dura. A quien le gusta el vino no puede no gustarle el vino. Al que no le gusta el vino no puede gustarle el vino. Uno está configurado. Y punto. Se es radiador. No se puede cambiar nada. Los seres humanos son los únicos radiadores que pueden dar cornadas al aire contra su configuración. Ser un ser humano es ser un radiador que puede no estar contento con su imagen y desear otra distinta. Pero la sardina que coletea en el mar no cambia mucho que digamos en el agua del mar. Ser alguien es tener un destino. Tener un destino es como tener solo una ciudad. Cuando solo se tiene Budapest, solo queda una alternativa: ir a Budapest o quedarse. No puedes ir a Belgrado. Yo no soy culpable de nada de lo que ha^a; yo no me siento realizada, no he tenido tiempo de realizarme.
 No se nace al nacer. Se nace unos años más tarde, cuando se toma conciencia de ser. Yo nací más o menos a la edad de cinco años, si mal no recuerdo. Y nacer a esa edad, es nacer demasiado tarde, porque a esa edad ya se tiene un pasado, el alma tiene forma. Nada más nacer una mariposa prueba sus alas. Su primer movimiento es aquel que la lanza borracha perdida hacia el azur. Las mariposas son hermosas. Al nacer, creí poder elegir y elegí ser una mariposa con las alas compuestas de vidrieras amarillo anaranjadas. Luego, convencida de mi acierto, sin pensarlo más, me lancé desde lo alto del torreón en el que me encontraba. ¡Por desgracia!, no era una mariposa. Era un búfalo. En realidad, era un rinoceronte. A mediados del decenio, era algo diferente a una mariposa. Lo que tenía que suceder sucedió: me estrellé contra un patio, el patio se rajó en dos y yo me recuperé en el hospital. Cuando se es rinoceronte, es inútil intentar volar. ¿Qué había hecho pues, para ir vestida con un adefesio de caparazón de rinoceronte? ¿Qué había hecho pues tan mal? ¡La de preguntas que me habré hecho! ¡La de hipótesis que se han pasado por mi cabeza! ¡La de ideas que habré tenido! Ahora, se acabó. Ahora, comprendo.
Cuando nací, tenía cinco años, era alguien: estaba comprometida con lo más hondo del río que es un destino, con lo más hondo de la corriente que son mis anhelos, mis rencores, mis semejantes y mis desdichas. Grité de horror, sin resultado. Nadé a contracorriente como una loca, sin resultado. Estaba loca. Me he cansado; eso es todo.
Esto es lo que soy: una nube de flechas que piensan, que saben adonde vuelan y hacia qué blancos vuelan. Luego pienso. ¡Yo pienso! ¡Pienso! ¿Qué es lo que pienso? ¡Bonita pregunta! Pienso que es hora de que piense en divertirme, enjugar. Solo tengo una cara y yo no he configurado esa cara, pero puedo elegir entre treinta gestos. ¿Qué gesto elegiré? ¡Bonita pregunta! Elijo la risa. ¡La risa! La risa es síntoma de luz. El niño se echa a reír cuando, repentinamente, la luz se propaga entre las tinieblas que le daban miedo. Me gusta arrancar uñas con tenazas, cortar orejas con una navaja de afeitar, matar seres humanos y colgar sus cadáveres en las golas de mis muros para hacer con ellos una guirnalda. Me agrada quemar campos, bombardear ciudades. Me safisface sacudir la capa oceánica, empujar unos contra otros los continentes, atravesar el universo de estrella en estrella como quien atraviesa de roca en roca un torrente. Haré todo eso por reírme. ¡Reír! ¡Reírme hasta la muerte!
Réjean Ducharme. El valle de los avasallados. Traducción de Miguel Rei. Ediciones Doctor Domaverso.

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