Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 3 de diciembre de 2015

Butcher´s Crossing. John Williams

Los espacios abiertos, las ciudades polvorientas a medio construir, las herrerías y los hoteles y las cabañas con pieles de bisontes, la naturaleza como promesa de algo nuevo por descubrir, las roderas y los riachuelos y el horizonte una línea quebradiza, un viaje iniciático para un muchacho del este que se empequeñece ante un paisaje inmenso y cambiante, un viaje que se inicia como una partida de caza hacia un territorio apartado (y casi mítico), que continúa con una matanza, las sombras negras de los bisontes sobre la hierba, y acaba con la blancura de la nieve que todo lo cubre, muerte, esperanza y tiempo, y el muchacho que regresa con la piel cuarteada y la mirada más profunda y una nueva forma de ver el mundo y todo lo que contiene.

Si Stoner era la crónica de un ser gris y anodino, la vida de Stoner como la llama de una vela, Butcher´s Crossing es un incendio, la iniciación de un muchacho en una tierra de leyenda y donde la naturaleza nos descubre nuestro propio ser (sin la carga de lo aprendido en la ciudad-civilización, un muchacho se enfrenta por primera vez a los cambios y el ímpetu de tierra y cielo). Will Andrews se aleja de su vida de estudio y se aventura en algo diferente, una expedición de caza y la creencia de que en la naturaleza y el movimiento encontrará una verdad apenas entrevista (desembarazado de lo aprendido ante lo que ve). Will conoce a Miller, un experto cazador, y ve en su mirada, en sus palabras justas, en su historia de un valle de bisontes casi virgen, el inicio de una nueva vida, de un descubrimiento y del paso a la madurez.


En medio de los campos y el monte, él no era nada; lo veía todo; se sentía recorrido por la corriente de una fuerza sin nombre. Y de un modo que no había experimentado en la King’s Chapel, en las habitaciones del college ni en las calles de Cambridge, se sentía parte integrante de Dios, libre y no contaminada. Entre los árboles y al fondo del ondulado paisaje, había atisbado el lejano horizonte de poniente; y allí, durante una fracción de segundo, contempló algo tan bello como su propia y desconocida naturaleza.


Butcher´s Crossing es Will en un viaje que cambiará su forma de entender el mundo. Si a su llegada al pueblo de cazadores su mirada es inocente y perpleja (su relación con la prostituta Francine, Francine que ve en Will una pureza que amar, Will que se siente incapaz de asumir todos los hombres que han tocado a la mujer y huye de ella), a la vuelta hay una mirada febril y una seguridad nueva en Will (la piel morena y envejecida, Francine que ya no es los hombres con los que se ha acostado sino una mujer, carne y espíritu). En mitad de esos dos momentos, una expedición a tierras lejanas, una matanza y la espera.

El inicio de Butcher´s Crossing es pura aventura. Cuatro hombres, un carro tirado por bueyes, un destino mítico (una especie de Shangri-La), los avances lentos por un paisaje cambiante, las tierras que cruzar y en las que sentirse una sombra, algo indefinido dentro de la inmensidad de la naturaleza, los días de sed y hambre, la cafetera humeante y las alubias como única comida. La expedición cruza una naturaleza que no es cruel o propicia sino que refleja aquello que escondemos en lo más profundo de nuestro espíritu. Miller, el cazador experto que intenta encontrar un valle de bisontes, Hoge, que perdió una mano años atrás, bebe whisky y lee la biblia, Schneider, un alemán experto en despellejar bisontes y que sueña con mujeres y alcohol, Will, que aprende una rutina nueva.


La realidad del trayecto consistía en la rutina de acostarse por la noche, levantarse de buena mañana, beber café solo en tazones metálicos que quemaban, enrollar el petate y colocarlo sobre la grupa del cada vez más fatigado caballo, el monótono y adormecedor periplo por la pradera siempre igual, abrevar los caballos y los bueyes a mediodía, comer galletas duras y frutos secos, reanudar el viaje, levantar a tientas el campamento en plena oscuridad, atacar como bestias hambrientas el platillo de insípidas alubias con panceta, otra vez café y a acostarse. Se había convertido en un ritual, cada vez con menos sentido a fuerza de repetirlo, pero un ritual que proporcionaba a su vida la única pauta que ahora podía tener. Sentía como si estuviera avanzando trabajosamente, pulgada a pulgada, por la inmensa pradera; pero al mismo tiempo le parecía que no pasaba el tiempo, que avanzaba como una nube invisible que flotara a su alrededor, pegada a él.


John Williams da un giro a la aventura en el valle. Los espacios abiertos dan paso a los cuerpos putrefactos de los bisontes, la mirada fría de Miller que pretende acabar con la manada entera, los sueños de Schneider fuera del valle, las pacas de pieles que se acumulan en la tierra, una nevada que los deja bloqueados y la espera a la primavera. Es en esos días de espera, la blancura cegadora, la inactividad, el blanco que cubre la muerte y cambia los contornos del valle, donde Will termina su iniciación y se adentra en el mundo adulto, la aventura y la naturaleza no como algo a lo que enfrentarse sin miedo o alegría, sino como forma de aprender, de conocer el propio ser, los miedos y los sueños, un poso desconocido. La larga espera, el sonido de la nieve, el cielo oscuro y negro, los cuatro hombres en un refugio improvisado, el tiempo y la supervivencia y sentir lo lejos que queda todo. 


Una parte muy importante de su vida estaba transcurriendo en aquel valle de montaña; y cuando lo contemplaba —el lecho llano, la exuberante hierba de un verde pajizo, las murallas donde crecían pinos de ramaje verde oscuro entreverado del dorado rojizo de los álamos temblones, los picos y crestas rocosas, todo ello bajo la cúpula intensamente azul de aquel cielo parco de aire—, le parecía que los contornos del lugar fluían bajo su mirada, que eran sus ojos los que daban forma a cuanto veía, dando al mismo tiempo forma y lugar a su propia existencia. Andrews no se concebía ya a sí mismo fuera de aquel entorno.


Butcher´s Crossing es Melville, Hawthorne, Conrad o Poe, es la aventura que se transforma en aprendizaje, la inocencia de un muchacho del este que asiste y se adentra en un mundo desconocido que le hará cambiar por completo, es una ciudad polvorienta y un paisaje a veces lunar, es la mirada pausada de John Williams, la sencillez y profundidad de su escritura, la forma en cómo hace crecer la historia y los personajes poco a poco para mostrarlos de forma descarnada. En Stoner y Butcher´s Crossing, John Williams se saca de la manga dos extraordinarias novelas.







Hizo una pausa y dejó que su mirada rebasara a McDonald, hasta más allá del pueblo y de la cresta de tierra que debía de ser la ribera, hacia la llana extensión de terreno verde y amarillento que se perdía en el horizonte en dirección oeste. Intentó dar forma en su cabeza a lo que quería decirle a McDonald. Era una sensación; era el impulso de tener que hablar. Pero, lo dijera como lo dijese, no sería sino otro nombre para eso que él trataba de encontrar: lo salvaje. Era una libertad y una bondad, una esperanza y un vigor que parecían subyacer en todo cuanto había sido su vida hasta entonces, una vida que no era libre ni buena ni esperanzadora ni vigorosa. Lo que él perseguía era la fuente y puntal de su mundo, un mundo que parecía rehuir esa fuente en lugar de esforzarse por descubrirla, mientras la hierba de los prados hincaba sus fibrosas raíces en la fértil humedad subterránea, en lo salvaje, renovándose así año tras año. De pronto, en mitad de la extensa pradera despoblada y misteriosa, recordó la imagen de una calle de Boston, repleta de vehículos y de transeúntes que se afanaban con lentitud bajo los arcos de unos olmos que se alzaban a cierta distancia unos de otros y que parecían haber nacido de la piedra de las aceras y la calzada; le vino a la mente la imagen de altos edificios apretados unos junto a otros, cuyas piedras elaboradamente talladas estaban sucias de humo y de mugre urbana; recordó el río Charles serpenteando entre campos acotados, aldeas y pueblos, arrastrando en su corriente los desechos de la ciudad hacia la gran bahía.

***

Desde aquella habitación podía ver casi todo el pueblo; tras descubrir que el marco de la ventana velada se podía quitar, pasó muchas horas sentado allí, con los brazos cruzados sobre la parte inferior del hueco de la ventana, la barbilla apoyada en un antebrazo, contemplando Butcher’s Crossing. Su mirada iba del pueblo en sí, que parecía presa de un perezoso y errático ritmo, como el latir de una primitiva existencia, a los alrededores. Al levantar la vista más allá del pueblo, sus ojos se dirigían hacia el oeste, la zona del río. A la luz clara de primera hora de la mañana, el horizonte era una línea definida sobre la que reinaba un cielo azul y despejado; mirando el horizonte, tan nítido y con aquel ambiente único, Andrews pensaba en cuando de niño, en la pedregosa costa de la bahía de Massachusetts, había contemplado el Atlántico hasta que su mente se ofuscaba y aturdía ante la gris inmensidad del paisaje. Ahora, al cabo de los años, observaba una inmensidad diferente y un horizonte distinto, pero aún conservaba en el recuerdo algo de aquel asombro experimentado de niño. Pensaba en las historias que había oído entonces sobre aquellos primeros exploradores que se aventuraron en el mar. Recordó haber oído hablar de la superstición según la cual llegarían al final del océano y caerían a un espacio y una oscuridad sin fin. Sabía que esas leyendas no los habían detenido, pero aun así se preguntaba cuántas veces, en su solitario navegar, habrían tenido el presentimiento de que caerían al vacío, y cuántas veces habrían soñado con ese momento. Al observar el horizonte, vio que la línea temblaba por efecto del calor a medida que avanzaba el día; a media tarde, al levantarse viento, la línea perdía nitidez y se fundía con el cielo, y hacia el oeste había una región imprecisa cuyos límites y extensión quedaban sin definir. Luego, cuando la noche se abría paso desde la claridad hundida como una tea en la bruma de poniente, el pueblecito donde se encontraba parecía contraerse a medida que la oscuridad se expandía; y por momentos, cuando su vista perdía el punto de referencia, tenía la impresión de estar cayendo, como debió de ocurrirles a los navegantes en sus pesadillas oceánicas. Pero entonces una luz parpadeaba abajo en la calle, o alguien prendía un fósforo, o se abría una puerta y la luz de dentro hacía brillar una bota que pasaba; y Andrews se descubría a sí mismo sentado frente a un hueco de ventana en su habitación de hotel, con los músculos doloridos por la inactividad y la tensión. Entonces se metía en la cama y dormía sumido en una oscuridad que le era más familiar, una oscuridad más segura.
Interrumpía muy de vez en cuando su espera junto a la ventana para bajar a la calle. Allí, los pocos edificios del pueblo obstaculizaban su visión de los alrededores; la región ya no se extendía ilimitada en todas direcciones, aunque en algún momento llegó a tener la sensación de encontrarse a gran distancia por encima del pueblo, incluso de sí mismo, contemplando un grupito de edificios en miniatura alrededor de los cuales pululaban figuras diminutas; y desde ese pequeño centro la región abarcaba hasta el infinito, emborronada y convertida en algo amorfo por el punto desde el cual se extendía.

***

Poco a poco la manada fue quedando diezmada. Hasta donde alcanzaba la vista, el valle era una alfombra de cadáveres de bisontes, cuerpos despellejados que desprendían un hedor rancio al que Andrews, sin embargo, se había acostumbrado hasta el extremo de no notarlo apenas; el resto de los animales pululaba tranquilamente entre los despojos de sus congéneres, mordisqueando hierba salpicada de sangre marronácea seca. Su conciencia de que el tamaño de la manada disminuía se sumó a la de no haberse planteado hasta entonces qué pasaría cuando no quedara ningún bisonte en pie. A diferencia de Schneider, Andrews sabía, sin ningún género de duda e ignorando el porqué, que Miller no se marcharía por propia voluntad del valle mientras quedara un solo bisonte con vida. Había medido el tiempo —y calculado el momento y el lugar de marcharse— por el tamaño de la manada, y no, como había hecho Schneider, por días contados que se sucedían sin ton ni son, el siguiente idéntico al anterior. Pensó en el momento de cargar las pieles al carro, de enganchar los bueyes —que empezaban a engordar debido a la escasa actividad y a la suculenta hierba del valle—, descender de las montañas y cruzar la gran llanura hasta Butcher’s Crossing. Pero no conseguía imaginar qué pensaba. Se dio cuenta, no sin sorpresa, de que el mundo que existía fuera de aquel sinuoso valle rodeado de roca viva se había desvanecido de su memoria; no conseguía recordar la montaña por la que tanto les había costado subir, ni la gran llanura donde habían padecido sed, ni Butcher’s Crossing, de donde había partido hacía solo unas semanas. El mundo exterior le venía a la mente de manera repentina y borrosa, como si lo estuviera soñando.
John Williams. Butcher´s Crossing. Traducción de Luis Murillo Fort. Lumen.

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