Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 16 de noviembre de 2015

La cámara sangrienta. Angela Carter

Castillos, pasadizos y cámaras de tortura, palacios que guardan fieras y rosas blancas, bosques que se cierran sobra pequeñas sendas entre los árboles, aldeas abandonadas que acogen los últimos espíritus y el invierno, trasgos, la reina de los vampiros, hombres lobos, cementerios profanados, vírgenes y sangre (la sangre primera, la sangre que inicia un mundo adulto, que purifica o anticipa el horror, que da poder, humaniza o hipnotiza), lágrimas que transforman cuerpos y cartas de tarot que anuncian un futuro nunca imaginado, el miedo en la noche y el sexo como arma, mujeres que miran a los ojos de los hombres y descubren su poder (de ser libres, de corromper y de atraer, de ver el mundo como un lugar propio), su independencia, su fuerza.

Los cuentos de La cámara sangrienta revisitan historias ya conocidas (La bella y la Bestia, Caperucita Roja, Barba Azul), y les da la vuelta, hace emerger la crueldad y el sexo que estaba soterrado bajo imágenes naíf, dota a las mujeres de una independencia de la que carecían en los originales, mujeres que se enfrentan a encierros, bestias y el intento de posesión de su cuerpo, y sobreviven por su fuerza y su valentía, los cuentos que aúnan tensión, erotismo, terror y algo de humor, que hablan del amor como posesión y pájaros en celdas o como espera y salvación, que hacen convivir la oscuridad y los terrores más íntimos y atávicos con criaturas que no pueden abandonar su naturaleza animal.

Cuando me di cuenta de lo que el rey trasgo pretendía, sentí un miedo terrible y no supe qué hacer porque lo amaba con todo mi corazón y, sin embargo, no sentía ningún deseo de unirme a la cantarina congregación que mantenía enjaulada, aunque los tratara con el mayor de los afectos, les cambiara el agua todos los días y los alimentara bien. Sus abrazos eran señuelos y, al mismo tiempo, sí, al mismo tiempo, los mimbres de los que estaba hecha la jaula. Pero, en su inocencia, él nunca supo que podía ser el causante de mi muerte; en cambio, yo supe desde el primer momento que el rey trasgo me podía causar un profundo dolor.


Hay dos versiones de Caperucita Roja, una corta e intensa, la otra, un juego entre Caperucita y el lobo, la desnudez y la carne, el invierno y el bosque fuera de la cabaña, la bestia domesticada, hay otras dos versiones de La bella y la Bestia, el primero, sencillo y delicado, el segundo, el padre de Bella que pierde a su hija en una partida de cartas, la bestia que quiere ver su desnudez virginal y la negación de Bella, Bella y Bestia que entablan otra partida, esta vez íntima y decisiva, hay un cuento extraordinario donde se mezclan los hombres lobos con el espejo de Alicia, una niña criada entre lobos y a la que encierran en la casa de un hombre bestia, y que se ve un espejo y no se reconoce en el reflejo, está el gato con botas, un cuento que es puro divertimento, una especie de descanso entre el horror y la sangre, está Barba Azul y su cámara donde tortura y mata a sus esposas, están las mujeres, virginales y decididas, y los hombres, que se transforman en bestias en la oscuridad y duermen de día.

La escritura de Angela Carter es profunda e inteligente, hay momentos de especial intimidad en los encuentros entre mujeres y bestias y de terror puro dentro de un castillo o en la oscuridad de los bosques, hay erotismo, la sangre en el sexo y los deseos bajo piel, las mujeres que descubren su cuerpo, la partida entre los amantes. Angela Carter se detiene en la crueldad, la belleza y el sexo y lo hace de manera a veces barroca, a veces onírica, siempre acertada y atractiva. Su escritura crea imágenes potentes y decorados tenebrosos donde se esconde una pequeña luz.

La edición de Sexto piso es una preciosidad. Alejandra Acosta reinterpreta los cuentos de Angela Carter, sus ilustraciones donde el rojo se opone al blanco y negro, atraen por su belleza y misterio.






Una silueta enorme, felina, rojiza, cuya piel estaba atravesada por la salvaje geometría de unas barras de color de la madera quemada. Su abombada y gruesa cabeza, tan terrible que tenía que ocultarla. Cuán sutiles sus músculos, qué profundos sus pasos. La vehemencia aniquiladora de sus ojos, como soles gemelos.
Sentí que mi pecho se abría, como si hubiera sufrido una herida maravillosa.
El criado se interpuso en mi campo de visión, con la intención aparente de cubrir a su señor después de que la joven lo hubiera visto; pero yo dije: «No». El tigre permanecía inmóvil, sentado como una bestia heráldica en el pacto que había sellado con su propia furia, para no hacerme daño. Era mucho más grande de lo que yo habría imaginado a partir de las cosas pobres y raídas que había visto una vez, en San Petersburgo, en la colección de animales salvajes del zar, atenuados los frutos dorados de sus ojos, marchitándose en el cautiverio del lejano norte. Nada en él me habló de humanidad.
Por consiguiente, estremecida, me desabroché la chaqueta para demostrarle a él que yo tampoco le haría daño. Pero fui torpe y me ruboricé un poco, porque ningún hombre me había visto desnuda y yo era una joven orgullosa. Fue el orgullo, no la vergüenza, lo que embotó mis dedos; y algún temor a que el frágil artículo de tapicería humana que estaba ante él no fuera, por sí mismo, lo suficientemente espléndido como para satisfacer unas expectativas que, hasta donde yo sabía, se habrían vuelto infinitas durante su interminable espera. El viento resonó en el carrizal y murmuró y formó remolinos en el río.
Mostré a su silencio grave mi piel blanca, mis pezones rojos, y los caballos giraron las cabezas para mirarme también, como si también sintieran una cortés curiosidad por la naturaleza carnal de las mujeres. Luego, la Bestia bajó su gigantesca cabeza. «¡Suficiente!», dijo el criado con un gesto. El viento se extinguió y todo volvió a quedar en calma.

***

Al final, las apariciones se volvieron tan molestas que los campesinos abandonaron el pueblo y éste pasó a ser propiedad exclusiva de habitantes sutiles y vengativos que manifiestan su presencia por sombras casi imperceptiblemente torcidas, demasiadas sombras, incluso a mediodía, sombras sin ningún origen visible; a veces, por el sonido de un llanto en un dormitorio abandonado donde un espejo roto, colgado de la pared, no refleja a nadie; por la sensación de inquietud que aquejará al insensato viajero que se detenga a beber en la fuente de la plaza que aún derrama el agua de un manantial por una canilla metida en la boca de un león de piedra. Un  gato merodea por un jardín lleno de hierbajos; sonríe y escupe, arquea la espalda, salta sobre cuatro tensas patas para huir de lo intangible. Ahora, todo rehúye el pueblo situado bajo el château donde la bella sonámbula perpetúa en vano sus crímenes ancestrales.
Con un antiguo vestido de novia, la preciosa reina de los vampiros se siente sola en su oscura y alta casa bajo los ojos de los retratos de sus dementes y atroces ancestros, cada uno de los cuales proyecta, a través de ella, una existencia torva y póstuma. Echa las cartas del tarot, construyendo incesantemente una constelación de posibilidades, como si la caída arbitraria de las cartas en el afelpado y rojo mantel pudiera precipitarla desde su fría habitación de ventanas cerradas hasta un país de verano eterno y obliterar la tristeza perenne de una joven que es, a la vez, la muerte y la doncella.

***

Aquel titubeante y larguísimo aullido tenía, a pesar de su terrorífica resonancia, un fondo de tristeza; como si las fieras desearan ser menos fieras y no supieran cómo, y no dejaran de lamentar su condición. En los cánticos de los lobos hay una inmensa melancolía, una melancolía tan infinita como el bosque, tan interminable como las largas noches de invierno; pero esa tristeza terrible, ese lamento por sus propios e irremediables apetitos, no enternece nunca el corazón porque no hay ninguna frase en él que insinúe la posibilidad de que se rediman. Los lobos no pueden recibir la gracia por su propia desesperación, sino sólo a través de mediadores externos; es por eso que, a veces, la fiera mira como si casi agradeciera el cuchillo que lo despacha.
Angela Carter. La cámara sangrienta. Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. Ilustraciones de Alejandra Acosta. Sexto piso.

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