Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 12 de agosto de 2015

inicio de La ciudad de Dios. E. L. Doctorow



De modo que la teoría dice que el universo se expandió exponencialmente desde un punto, un punto singular espacio/tiempo, una cosa/momento, un suceso original y particular o azar cuántico fundamental, hasta el extremo de que la palabra explosión es inadecuada, aunque la teoría se conozca como Big Bang o Gran Explosión. Lo que se supone que hemos de tener presente, y no olvidar, es que el universo no estalló dentro de un espacio preexistente y disponible, fue el espacio lo que estalló, llevándoselo todo en un inmenso florecimiento expansivo, un silencioso destello que en un segundo o dos dio nacimiento a todo el impetuoso universo de gas y materia y luz-oscuridad, un plof cósmico de la nada que se convirtió en el volumen y la cronología del espacio-tiempo. ¿Entendido?
Y desde entonces la historia universal ha sido una especie de evolución desde la materia estelar, el polvo elemental, las nebulosas, ardientes, brillantes, pulsátiles, todo alejándose de todo lo demás durante los últimos quince mil millones de años.
¿Y qué significa que la singularidad original, o la originalidad singular, que incluía en su existencia submicroscópica todo el espacio, todo el tiempo, que de manera repentina y voluminosa y monumental iba a surgir en conceptos que podemos comprender, o aprender... qué significa decir que... el universo no nació en un estallido a través del espacio, sino que el espacio, que es en sí mismo una propiedad del universo, es lo que explotó con todo en su interior? ¿Qué significa decir que el espacio es lo que se expandió, se extendió, floreció? ¿Para formar qué? Incluso ahora, el universo que expande sus galaxias de soles ardientes, estrellas que mueren, monumentos metálicos de piedra, nubes de polvo cósmico, debe de estar llenando... algo. Si se expande, tiene perímetros que en la actualidad sobrepasan nuestra capacidad de medición. ¿Qué aspecto tienen las cosas en este instante en el confín del universo? ¿Qué hay justo al otro lado de ese confín paramétrico que todo lo anega antes de quedar anegado? ¿Qué es lo que va a ser invadido, llenado, iluminado, activado? ¿O acaso no hay confín, frontera, sino una serie infinita de universos que se expanden uno dentro del otro, todos al mismo tiempo? De modo que la materia en expansión se expande fútilmente dentro de sí misma, una materia oscura en infinita circunvolución de aterradora e insensata infinitud, sin propiedades, sin volumen, sin energías elementales transformadoras de luz o fuerza o cuantos pulsátiles, todo ello invenciones de nuestra propia conciencia; y nuestra conciencia, que carece de volumen y cualidad física, es un proyecto tan definitivamente absurdo, frío e inhumano como el universo de nuestra ilusión.
Me gustaría encontrar a un astrónomo con quien hablar. Pienso en cómo la gente se anestesiaba para sobrevivir a los campos de concentración. ¿Se insensibilizan también los astrónomos ante el universo estrellado? Lo que quiero decir es: ¿ven el universo como un trabajo? (No lo digo para exonerar a los demás, a quienes se nos ofrecen esas angustiosas insinuaciones de la vastedad del universo y seguimos con nuestras vidas como si eso no fuera más que una exposición del Museo de Historia Natural.) ¿Entiende el astrónomo corriente y moliente que hace su trabajo que más allá de los fenómenos celestiales que constituyen su estudio —los cálculos de su radiometría, por no hablar del obligado respeto reverencial de su vida profesional— reside una verdad inmensamente aterradora —el definitivo contexto de nuestra lucha, la conclusión de nuestros intelectos históricos tan desagradables de contemplar— que incluso aunque uno se vuelva hacia Dios no puede mitigar la desdicha de tan profunda, desastrosa, desesperanzada infinitud? Ésta es mi pregunta. De hecho, si Dios tiene algo que ver en este asunto, en estos hechos elementales, en estos aparentes conceptos, es tan temible que se halla más allá de cualquier súplica humana de solaz, o consuelo, o de la redención que nos procuraría compartir Su secreto.
E. L. Doctorow. 
La ciudad de Dios. Traducción de Damián Alou. Quinteto. El Aleph

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