Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 19 de noviembre de 2015

gauchos

Escucho un rezo en la oscuridad. Hay una voz pura y sincera dentro de la habitación, dice renuncia, salvación, por favor, cada palabra una estela blanca entre las sombras desdibujadas de las paredes. Estoy quieto y aterrorizado, podría ser un muerto al que rezan por última vez. Durante unos minutos sólo existe la voz, y el desamparo y la respiración entrecortada tras las últimas palabras. La primera luz del amanecer mueve las cortinas, al otro lado no hay sonidos, sólo el movimiento mudo del tráfico en la avenida y las farolas iluminadas de la plaza, y pienso que mi vida es una habitación desconocida por donde se cuela una pequeña claridad.

Entro en una pequeña cafetería junto a la plaza. Los camareros me llaman profe, viejo, flaco, gallego, me dicen que la sangre les tira y sueñan con viajar a la madre patria, sus padres andaluces o castellanos, sus abuelos que llegaron en un barco huyendo del hambre y la pobreza. Un niño deja estampitas en el borde de las mesas, su cara somnolienta, las manos pequeñas e inseguras, la mirada hacia la puerta como si quisiera salir corriendo. Cuando deja la última desanda el camino y recoge las monedas que hay en su lugar. Le doy un peso y me quedo con una plegaria a San Expedito.

Llego al punto donde la avenida Libertad se convierte en la Mate de Luna. Es un nombre poético, una avenida larga y recta de más de cien cuadras, el hospital de maternidad en el inicio y los cerros de San Javier como horizonte. Las raíces de los naranjos emergen entre el cemento y rompen las veredas y las flores violetas de los lapachos cubren la tierra del parque. Es una tierra nueva y extraña y en algunos lugares apartados, los bosques profundos en el cerro, las llanuras desérticas, las sendas junto al río Salí, puedo sentir la huella de los primeros pobladores.

El sol asciende entre las ramas de los lapachos y los vagabundos que avivan el fuego de sus bidones conviven con las mujeres que rezan por los nonatos en un santuario improvisado. Un colectivo se detiene en un semáforo, la luna tapada con santos y oraciones, el suelo y los asientos de madera, la cumbia y las conversaciones de los estudiantes de bata blanca. Por un instante creo que el mundo se presenta ante mí con treinta años de diferencia.




Las cuerdas crujían al bajar el ataúd de mi abuelo. Observaba las sombras de mis tías entre las tumbas, el ligero escalofrío de sus cuerpos, las palabras mudas, el hueco negro y profundo en la tierra que esperaba otra muerte. Y la tormenta a lo lejos. De niño creía que los truenos y relámpagos eran mensajes de los muertos, la luz y el ruido un código secreto. Mis tías tenían miedo de las tormentas, apagaban las luces para que la tormenta pasase sin vernos y sólo se atrevían a encender una vela cuando el cielo clareaba tras los montes. El ataúd cayó en la fosa con un golpe seco y la tierra tembló bajo nuestros pies.

Pasamos una última noche en la habitación de mi abuelo, su vida repartida en cartas, fotografías, ropa de faena, trajes y viejos juguetes de madera. Muerto mi abuelo, aquellos objetos eran una puerta entreabierta a su pasado, las cartas del frente y sus dudas sobre cuántas vidas habría truncado, las fotografías que cabían en la palma de una mano y retrataban a hombres y mujeres envejecidos antes de tiempo y sepultados bajo el nuevo mundo que llegaba del otro lado del horizonte, su traje gris para los festejos, sus herramientas de carpintero y los recortes de periódicos con esquelas, noticias de la comarca y relatos sobre el fin de la guerra (de cualquier guerra). La casa se hizo más grande con cada muerte y partida y mi abuelo empequeñeció, rodeado de ausencias.

Cerré la puerta de su habitación por última vez y sentí que, al otro lado, el tiempo se mantendría inmóvil.




La ruta cruza los pequeños incendios de los campos de caña. Cae una nieve negra sobre el parabrisas y el humo acerca la tierra al cielo. Me detengo a un lado del camino, el crepitar de las hogueras, el olor dulzón de la caña, las espirales negras entre el humo y los gritos oscuros. Avanzo entre la niebla amarilla y busco un claro donde respirar tranquilo y limpiar mis ojos. Tardo unos minutos en acostumbrarme a la luz del sol entre los jirones de niebla y en descubrir las banderas rojas y el santuario del Gauchito Gil. Hay ofrendas y velas en la imagen del gaucho, recuerdan su sangre inocente derramada y piden un milagro, salvarse de la muerte, encontrar al hijo desaparecido, saldar viejas deudas. Observo mi sombra alargada sobre las banderas rojas y me pregunto si no será en ella, en mi sombra, donde se oculta la verdad.

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