Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cuna de gato. Kurt Vonnegut


En este libro nada es verdad. En este libro hay un truco de magia hecho con hilos y cuerdas, una religión ficticia que aboga por la mentira para enmascarar la realidad más dura y dolorosa, personajes delirantes que deambulan por la vida con una sonrisa absurda o con las más extremas ideas, una isla extraña que nadie quiere gobernar y en la que, en vez de guillotina, se usa un enorme gancho de hierro como castigo y muerte, un final apocalíptico para el mundo y mucha, mucha estupidez. También, científicos abstraídos y ajenos a la realidad, filósofos de calle en vendedores de lápidas o viejas secretarias, nihilistas que queman apartamentos, médicos que intentan exculpar sus días en los campos de exterminio nazis, una mujer hermosa que toca el xilófono, todos ellos forman un mismo equipo sin saberlo, un nuevo lenguaje, un grano de hielo-nueve que convierte los líquidos, mares, agua, sangre, en sólidos.

Llamadme Jonás, dice el narrador parafraseando al Ismael de Moby Dick. Y, como Ismael, Jonás se lanza a un viaje descabellado que lo acerca a la muerte. Solo que Jonás descubre y escribe sobre un mundo y unos personajes estúpidos y ciegos. Jonás quiere escribir sobre la bomba de Hiroshima, saber qué hicieron algunos americanos ilustres en aquel día negro. Y ese libro dio la casualidad, «estaba previsto que diese la casualidad», diría Bokonon, es un inicio que le lleva a estar en los lugares apropiados en el momento oportuno, a formar una pequeña comunidad de seres estrafalarios que lo empujan hacia su destino final y a abrazar el bokononismo, una religión basada en mentiras, sentencias escritas con frases directas o en calipsos que recuerdan cómo un borracho o una reina británica están en la misma maquinaria y las mentiras son necesarias para afrontar la realidad.

Yo quería que todo
Pareciese tener sentido,
Y ser todos felices, sí,
En lugar de enemigos.
Y mentiras inventé
Que acoplaran bien,
Y de este mundo hice
Un par-a-íso.

Parafraseando al Vonnegut de El desayuno de los campeones, Cuna de gato es un puñado de personas colisionando entre sí, Jonás que investiga sobre el día de la bomba y su inventor, el doctor Félix Hoenikker, y a través de su libro, colisiona con sus tres hijos, una isla caribeña, una religión nueva, un invento capaz de solidificar cualquier líquido, un fin del mundo estúpidamente accidental. El día que se lanzó la bomba sobre Hiroshima, el doctor Hoenniker formó con una cuerda una cuna de gato en su mano y que enseñó a su hijo de seis años, un truco de ilusionismo, un juego infantil donde no se ve ni cuna ni gato y deja al espectador confuso. Y eso es esta novela, una cuerda que forma una ilusión de algo caótico e invisible pero que, por debajo, habla de la estupidez humana con ironía y, también, una pizca de ternura.

Cuna de gato es una divertida, irónica y amarga reflexión sobre el ser humano, su incompetencia y sus creencias absurdas. Y Bokonon, un náufrago, como creador de una religión que intenta atajar esa incompetencia y crear una comunidad diferente. Nosotros, los bokononistas, creemos que la humanidad se organiza en equipos, equipos que hacen la Voluntad Divina, sin descubrir jamás qué es lo que hacen. Bokonon llama «karass» a tales equipos, y el medio, el «kan-kan», que me condujo hasta mi «karass» fue el libro que no terminé nunca, el libro que iba a llamarse «El día del fin del mundo». A lo largo de la novela, Vonnegut presenta personajes al límite de la estupidez, genios sin empatía, idealistas, aventureros que acaban en una isla. Como en las posteriores Galápagos o Birlibirloque, en Cuna de gato los personajes y los encuentros se suceden de forma fragmentada, un rompecabezas que me hace sentir que cada página, cada uno de los cortos capítulos de la novela, es un centro.

¿Ves la cuna? ¿Ves el gato?







Me concentré en Los libros de Bokonon. Estaba aún tan poco familiarizado con ellos que pensé que contendrían en algún lugar consuelo espiritual. Pasé por alto rápidamente la advertencia que aparecía en la primera página de El primer libro:
«¡No seas loco! ¡Cierra, este libro inmediatamente! ¡No hay más que foma
Foma, por supuesto, son mentiras.
Y entonces leí lo siguiente:
«Al principio, Dios creó la tierra y, en Su cósmica soledad, se quedó observándola.
»Y Dios dijo: "Hágase la vida a partir del barro, para que el barro pueda ver lo que Hemos hecho." Y Dios creó a todos los seres vivos que ahora se mueven, y uno de ellos fue el hombre. El barro habló como sólo puede hablar el hombre. Y Dios se acercó a medida que el barro en forma de hombre se erguía, miraba a su alrededor y hablaba. El hombre parpadeó.
» "¿Cuál es el objetivo de todo esto?", -preguntó educadamente.
»"¿Acaso tiene que haber un objetivo para cada cosa?", preguntó Dios.
»"Por supuesto", dijo el hombre.
»"-Entonces te dejo que el objetivo de todo esto lo pienses tú", dijo Dios, y se marchó.»
Pensé que aquello no eran más que tonterías.
«¡Claro que son tonterías!», dice Bokonon.
Y entonces me concentré en mi celestial Mona, en busca de secretos reconfortantes e inmensamente más profundos.
Kurt Vonnegut. Cuna de gato. Traducción de Ángel Luis Hernández Francés. Editorial Anagrama.

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